El sábado llegó acompañado de un cielo despejado y una temperatura agradable.
Adrián había prometido a los mellizos llevarlos al parque, así que después del desayuno preparó una pequeña mochila con agua, fruta, galletas y una muda de ropa.
—¿Ya estamos listos? —preguntó mientras bajaba las escaleras.
—¡Sí! —gritaron los dos.
Mateo llevaba una gorra azul y Sofía había insistido en ponerse un vestido amarillo.
Adrián los miró y sonrió.
—Parecen dos pequeños exploradores.
—Vamos a buscar una mamá —respondió Mateo.
Adrián soltó un suspiro.
—Otra vez con eso.
—No vamos a buscarla —intervino Sofía—. Si aparece, aparece.
—Exactamente. Y ahora al parque.
Los tres subieron al automóvil.
Durante el trayecto, los mellizos cantaron y discutieron sobre quién sería el primero en utilizar el columpio.
Adrián los escuchaba mientras conducía.
A pesar de sus constantes ocurrencias, aquellos momentos eran los que más disfrutaba.
Al llegar al parque, los niños salieron corriendo.
—¡Despacio! —gritó Adrián.
Mateo fue directamente hacia los columpios, mientras Sofía se dirigió al área de juegos.
Adrián se sentó en una banca desde donde podía vigilarlos.
Por unos minutos todo fue tranquilo.
Hasta que escuchó una voz conocida.
—¡Sofía, cuidado!
Adrián levantó la mirada.
Su hija había tropezado cerca del área de juegos.
Pero antes de que pudiera levantarse, una mujer corrió hacia ella.
Era Valentina.
—¿Estás bien? —preguntó mientras ayudaba a la niña a ponerse de pie.
Sofía la miró sorprendida.
—¡Tú!
Valentina sonrió.
—Hola, pequeña.
Adrián se levantó rápidamente y se acercó.
—¿Qué haces aquí?
Valentina señaló hacia una manta colocada debajo de un árbol.
—Vine a pasar la mañana.
Adrián miró hacia donde señalaba.
—Ah.
Sofía tomó la mano de Valentina.
—¿Te puedes quedar con nosotros?
Adrián abrió la boca para responder, pero Valentina se adelantó.
—Solo un rato.
Los ojos de la niña se iluminaron.
—¡Papá, dijo que sí!
—Ya escuché.
Mateo se acercó corriendo.
—¿Es la mujer que vimos en el colegio?
—Sí —respondió Sofía.
Mateo miró a Valentina de arriba abajo.
—¿Tú sabes jugar fútbol?
Valentina soltó una carcajada.
—No soy muy buena.
—Entonces yo te enseño.
—Trato hecho.
Adrián observó la escena en silencio.
Era extraño.
Los niños normalmente tardaban en confiar en las personas.
Con Valentina había sido diferente desde el primer momento.
Después de unos minutos, los cuatro terminaron jugando.
Valentina corría detrás de los niños mientras ellos gritaban y reían.
Adrián no pudo evitar sonreír.
Hacía mucho tiempo que no veía a sus hijos tan felices.
—¿Siempre son así? —preguntó Valentina mientras intentaba recuperar el aliento.
—Peores.
Ella rio.
—Son encantadores.
—También son agotadores.
—Eso también.
Adrián la miró.
—¿Por qué estás sola?
Valentina se encogió de hombros.
—Me gusta venir aquí cuando tengo tiempo.
—¿Vives cerca?
—Sí.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Y trabajas?
—Sí. En una cafetería durante la semana y algunas veces hago trabajos de cuidado de niños.
Adrián la observó con atención.
No sabía por qué aquella información le había resultado interesante.
—Entonces te gustan mucho los niños.
—Muchísimo.
Valentina miró a los mellizos.
—Siempre he pensado que los niños necesitan sentirse escuchados. No solo cuidados.
Aquella frase hizo que Adrián guardara silencio.
—¿Qué?
—Nada.
Pero sí había algo.
Valentina acababa de decir exactamente algo que él necesitaba escuchar.
Había cuidado a sus hijos durante cuatro años.
Los había protegido.
Les había dado todo lo material.
Pero quizá había olvidado algo.
Escucharlos.
—¡Papá!
Mateo apareció frente a ellos.
—Tenemos hambre.
Adrián miró el reloj.
—Claro. Vamos a comer.
Los cuatro se sentaron sobre una manta.
Valentina aceptó una de las galletas que Sofía le ofreció.
—Esta es la mejor —le dijo la niña.
—¿Ah, sí?
—Sí. Pero tienes que compartirla conmigo.
Valentina sonrió.
—Por supuesto.
Adrián observó aquella escena.
Por alguna razón, sintió una extraña calidez en el pecho.
Era como si aquella imagen perteneciera a su vida desde hacía mucho tiempo.
Una familia.
La palabra apareció en su mente y rápidamente intentó apartarla.
No.
Eso era imposible.
Su familia había sido Elena y sus hijos.
No podía empezar a imaginar otra cosa.
Cuando llegó la hora de irse, los mellizos abrazaron a Valentina.
—¿Vas a venir mañana? —preguntó Sofía.
—No lo sé.
—Tienes que venir.
Valentina miró a Adrián.
—Creo que ellos son los que mandan.
Adrián sonrió.
—Desgraciadamente.
Valentina se rio.
—Entonces nos veremos pronto.
Se despidió y comenzó a caminar.
Los mellizos la observaron alejarse.
—Papá —dijo Mateo.
—¿Qué?
—Creo que ya encontramos a mamá.
Adrián lo miró seriamente.
—Mateo, Valentina no es mamá.
—Todavía —respondió el niño.
Sofía asintió.
—Todavía.
Adrián negó con la cabeza mientras tomaba las manos de sus hijos.
—Ustedes dos van a acabar conmigo.
Los mellizos soltaron una carcajada.
Adrián también sonrió.
Sin embargo, cuando subió al automóvil, volvió a mirar hacia donde Valentina se había marchado.
Y por primera vez en mucho tiempo, sintió curiosidad por una mujer.
Una mujer que apenas conocía.
Una mujer que había conseguido algo que nadie había logrado en cuatro años: