El lunes por la mañana, Adrián estaba sentado frente a su computadora revisando algunos documentos cuando escuchó unos pasos apresurados por el pasillo.
—¡Papá!
La puerta de su despacho se abrió de golpe.
Mateo apareció primero y detrás de él llegó Sofía, abrazando una pequeña mochila.
—¿Qué sucede?
—No queremos ir al colegio —dijo Mateo.
Adrián levantó una ceja.
—¿Por qué?
—Porque hoy tenemos que encontrar a Valentina.
—¿Otra vez?
Sofía cruzó los brazos.
—Dijiste que no estaba prohibido verla.
—Tampoco dije que tuvieran que buscarla.
Los dos se miraron.
Adrián conocía perfectamente aquella mirada.
Estaban tramando algo.
—Ni se les ocurra hacer alguna locura.
—No vamos a hacer nada —respondió Sofía con una inocencia exagerada.
Adrián suspiró.
—Vayan a desayunar.
Después de dejar a los niños en el colegio, Adrián se dirigió a su oficina. Intentó concentrarse en el trabajo, pero durante toda la mañana recordó el encuentro del parque.
La sonrisa de Valentina.
Su manera de hablar con los niños.
La facilidad con la que había conseguido que Mateo y Sofía confiaran en ella.
Intentó convencerse de que no significaba nada.
Hasta que recibió una llamada.
Era la directora del colegio.
—Señor Montenegro, necesito hablar con usted.
Adrián sintió una preocupación inmediata.
—¿Les pasó algo a mis hijos?
—No, están bien. Pero ocurrió una situación durante el recreo.
—¿Qué situación?
La directora hizo una pausa.
—Una mujer vino a recoger a uno de los niños.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué mujer?
—Valentina.
El corazón de Adrián dio un pequeño vuelco.
—¿Valentina?
—Sí. Los niños la reconocieron cuando pasó por la calle frente al colegio. Sofía salió corriendo hacia ella.
Adrián cerró los ojos.
—Voy para allá.
Cuando llegó al colegio, encontró a los mellizos sentados en la oficina de la directora.
Valentina estaba junto a ellos.
—Papá —dijo Sofía—. Valentina no hizo nada malo.
Adrián se acercó.
—Lo sé.
Después miró a Valentina.
—¿Qué ocurrió?
—Yo estaba pasando por aquí y ellos me vieron. Sofía salió corriendo. Me quedé porque no quería que cruzara sola la calle.
Adrián asintió.
—Gracias.
Valentina sonrió.
—No tienes que agradecerme.
Por primera vez, Adrián la llamó por su nombre.
—Valentina...
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
—Los niños parecen confiar mucho en ti.
—Yo también les he tomado cariño.
Aquella respuesta fue sencilla, pero algo dentro de Adrián se movió.
Antes de que pudiera decir algo más, Mateo tomó la mano de Valentina.
—Papá, ¿puede venir a casa?
Adrián miró al niño.
—¿Para qué?
—Para jugar.
—Hoy tenemos trabajo.
—Tú tienes trabajo. Nosotros no.
Valentina soltó una risa.
Adrián la miró y terminó sonriendo.
—Está bien. Pero solo por un rato.
Los ojos de los mellizos se iluminaron.
Esa tarde, Valentina llegó por primera vez a la casa de Adrián.
Al entrar, se quedó unos segundos observando el enorme recibidor.
—Es muy bonita.
—Gracias.
—Aunque parece demasiado grande para ustedes tres.
Adrián la miró.
—A veces lo es.
Valentina comprendió que aquella frase escondía algo más.
Antes de que pudiera preguntar, los mellizos la tomaron de las manos.
—Ven, queremos enseñarte nuestra habitación.
—¡Y nuestros juguetes!
Los niños la llevaron escaleras arriba.
Adrián los siguió a cierta distancia.
Cuando entró en la habitación, encontró a Valentina sentada en el suelo jugando con ellos.
Sofía le estaba mostrando sus muñecas.
Mateo intentaba construir una torre con bloques.
La escena era sencilla.
Pero para Adrián significaba mucho.
Por primera vez, alguien ajeno a su familia parecía encajar naturalmente en aquel lugar.
—Papá —dijo Mateo—, ven.
Adrián se sentó junto a ellos.
—¿Qué están haciendo?
—Una casa —respondió Sofía.
—¿Para quién?
La niña sonrió.
—Para nosotros.
Mateo añadió:
—Y para Valentina.
Adrián se quedó callado.
Valentina también.
Los niños continuaron jugando sin notar el silencio de los adultos.
Después de un rato, Valentina se levantó.
—Creo que ya es hora de que me vaya.
Sofía hizo un gesto de tristeza.
—¿Por qué?
—Porque tengo que trabajar mañana temprano.
Mateo la miró.
—¿Vas a volver?
Valentina miró a Adrián.
Él no supo qué responder.
Finalmente dijo:
—Si ella quiere.
Valentina sonrió.
—Entonces volveré.
Los mellizos celebraron como si hubieran ganado un premio.
Adrián acompañó a Valentina hasta la puerta.
—Gracias por venir.
—Gracias por invitarme.
Hubo un breve silencio.
—Mis hijos están felices contigo —dijo él.
—Yo también soy feliz con ellos.
Adrián bajó la mirada.
—Eso significa mucho para mí.
Valentina lo observó unos segundos.
—Adrián, tus hijos no necesitan una persona que reemplace a su madre.
Él levantó la mirada sorprendido.
—Lo sé.
—Solo necesitan alguien que los quiera.
Aquellas palabras se quedaron en su mente.
Valentina se despidió y salió de la casa.
Adrián cerró la puerta lentamente.
Desde las escaleras, Mateo y Sofía observaban en silencio.
—Papá —dijo Mateo.
—¿Qué?
—Te gusta Valentina.
Adrián los miró sorprendido.
—¿Quién les enseñó a decir esas cosas?
Sofía sonrió.
—Nadie.
Mateo añadió:
—Se te nota.
Adrián negó con la cabeza mientras intentaba contener una sonrisa.
Sin embargo, aquella noche, cuando se quedó solo en la sala, comprendió algo que llevaba mucho tiempo intentando evitar.