La mamá que el destino les debía

Capítulo 5. La nueva niñera

Los días siguientes transcurrieron con una tranquilidad que Adrián no recordaba haber sentido en mucho tiempo.

Valentina no volvió a la casa inmediatamente. Sin embargo, los mellizos hablaban de ella todos los días.

—¿Cuándo va a venir Valentina? —preguntaba Sofía durante el desayuno.

—No lo sé.

—¿Hoy?

—No lo sé.

—¿Mañana?

—Tampoco lo sé.

Mateo intervenía desde el otro lado de la mesa.

—Papá, deberías preguntarle.

Adrián lo miraba seriamente.

—¿Desde cuándo ustedes dos se preocupan tanto por mi vida?

—Desde que necesitamos una mamá —respondía Sofía.

Adrián soltaba un suspiro.

Pero, en el fondo, aquellas preguntas ya no le molestaban tanto.

Una semana después, Adrián recibió una llamada de la persona que normalmente cuidaba a los mellizos.

—Señor Montenegro, lo siento mucho, pero tendré que dejar el trabajo. Mi hija está enferma y necesito cuidarla.

Adrián entendió la situación.

—No se preocupe. Espero que todo salga bien.

Colgó y se quedó mirando el teléfono.

Tenía una reunión importante al día siguiente y no podía llevar a los niños consigo.

Necesitaba encontrar a alguien de confianza.

Entonces recordó a Valentina.

La idea apareció en su mente casi de inmediato.

Intentó descartarla.

No quería mezclar su vida personal con alguien que apenas conocía.

Pero los mellizos confiaban en ella.

Y eso era suficiente para que decidiera llamarla.

Buscó su número entre los contactos que había guardado después del encuentro en el parque.

Después de unos segundos, presionó llamar.

—¿Hola?

La voz de Valentina hizo que Adrián sintiera algo extraño.

—Hola, Valentina. Soy Adrián.

—Hola. ¿Ocurrió algo?

—No. Bueno... necesito pedirte un favor.

—Claro. ¿Qué pasa?

Adrián respiró profundamente.

—La persona que cuida a los niños tuvo que dejar el trabajo. Tengo una reunión importante mañana y necesito alguien que pueda quedarse con ellos.

Valentina guardó silencio unos segundos.

—¿Quieres que cuide a los niños?

—Sí. Solo sería temporal, hasta encontrar a alguien más.

—¿Cuánto tiempo?

—Todavía no lo sé.

Valentina sonrió al otro lado del teléfono.

—Puedo hacerlo.

Adrián sintió alivio.

—¿De verdad?

—Sí.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme.

Hubo un pequeño silencio.

—Nos vemos mañana —dijo ella.

—Nos vemos.

Cuando terminó la llamada, Adrián se quedó mirando el teléfono.

Había algo en la voz de Valentina que conseguía tranquilizarlo.

Y eso le resultaba peligroso.

Al día siguiente, Valentina llegó temprano.

Llevaba una pequeña mochila y ropa sencilla.

Adrián estaba terminando de prepararse para salir cuando escuchó el timbre.

Al abrir la puerta, la encontró frente a él.

—Buenos días.

—Buenos días.

Durante unos segundos se quedaron mirándose.

—Pasa.

Valentina entró.

En ese momento, dos pequeñas figuras aparecieron corriendo por las escaleras.

—¡VALENTINA!

La mujer apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que los mellizos se lanzaran a abrazarla.

—¡Viniste!

—Claro que vine.

—¿Te vas a quedar todo el día?

—Sí.

Los niños comenzaron a saltar de felicidad.

Adrián observó la escena con una sonrisa.

—Creo que ya no me necesitan.

Sofía levantó la cabeza.

—Sí te necesitamos.

—¿Para qué?

—Para pagarle.

Valentina soltó una carcajada.

Adrián abrió los ojos sorprendido.

—¿Quién les enseñó eso?

—Lo escuché en la televisión —respondió Mateo.

Adrián negó con la cabeza.

—Bueno, tengo que irme.

Se agachó frente a sus hijos.

—Compórtense.

—Sí, papá.

—Nada de correr por las escaleras.

—Sí, papá.

—Y hagan caso a Valentina.

Los dos asintieron.

Adrián se levantó y miró a Valentina.

—Cualquier cosa, llámame.

—Lo haré.

Él salió.

Pero antes de subir al automóvil, miró hacia la ventana.

Valentina estaba allí junto a los niños.

Los tres reían.

Adrián sintió una extraña sensación.

Por primera vez, no le preocupaba dejar a sus hijos con alguien.

Confiaba en ella.

Durante la mañana, Valentina descubrió que cuidar a los mellizos no era precisamente sencillo.

Primero jugaron.

Después dibujaron.

Luego prepararon galletas.

Y finalmente terminaron llenos de harina.

—Creo que papá se va a enojar —dijo Mateo mientras miraba su camiseta.

Valentina se rio.

—No creo.

—Sí se enoja cuando ensuciamos la cocina.

—Entonces tendremos que limpiarla antes de que regrese.

Los tres comenzaron a limpiar.

Pero cinco minutos después, Sofía resbaló accidentalmente y cayó sobre una pequeña cantidad de harina.

Valentina intentó ayudarla.

Y terminó con harina en el cabello.

Los mellizos comenzaron a reír.

—¡Pareces un fantasma!

Valentina se miró en el reflejo de una ventana.

—Muy gracioso.

Entonces tomó un poco de harina y se la puso a Mateo en la nariz.

—¡No!

—Sí.

Mateo corrió detrás de ella.

La casa se llenó de risas.

Por la tarde, Adrián regresó.

Al entrar, esperaba encontrar silencio.

Pero escuchó música.

Y risas.

Caminó hasta la cocina.

Se quedó inmóvil.

Valentina estaba preparando la cena mientras Mateo y Sofía bailaban alrededor de la mesa.

Los tres tenían pequeñas manchas de harina en la ropa.

Adrián no pudo evitar sonreír.

—¿Qué está pasando aquí?

Los mellizos corrieron hacia él.

—¡Papá!

—¿Por qué están llenos de harina?

Mateo respondió rápidamente:

—Fue culpa de Valentina.

—¡Mentiroso! —protestó ella.

Adrián comenzó a reír.

Hacía años que aquella cocina no se llenaba de una alegría semejante.




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