A la mañana siguiente, Adrián despertó con una sensación extraña.
No recordaba la última vez que había llegado a casa y encontrado aquel ambiente.
Risas.
Música.
El aroma de comida recién preparada.
Y, sobre todo, a sus hijos felices.
Durante cuatro años había hecho todo lo posible para que Mateo y Sofía no sintieran la ausencia de su madre. Había contratado personas para cuidarlos, organizado sus horarios y llenado la casa de juguetes.
Pero Valentina había conseguido algo diferente.
Había llenado la casa de vida.
Adrián bajó a la cocina.
—Buenos días.
Valentina estaba preparando el desayuno.
—Buenos días.
—¿Dónde están los niños?
—Todavía duermen.
Adrián miró el reloj.
—¿Los dos?
—Sí. Después de ayer quedaron agotados.
Él sonrió.
—Eso es difícil de conseguir.
Valentina soltó una pequeña risa.
—Son dos terremotos.
—Ahora entiendes por qué necesito ayuda.
—Empiezo a entenderlo.
Adrián se apoyó contra la encimera.
—Gracias por lo de ayer.
—No tienes que agradecerme cada cinco minutos.
—Es que no estoy acostumbrado a que alguien haga esto por ellos.
Valentina dejó de preparar el desayuno.
—¿A qué te refieres?
Adrián tardó unos segundos en responder.
—A que los haga reír de esa manera.
Valentina lo miró con ternura.
—Tus hijos son felices contigo, Adrián.
Él negó suavemente con la cabeza.
—No siempre.
—Sí. Solo que quizá tú no te das cuenta.
Antes de que pudiera responder, se escucharon unos pasos en las escaleras.
—¡Papá!
Mateo apareció corriendo.
—Buenos días.
—¡Valentina está aquí!
—Ya me di cuenta.
Sofía apareció detrás de su hermano.
—Hoy también se queda.
Adrián miró a Valentina.
—¿Eso es cierto?
—Si no te molesta.
—No.
Los mellizos sonrieron.
Pero ninguno de los tres adultos sabía que los pequeños ya habían comenzado a elaborar un plan.
Durante el desayuno, Mateo y Sofía intercambiaron varias miradas.
Adrián estaba demasiado concentrado en su teléfono para darse cuenta.
Valentina, en cambio, sí los observó.
—¿Qué están tramando?
—Nada —respondió Sofía.
—Exactamente —añadió Mateo.
Valentina levantó una ceja.
—Cuando ustedes dicen "nada", normalmente significa algo.
Los dos comenzaron a reír.
Después del desayuno, los niños llevaron a Valentina a su habitación.
—Tenemos una misión —dijo Mateo.
—¿Una misión?
—Sí.
Sofía cerró la puerta.
—Queremos que tú seas nuestra mamá.
Valentina se quedó completamente sorprendida.
—Pequeños...
—No tienes que reemplazar a nuestra mamá —dijo Sofía—. Papá dice que eso no se puede.
Valentina se agachó frente a ellos.
—Su mamá siempre será su mamá.
Los dos asintieron.
—Pero nosotros queremos una mamá que esté aquí —explicó Mateo.
Valentina sintió un nudo en la garganta.
—Los quiero mucho, pero esas decisiones las toman los adultos.
—Entonces hay que convencer a papá.
Valentina sonrió.
—Su papá es muy terco.
—Lo sabemos.
Los tres comenzaron a reír.
Esa tarde, Adrián estaba en su despacho.
Tenía una videoconferencia importante.
Mientras hablaba con uno de sus socios, escuchó un golpe en la puerta.
—Papá.
Adrián hizo una señal para que esperaran.
La puerta se abrió lentamente.
Mateo entró.
Detrás de él apareció Sofía.
Los dos se acercaron en silencio.
Adrián continuó hablando.
Entonces sintió que algo le caía sobre la cabeza.
Se quedó inmóvil.
Sus socios guardaron silencio.
Adrián lentamente levantó una mano.
Había un pequeño sombrero de papel sobre su cabeza.
Miró a los niños.
—¿Qué hacen?
Mateo sonrió.
—Te estamos arreglando.
Adrián cerró los ojos.
—Ahora no.
Los niños comenzaron a reír.
—Tengo una reunión —susurró.
—Pero estás muy serio.
—Porque estoy trabajando.
Sofía se acercó.
—Papá, tienes que sonreír más.
Adrián no pudo evitar sonreír.
Sus socios comenzaron a reír también.
—Creo que necesitamos cinco minutos —dijo uno de ellos.
Adrián aceptó.
Cuando terminó la llamada, salió del despacho.
Encontró a Valentina en la sala.
—¿Tú sabías lo que estaban haciendo?
Ella intentó contener la risa.
—No exactamente.
—Están conspirando contra mí.
—¿Contra ti?
—Sí.
Valentina se acercó.
—¿Y qué quieren conseguir?
Adrián la miró.
—No lo sé.
Desde detrás del sofá, los mellizos escuchaban.
Sofía hizo una señal a su hermano.
Era hora de la siguiente parte del plan.
Esa noche, Adrián estaba preparando a los niños para dormir.
—Papá —preguntó Mateo—.
—¿Qué?
—¿Te gusta Valentina?
Adrián se quedó quieto.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque nosotros creemos que sí.
—Ustedes creen demasiadas cosas.
Sofía apareció desde el baño.
—A nosotros nos gusta.
Adrián sonrió.
—Ya lo sé.
—Entonces deja que sea nuestra mamá.
La sonrisa desapareció lentamente del rostro de Adrián.
Se sentó en la cama.
—Escuchen. Valentina es una buena persona. Pero las cosas no funcionan así.
—¿Por qué?
—Porque una mamá no se puede escoger como se escoge un juguete.
Mateo bajó la mirada.
—Pero tú escogiste a mamá.
Aquella frase hizo que Adrián guardara silencio.
—Sí —respondió finalmente—. La amé mucho.
Sofía se acercó y tomó su mano.
—Entonces puedes volver a amar.
Adrián sintió un nudo en la garganta.
No supo qué responder.
Los abrazó a ambos.
—Duerman.
Después de cerrar la puerta, Adrián permaneció unos segundos en el pasillo.