La mamá que el destino les debía

Capítulo 7. Una fotografía del pasado

Aquella pregunta de sus hijos permaneció en la mente de Adrián durante toda la noche.

«Entonces puedes volver a amar».

No había podido dejar de pensar en esas palabras.

A las tres de la madrugada seguía despierto, mirando el techo de su habitación.

No era la primera vez que alguien le hablaba de volver a enamorarse.

Su madre se lo había dicho.

Sus amigos también.

Incluso algunos familiares habían intentado presentarle mujeres después de la muerte de Elena.

Pero él siempre había rechazado cualquier posibilidad.

Hasta ahora.

Porque esta vez era diferente.

Esta vez había una mujer que había conseguido entrar en su vida sin intentar hacerlo.

Y sus hijos la adoraban.

A la mañana siguiente, Adrián bajó temprano a la cocina.

Esperaba encontrar a Valentina, pero ella todavía no había llegado.

Los mellizos estaban desayunando.

—¿Dónde está Valentina? —preguntó Sofía.

—Vendrá más tarde.

Mateo hizo un gesto de decepción.

—La extrañamos.

Adrián sonrió.

—Solo han pasado unas horas.

—Son muchas.

Adrián soltó una risa.

—Terminen de desayunar.

Valentina llegó poco después de las nueve.

Los niños corrieron hacia ella.

—¡Llegaste!

—Claro.

—Pensamos que no vendrías.

—¿Por qué?

—Porque papá es aburrido.

Adrián apareció detrás de ellos.

—Los estoy escuchando.

Los pequeños corrieron.

Valentina comenzó a reír.

—Buenos días.

—Buenos días.

Adrián la observó durante unos segundos.

Había algo diferente en ella.

Parecía cansada.

—¿Estás bien?

—Sí. Solo dormí poco.

—¿Todo bien?

Valentina asintió.

—Sí.

Adrián no insistió.

Durante la mañana, los niños jugaron en el jardín.

Valentina los acompañó mientras Adrián atendía algunas llamadas.

Después del almuerzo, los mellizos quisieron mostrarle una habitación que casi nunca utilizaban.

Era una pequeña sala donde Adrián guardaba algunas cajas con recuerdos.

—Aquí está el cuarto secreto —dijo Mateo.

Valentina sonrió.

—¿Secreto?

—Sí. Papá no quiere que entremos.

Sofía abrió una caja.

—Mira.

Valentina observó algunos juguetes antiguos.

Luego encontró un álbum de fotografías.

—¿Puedo verlo?

Sofía asintió.

Valentina comenzó a pasar las páginas.

Había fotografías de los niños cuando eran bebés.

Adrián sosteniéndolos por primera vez.

Elena abrazándolos.

Una familia feliz.

Valentina sonrió.

—Su mamá era muy bonita.

Los niños asintieron.

—Sí.

Valentina continuó pasando las páginas.

Hasta que encontró una fotografía de Elena y Adrián el día de su boda.

Se quedó observándola.

Había algo en la expresión de Adrián que no había visto antes.

Una felicidad absoluta.

—¿Papá la amaba mucho?

Sofía respondió:

—Muchísimo.

Valentina sintió una pequeña presión en el pecho.

No quería sentir celos de una mujer que ya no estaba.

No tenía derecho.

Elena era parte de la historia de aquella familia.

Y ella jamás intentaría ocupar su lugar.

—Creo que tu papá todavía la quiere —dijo suavemente.

Mateo la miró.

—Sí.

—Entonces debes entender que yo no puedo ser ella.

Sofía negó con la cabeza.

—No queremos que seas ella.

Valentina la miró sorprendida.

—¿Entonces qué quieren?

La niña sonrió.

—Queremos que seas tú.

Aquella respuesta la conmovió.

Valentina acarició su cabello.

—Son dos niños maravillosos.

En ese momento, Adrián apareció en la puerta.

Se quedó inmóvil al ver el álbum abierto.

Su mirada se dirigió inmediatamente a la fotografía de Elena.

Después miró a Valentina.

—¿Qué hacen aquí?

Los niños bajaron la mirada.

—Queríamos enseñarle las fotos —explicó Mateo.

Adrián respiró profundamente.

No estaba molesto con ellos.

Pero ver a Valentina mirando las fotografías de Elena despertó emociones que llevaba años intentando mantener bajo control.

—Está bien —dijo finalmente.

Valentina cerró el álbum.

—Lo siento. No quería invadir tu privacidad.

—No hiciste nada malo.

—Solo quería conocer un poco más de ustedes.

Adrián se acercó.

Tomó el álbum entre sus manos.

—Ella era Elena.

Valentina lo miró.

—Lo sé.

—Fue una buena mujer.

—Se nota.

Adrián permaneció en silencio.

Después de unos segundos, comenzó a hablar.

—Cuando murió, pensé que nunca volvería a ser feliz.

Valentina no dijo nada.

—Durante mucho tiempo sentí que si volvía a amar a alguien estaría traicionándola.

—No creo que ella hubiera querido eso.

Adrián levantó la mirada.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque una madre quiere que sus hijos sean felices. Y una esposa que amaba a su marido también querría que él pudiera volver a vivir.

Aquellas palabras llegaron profundamente a Adrián.

—Tal vez tengas razón.

Valentina sonrió.

—Estoy segura.

Los niños permanecían en silencio.

Por primera vez, Adrián habló de Elena sin sentir la necesidad de esconderse.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no intentar reemplazarla.

Valentina lo miró directamente.

—Nunca podría.

Hubo un silencio.

Adrián sintió que algo se rompía dentro de él.

No era dolor.

Era una barrera.

Una barrera que había mantenido levantada durante cuatro años.

—Valentina...

Ella esperó.

Pero Adrián no terminó la frase.

No sabía qué decir.

Valentina sonrió suavemente.

—No tienes que decir nada.

Y salió de la habitación.

Adrián se quedó mirando la puerta.

Sobre la mesa estaba la fotografía de Elena.

La tomó entre sus manos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.