Después de aquella conversación, algo cambió entre Adrián y Valentina.
No fue algo evidente.
No hubo declaraciones ni grandes gestos.
Fue algo mucho más sencillo.
Adrián comenzó a buscarla con la mirada.
Cuando Valentina llegaba a la casa, él encontraba cualquier motivo para permanecer en la misma habitación.
Cuando ella se reía con los mellizos, él sonreía sin darse cuenta.
Y Valentina también había comenzado a notar aquella transformación.
Una tarde, mientras los niños jugaban en el jardín, Adrián estaba sentado en la terraza revisando unos documentos.
—Papá.
Mateo apareció frente a él.
—¿Qué quieres?
—Necesito dinero.
Adrián dejó el documento.
—¿Para qué?
—Para comprar algo.
—¿Qué cosa?
—Una sorpresa.
—¿Para quién?
Mateo miró hacia el jardín.
Valentina estaba jugando con Sofía.
—Para Valentina.
Adrián sonrió.
—¿Y qué quieres comprar?
—No puedo decirte.
—Entonces no puedo darte dinero.
Mateo hizo un gesto de indignación.
—¡Papá!
Adrián soltó una carcajada.
—Está bien. Después vemos.
Valentina, desde el jardín, los observó.
—¿Qué están tramando?
—Nada —respondió Adrián.
Mateo lo miró.
—Papá sabe guardar secretos.
Valentina levantó una ceja.
—Eso espero.
Por la tarde, los mellizos decidieron preparar una merienda.
Adrián entró en la cocina y se quedó sorprendido.
Había harina por todas partes.
—¿Qué pasó aquí?
Mateo tenía harina en la cara.
—Estamos cocinando.
—¿Quién los dejó hacer esto?
Los tres miraron a Valentina.
Ella levantó las manos.
—Yo solo estaba ayudando.
Adrián intentó mantener una expresión seria.
No pudo.
Comenzó a reír.
Los niños lo miraron sorprendidos.
—¿De qué se ríe? —preguntó Sofía.
Valentina sonrió.
—Creo que de nosotros.
Adrián negó con la cabeza.
—No. Es que...
Se quedó mirando la cocina.
La harina sobre la mesa.
Los niños riendo.
Valentina con el cabello desordenado.
Por un instante, recordó cómo era su vida antes de perder a Elena.
Una casa llena de ruido.
Una familia.
Pero esta vez no sintió tristeza.
Sintió algo parecido a la esperanza.
—¿Qué? —preguntó Valentina.
Adrián sonrió.
—Nada. Solo hacía mucho tiempo que no me reía así.
Valentina lo observó.
Y por primera vez vio al verdadero Adrián.
No al empresario serio.
No al padre preocupado.
Sino al hombre que había estado escondido detrás del dolor.
—Entonces deberíamos hacer más desastres —dijo ella.
—No abuses.
Los niños comenzaron a reír.
Esa noche, después de cenar, los mellizos pidieron ver una película.
Se acomodaron en el sofá.
Sofía se sentó junto a Valentina.
Mateo se acomodó junto a su padre.
La película apenas había comenzado cuando Mateo se quedó dormido.
Adrián lo cargó hasta su habitación.
Al regresar, encontró a Sofía dormida sobre el hombro de Valentina.
—Se quedó dormida —susurró ella.
Adrián se acercó.
—Yo la llevo.
Valentina intentó levantarse.
—No hace falta.
—Puedo hacerlo.
Adrián tomó a su hija con cuidado.
Antes de irse, miró a Valentina.
—Gracias.
—Por supuesto.
Cuando volvió a la sala, Valentina estaba recogiendo las cosas.
—No tienes que hacer eso.
—No me cuesta nada.
Adrián se quedó frente a ella.
—Valentina.
—¿Sí?
—Quiero preguntarte algo.
—Dime.
—¿Por qué eres así con ellos?
Ella sonrió.
—¿Así cómo?
—Cariñosa. Paciente. Como si los conocieras desde siempre.
Valentina bajó la mirada.
—Porque me recuerdan algo que siempre quise.
Adrián esperó.
—Una familia.
La respuesta lo sorprendió.
—¿Nunca has tenido una?
—No como la que imaginaba.
Adrián la miró con atención.
—¿Y qué imaginabas?
Valentina sonrió.
—Una casa pequeña. Un esposo que me quisiera. Niños corriendo por todas partes.
—Suena bonito.
—Sí.
—¿Todavía quieres eso?
Valentina levantó la mirada.
Sus ojos se encontraron.
—Quizá.
El silencio entre ambos se hizo intenso.
Adrián sintió que su corazón comenzaba a latir más rápido.
—Yo también lo quería —confesó.
Valentina respiró profundamente.
—Lo sé.
—Pero después de Elena pensé que nunca volvería a tenerlo.
—Tal vez la vida no terminó cuando ella murió.
Adrián la miró fijamente.
Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos.
Valentina tomó su bolso.
—Será mejor que me vaya.
—Sí.
Ella caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se volvió.
—Buenas noches, Adrián.
—Buenas noches, Valentina.
Cuando la puerta se cerró, Adrián permaneció inmóvil.
Por primera vez en cuatro años, había hablado de su futuro sin sentir miedo.
Subió a la habitación de sus hijos.
Los encontró dormidos.
Se sentó junto a ellos y los observó.
Entonces recordó la petición que habían hecho semanas atrás.
«Queremos una mamá».
Adrián sonrió.
Quizá ellos habían visto algo que él todavía no se atrevía a aceptar.
Quizá Valentina no había llegado a sus vidas por casualidad.
Y quizá el corazón, después de haber estado roto durante tanto tiempo, estaba aprendiendo nuevamente a latir.