La mamá que el destino les debía

Capítulo 9. Una noche de tormenta

La tarde había comenzado tranquila.

Adrián había terminado temprano sus pendientes y decidió llevar a los mellizos al jardín antes de que anocheciera. Valentina estaba con ellos, sentada bajo un árbol mientras Mateo y Sofía jugaban con una pelota.

—¡Papá, mira! —gritó Mateo.

El pequeño corrió hacia él.

—¿Qué pasa?

—Valentina dijo que puedo hacer una carrera hasta el árbol.

Adrián miró a Valentina.

—¿Eso dijiste?

—Sí, pero él hizo trampa.

—¡No hice trampa!

Sofía comenzó a reír.

—Sí hiciste.

Adrián negó con la cabeza.

—Ustedes tres van a volverme loco.

Valentina sonrió.

—Pero estás sonriendo.

Adrián la miró.

—Últimamente lo hago mucho.

Sus ojos se encontraron durante unos segundos.

Ninguno dijo nada.

Entonces un fuerte trueno hizo que los mellizos se quedaran quietos.

El cielo, que minutos antes estaba despejado, comenzó a cubrirse de nubes oscuras.

—Creo que va a llover —dijo Valentina.

Adrián miró hacia arriba.

—Tenemos que entrar.

Los cuatro corrieron hacia la casa.

Apenas cruzaron la puerta, comenzó a llover con fuerza.

La tormenta empeoró rápidamente.

Los relámpagos iluminaban las ventanas y los truenos hacían vibrar los cristales.

Mateo intentaba aparentar valentía, pero Sofía ya estaba abrazada a su padre.

—No me gusta —susurró.

Adrián la cargó.

—No pasa nada, princesa. Estoy aquí.

Un trueno mucho más fuerte hizo que Mateo corriera hacia ellos.

—¡Papá!

—Ven.

Adrián abrazó a los dos.

Valentina observaba la escena desde el otro lado de la sala.

—¿Tienen miedo de las tormentas?

—Desde pequeños —respondió Adrián.

—¿Por qué?

Adrián guardó silencio.

Después miró hacia la ventana.

—La última noche que su madre estuvo en casa también había tormenta.

Valentina comprendió inmediatamente.

—Lo siento.

—No tienes que sentirlo.

Los niños comenzaron a ponerse más nerviosos.

—¿Podemos dormir contigo? —preguntó Sofía.

Adrián sonrió.

—Claro.

Los llevó a su habitación.

Valentina los siguió.

Los mellizos se acomodaron en la cama, uno a cada lado de su padre.

—¿Puedes quedarte hasta que nos durmamos? —preguntó Mateo a Valentina.

Ella miró a Adrián.

Él asintió.

—Claro.

Valentina se sentó junto a ellos.

Poco a poco, los niños dejaron de tener miedo.

Sofía tomó la mano de Valentina.

Mateo tomó la de su padre.

En menos de veinte minutos, ambos estaban dormidos.

Adrián miró a sus hijos y luego a Valentina.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme.

—Sí tengo.

—¿Por qué?

—Porque desde que llegaste, ellos están diferentes.

Valentina sonrió.

—Ellos siempre han sido maravillosos.

—Pero ahora tienen algo que antes no tenían.

—¿Qué?

Adrián la miró.

—Esperanza.

Valentina sintió que aquellas palabras le llegaban profundamente.

—Tú también la tienes.

Adrián bajó la mirada.

—No estoy seguro.

—Yo sí.

Durante unos segundos, solo se escuchó la lluvia.

Adrián se levantó con cuidado para no despertar a los niños.

—Ven.

Salieron de la habitación y cerraron la puerta.

En el pasillo, Valentina se quedó frente a él.

—¿Qué querías decirme antes?

Adrián frunció el ceño.

—¿Antes?

—Cuando hablaste de tu futuro.

Él respiró profundamente.

—No lo sé.

—Adrián...

—Tengo miedo.

Valentina lo miró sorprendida.

—¿De qué?

—De volver a amar.

Ella permaneció en silencio.

—Porque si amo otra vez —continuó él—, significará que estoy dejando atrás a Elena.

Valentina negó suavemente con la cabeza.

—No.

Adrián la miró.

—Amar a alguien nuevo no borra a quien amaste antes.

Él no respondió.

—Elena siempre será parte de tu historia —continuó Valentina—. Pero eso no significa que tengas que vivir toda tu vida en el pasado.

Adrián dio un paso hacia ella.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Tienes miedo de amar?

Valentina bajó la mirada.

—Sí.

—¿Por qué?

Ella tardó unos segundos en responder.

—Porque una vez confié en alguien y me hizo pensar que no era suficiente.

Adrián sintió una punzada de preocupación.

—¿Quién?

—Alguien de mi pasado.

—¿Te hizo daño?

—Más del que quisiera admitir.

Adrián quiso preguntarle más, pero vio que ella no estaba preparada.

—No tienes que contarme nada.

Valentina levantó la mirada.

—Gracias.

Un trueno volvió a escucharse.

Valentina dio un pequeño salto.

Adrián sonrió.

—¿Tú también tienes miedo?

—Un poco.

—Entonces estamos igual.

Ambos rieron.

La tensión desapareció por un instante.

Adrián levantó lentamente una mano y apartó un mechón de cabello del rostro de Valentina.

Ella se quedó inmóvil.

Sus ojos se encontraron.

La distancia entre ambos era mínima.

Adrián sintió que el corazón le latía con fuerza.

Valentina también.

Pero antes de que cualquiera pudiera acercarse más, escucharon una pequeña voz desde la habitación.

—¡Papá!

Adrián cerró los ojos y soltó una pequeña risa.

—Mis hijos tienen un excelente sentido del momento.

Valentina también rio.

—Ve.

Adrián abrió la puerta.

Sofía estaba despierta.

—¿Todavía está lloviendo?

—Sí.

—¿Puedes quedarte conmigo?

—Siempre.

La niña volvió a cerrar los ojos.

Adrián se quedó a su lado.

Valentina permaneció en la puerta observándolo.

Y comprendió algo.

No se estaba enamorando solamente de Adrián.

También estaba comenzando a amar la pequeña familia que él había construido después del dolor.

Y eso la asustaba.




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