La mañana después de la tormenta amaneció tranquila.
Los rayos del sol entraban por las ventanas de la casa, iluminando el pasillo mientras Adrián bajaba las escaleras.
Había dormido poco.
No podía dejar de pensar en la conversación que había tenido con Valentina.
En lo cerca que habían estado.
En la manera en que ella lo había mirado.
Y, sobre todo, en lo que había sentido cuando estuvo a punto de acercarse a ella.
Adrián no estaba acostumbrado a sentirse así.
Durante cuatro años había aprendido a controlar sus emociones.
Con Valentina, en cambio, parecía perder el control poco a poco.
Cuando llegó a la cocina, encontró a los mellizos desayunando.
—Buenos días.
—Buenos días, papá —respondió Mateo.
Sofía levantó la mirada.
—¿Dónde está Valentina?
Adrián sonrió.
—Todavía no ha llegado.
—¿Va a venir?
—Sí.
Los dos sonrieron.
Mateo miró a su hermana.
—Funcionó.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué funcionó?
—Nada —respondieron los dos al mismo tiempo.
Adrián negó con la cabeza.
—Ustedes dos están tramando algo.
—No —dijo Sofía.
—Sí —añadió Mateo.
—¡Mateo!
El niño comenzó a reír.
Una hora después, Valentina llegó.
Los mellizos corrieron hacia ella.
—¡Valentina!
Ella apenas pudo cerrar la puerta antes de que ambos la abrazaran.
—Buenos días, pequeños.
—¿Dormiste bien? —preguntó Sofía.
—Sí.
Mateo la miró seriamente.
—¿Te dio miedo la tormenta?
Valentina sonrió.
—Un poquito.
—A mí también.
—Pero papá nos cuidó.
Valentina levantó la mirada hacia Adrián.
Él estaba apoyado contra la pared observándolos.
—Sí —dijo ella—. Su papá sabe cuidar muy bien de ustedes.
Adrián sonrió.
—Hago lo que puedo.
La mañana transcurrió con normalidad.
Los mellizos jugaron en el jardín mientras Valentina preparaba algunas cosas para el almuerzo.
Adrián trabajaba en su despacho.
De pronto, escuchó un grito.
—¡Papá!
Se levantó inmediatamente.
Corrió hacia el jardín.
Sofía estaba llorando.
Mateo estaba junto a ella.
—¿Qué pasó?
—Se cayó —dijo Mateo.
Adrián se arrodilló frente a su hija.
—¿Dónde te duele?
Sofía señaló su rodilla.
Tenía un pequeño raspón.
—No pasa nada, princesa.
Pero la niña comenzó a llorar con más fuerza.
Adrián la tomó en brazos.
—Estoy aquí.
Valentina llegó corriendo.
—¿Qué pasó?
—Se cayó.
Valentina se acercó.
—Déjame verla.
Sofía extendió los brazos hacia ella.
Adrián se sorprendió.
La niña quería que Valentina también la abrazara.
Valentina la tomó con cuidado.
—Ya pasó.
Sofía escondió el rostro en su cuello.
—Me duele.
—Lo sé.
Valentina acarició su cabello.
—Pero eres muy valiente.
Poco a poco, Sofía dejó de llorar.
Adrián observó la escena.
Algo dentro de él se estremeció.
No era solamente cariño.
Era confianza.
Su hija confiaba en Valentina.
Y él también.
Después de curarle la rodilla, Sofía se quedó dormida en el sofá.
Valentina permaneció a su lado.
Adrián se sentó frente a ellas.
—Gracias.
Valentina sonrió.
—No tienes que agradecerme.
—Sé que dices eso siempre.
—Entonces deja de darme las gracias.
Adrián soltó una pequeña risa.
—Lo intentaré.
Hubo silencio.
—Adrián...
—¿Sí?
—Anoche...
Él la miró.
—¿Qué pasa?
Valentina bajó la voz.
—Creo que estuvimos a punto de hacer algo.
Adrián entendió inmediatamente.
—Sí.
—Y no sé si fue buena idea.
—Yo tampoco.
Valentina lo miró.
—No quiero apresurar las cosas.
Adrián asintió.
—Yo tampoco.
—Tus hijos son lo primero.
—Siempre.
—Y no quiero que ellos se confundan.
Adrián la observó.
—¿Tú estás confundida?
Valentina tardó unos segundos en responder.
—Sí.
—Yo también.
Ambos sonrieron.
Entonces Sofía se movió dormida.
Valentina se inclinó para acomodarle el cabello.
Adrián observó sus manos.
—¿Sabes algo?
—¿Qué?
—Creo que ella te quiere mucho.
Valentina sonrió.
—Yo también la quiero.
—Y a Mateo.
—Muchísimo.
Adrián respiró profundamente.
—Y yo...
Se detuvo.
Valentina levantó la mirada.
—¿Tú qué?
Adrián no terminó la frase.
En lugar de eso, extendió la mano y tomó suavemente la de ella.
Valentina se quedó inmóvil.
No había necesidad de palabras.
Sus dedos permanecieron entrelazados durante unos segundos.
Hasta que Mateo apareció en la sala.
—¡Papá!
Los dos soltaron sus manos rápidamente.
Mateo los observó.
—¿Qué estaban haciendo?
Adrián aclaró la garganta.
—Nada.
El pequeño sonrió.
—Se estaban agarrando la mano.
Valentina se puso ligeramente roja.
—Ve a jugar, Mateo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tengo una pregunta.
Adrián suspiró.
—¿Qué pregunta?
Mateo miró primero a su padre y después a Valentina.
—¿Cuándo se van a casar?
Valentina abrió los ojos.
Adrián se quedó completamente callado.
Mateo sonrió.
—Sofía y yo ya escogimos las flores.
Adrián comenzó a reír.
—Ustedes dos están completamente locos.
Mateo salió corriendo mientras gritaba:
—¡Sofía! ¡Papá todavía no dijo que no!
Valentina soltó una carcajada.
Adrián la miró.
Y por primera vez, ambos rieron juntos sin miedo.
Aquella tarde, mientras los mellizos jugaban en el jardín, Adrián comprendió algo.
Tal vez todavía no estaba preparado para decir que amaba a Valentina.
Pero ya no podía negar que ella se había convertido en alguien indispensable.