La mamá que el destino les debía

Capítulo 11. Los celos de Adrián

Adrián había pasado toda la mañana intentando convencerse de que lo ocurrido el día anterior no significaba nada.

Había tomado la mano de Valentina.

Nada más.

Sin embargo, cada vez que recordaba aquel momento, una sonrisa aparecía en su rostro.

—Estás sonriendo otra vez —dijo Mateo.

Adrián levantó la mirada.

Los mellizos estaban sentados frente a él durante el desayuno.

—¿Yo?

—Sí —respondió Sofía—. Desde que Valentina se fue.

Adrián tomó su taza de café.

—Están imaginando cosas.

Mateo negó con la cabeza.

—No.

—¿Y ahora qué sabes tú?

—Sé cuándo estás feliz.

Adrián se quedó callado.

Aquella respuesta lo hizo pensar.

Tal vez sus hijos tenían razón.

Por la tarde, Valentina llegó a la casa acompañada de una mujer.

Adrián estaba en la sala cuando escuchó la puerta abrirse.

—¡Papá! —gritó Sofía.

Adrián salió a recibirlos.

Valentina estaba junto a un hombre de aproximadamente treinta años.

Era alto, sonriente y llevaba una pequeña caja en las manos.

—Adrián —dijo Valentina—, quiero presentarte a alguien.

El hombre extendió la mano.

—Mucho gusto. Soy Daniel.

Adrián estrechó su mano.

—Adrián.

—Valentina me ha hablado mucho de ustedes.

Adrián miró a Valentina.

—¿Ah, sí?

—Sí —respondió ella—. Daniel es un viejo amigo.

La expresión de Adrián cambió ligeramente.

—Entiendo.

Daniel sonrió.

—Trabajo en una pastelería. Le prometí a los niños que les llevaría algo especial.

Le entregó la caja a Mateo.

El pequeño abrió los ojos emocionado.

—¡Pastel!

Sofía comenzó a saltar.

—¡Gracias!

—De nada.

Los niños abrazaron a Daniel.

Adrián observó la escena en silencio.

No sabía por qué le molestaba.

Daniel no había hecho absolutamente nada malo.

Era amable.

Educado.

Y claramente conocía a Valentina desde hacía tiempo.

Pero eso no evitó que Adrián sintiera una incomodidad que no podía explicar.

—¿Quieres quedarte a comer? —preguntó Valentina.

Adrián respondió antes de pensarlo.

—Tenemos planes.

Valentina lo miró sorprendida.

—¿Tenemos?

—Sí.

—¿Qué planes?

Adrián se quedó sin respuesta.

Mateo intervino.

—No tenemos ningún plan.

Sofía asintió.

—Nada.

Adrián miró a sus hijos.

Los dos sonrieron.

Daniel soltó una pequeña risa.

—No quiero interrumpir.

—No interrumpes —dijo Valentina.

Adrián tomó aire.

—Puedes quedarte.

La frase salió con dificultad.

Durante la comida, Daniel conversó con Valentina.

Hablaban de cosas que Adrián desconocía.

Historias de cuando eran jóvenes.

Lugares que habían visitado.

Personas que tenían en común.

Adrián escuchaba mientras intentaba concentrarse en su comida.

Pero cada vez que Daniel hacía reír a Valentina, algo dentro de él se tensaba.

—¿Te pasa algo? —preguntó ella en voz baja.

—No.

—Estás muy serio.

—Estoy bien.

Valentina lo observó.

—Seguro.

Mateo levantó la mirada.

—Papá está celoso.

Adrián casi dejó caer el tenedor.

—Mateo.

Daniel soltó una carcajada.

Valentina se puso roja.

—Los niños dicen muchas cosas.

—Pero yo tengo razón —insistió Mateo.

—Come —ordenó Adrián.

Mateo obedeció, aunque seguía sonriendo.

Cuando Daniel se marchó, los mellizos corrieron al jardín.

Valentina comenzó a recoger la mesa.

Adrián la ayudó.

Durante unos minutos ninguno habló.

Finalmente, Valentina rompió el silencio.

—¿Estás molesto?

—No.

—Adrián.

Él dejó un plato sobre la encimera.

—¿Qué quieres que diga?

—La verdad.

Adrián respiró profundamente.

—No me gustó verlo aquí.

Valentina lo miró sorprendida.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

Adrián permaneció callado.

Valentina se acercó.

—Daniel es mi amigo.

—Lo sé.

—Nada más.

—También lo sé.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Adrián la miró directamente.

—Que no me gusta cómo te mira.

Valentina se quedó inmóvil.

—¿Cómo me mira?

—Como si te conociera demasiado.

Ella sonrió suavemente.

—¿Estás celoso?

Adrián no respondió.

Valentina dio un pequeño paso hacia él.

—Adrián...

—No debería estarlo.

—No.

—Pero lo estoy.

Aquella confesión hizo que Valentina dejara de sonreír.

Ahora lo miraba con una mezcla de sorpresa y ternura.

—¿Por qué?

Adrián bajó la mirada.

—Porque me importas.

El corazón de Valentina comenzó a latir con fuerza.

—¿Solo eso?

Adrián levantó los ojos.

Por un instante estuvo a punto de decirlo.

Pero todavía tenía miedo.

—No lo sé.

Valentina se acercó un poco más.

—Creo que sí lo sabes.

Adrián sostuvo su mirada.

La distancia entre ellos se redujo.

Pero antes de que pudiera decir algo, una voz los interrumpió.

—¡Papá!

Los dos se separaron.

Mateo entró corriendo.

—¡Sofía se cayó!

Adrián salió inmediatamente.

Valentina lo siguió.

Encontraron a Sofía sentada sobre el césped, con lágrimas en los ojos.

Adrián se arrodilló.

—¿Qué pasó?

—Me tropecé.

Valentina se agachó junto a ella.

—Ven conmigo.

Sofía levantó los brazos.

Valentina la cargó.

La niña escondió el rostro contra su pecho.

Adrián observó la escena.

Y en ese momento comprendió algo que ya no podía seguir negando.

No eran celos solamente.

Era miedo.

Miedo de perder a una mujer que todavía no tenía, pero que ya significaba demasiado para él.

Esa noche, después de que Valentina se marchó, Adrián entró en la habitación de sus hijos.




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