Desde aquella conversación, Adrián había comenzado a comportarse de una manera distinta.
Ya no podía fingir que Valentina era simplemente alguien que ayudaba con los niños.
Le importaba.
Mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Durante los días siguientes, intentó mantener cierta distancia, pero los mellizos parecían decididos a impedirlo.
—Papá, Valentina debería cenar con nosotros —dijo Sofía una tarde.
—Ella tiene su casa.
—Puede venir.
—No siempre puede.
Mateo levantó la mirada.
—Pregúntale.
Adrián suspiró.
—Está bien.
Tomó su teléfono.
Buscó el contacto de Valentina.
Durante varios segundos observó su nombre en la pantalla.
Finalmente escribió.
—¿Qué haces? —preguntó Sofía.
—Nada.
—Le estás escribiendo a Valentina.
—Sí.
Los mellizos intercambiaron una mirada cómplice.
Adrián terminó de escribir.
—¿Quieres venir a cenar esta noche?
La respuesta llegó pocos minutos después.
—Claro.
Los niños celebraron como si hubieran ganado un premio.
Adrián negó con la cabeza.
—No entiendo por qué están tan emocionados.
Mateo sonrió.
—Porque será una cena familiar.
Aquella palabra hizo que Adrián guardara silencio.
Familiar.
No sabía por qué, pero escucharla junto al nombre de Valentina le provocó una sensación cálida.
Esa noche, Valentina llegó poco antes de las ocho.
Llevaba un vestido sencillo y el cabello suelto.
Cuando Adrián abrió la puerta, se quedó mirándola durante unos segundos.
—Hola.
—Hola.
—Te ves...
Se detuvo.
—¿Me veo qué?
Adrián sonrió ligeramente.
—Bien.
Valentina sonrió.
—Gracias.
Desde las escaleras se escuchó la voz de Mateo.
—¡Papá se quedó mirando!
Adrián cerró los ojos.
—Voy a matar a esos niños.
Valentina comenzó a reír.
—Déjalos.
Los mellizos bajaron corriendo.
—¡Valentina!
La abrazaron.
—Trajimos algo para ti —dijo Sofía.
—¿Qué cosa?
Mateo le entregó una pequeña flor.
—Es para ti.
Valentina la recibió emocionada.
—Gracias, pequeños.
Adrián observó la escena.
No pudo evitar sonreír.
La cena comenzó de una manera tranquila.
Los niños hablaban sin parar.
Contaban historias del colegio, de sus juegos y de una discusión que habían tenido porque ambos querían el mismo lápiz.
Valentina escuchaba atentamente.
Adrián la observaba.
Había algo especial en verla sentada en su mesa.
Por primera vez, aquella mesa no parecía demasiado grande.
—¿Por qué me miras? —preguntó Valentina.
Adrián se sorprendió.
—No te estaba mirando.
Mateo intervino.
—Sí estabas.
Sofía asintió.
—Mucho.
Valentina soltó una pequeña risa.
Adrián negó con la cabeza.
—Ustedes dos no ayudan.
—Queremos ayudar —dijo Sofía.
—¿En qué?
La niña miró a Valentina.
—En que seas feliz.
Valentina dejó de sonreír por un instante.
La sinceridad de aquella pequeña respuesta la conmovió.
—Gracias, princesa.
Después de cenar, los mellizos insistieron en preparar el postre.
Adrián intentó detenerlos.
—No.
—Sí —dijo Mateo.
—La última vez dejaron harina por toda la cocina.
Valentina levantó la mano.
—Yo los ayudaré.
Adrián la miró.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Entonces no quiero saber cómo terminará esto.
Los cuatro fueron a la cocina.
Prepararon pequeños pasteles de chocolate.
Mateo terminó con chocolate en la nariz.
Sofía tenía harina en el cabello.
Valentina intentaba mantener todo limpio.
Adrián terminó siendo víctima de ambos niños.
—¡Papá, prueba!
Mateo le acercó una cuchara.
Adrián probó el chocolate.
—Está bueno.
—¿De verdad?
—Sí.
Sofía le dio otro poco.
—Ahora a Valentina.
Adrián miró a Valentina.
Ella se acercó y probó.
—Está delicioso.
Los niños sonrieron.
—Entonces hicimos una buena cena.
Adrián miró alrededor.
Los cuatro estaban cubiertos de harina y chocolate.
Y volvió a sentir aquella sensación.
Paz.
Una paz que no había sentido desde la muerte de Elena.
Más tarde, los niños se quedaron dormidos en el sofá.
Valentina tomó una manta y cubrió a Sofía.
Adrián cargó a Mateo.
Entre los dos llevaron a los pequeños a sus habitaciones.
Cuando regresaron a la sala, la casa quedó en silencio.
—Fue una buena noche —dijo Valentina.
—Sí.
—Tus hijos son increíbles.
—Lo son.
Valentina miró alrededor.
—Ahora entiendo por qué esta casa parecía tan triste.
Adrián bajó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
—No faltaban muebles ni personas.
—Entonces, ¿qué faltaba?
Valentina lo miró.
—Risas.
Adrián sonrió.
—Tú trajiste muchas.
Valentina sintió que el corazón le latía más rápido.
—No hice nada especial.
—Sí lo hiciste.
Se quedaron en silencio.
Adrián se acercó lentamente.
—Desde que llegaste, todo cambió.
Valentina levantó la mirada.
—También para mí.
—¿Te arrepientes?
—No.
—¿Tienes miedo?
Ella respiró profundamente.
—Sí.
—Yo también.
Adrián tomó su mano.
Esta vez ninguno de los dos la apartó.
—No quiero apresurarte —dijo él.
—Gracias.
—Pero tampoco quiero fingir que no siento nada.
Valentina entrelazó sus dedos con los de él.
—Yo tampoco.
Adrián sonrió.
Por unos segundos permanecieron así, tomados de la mano.
Sin promesas.
Sin explicaciones.
Solo disfrutando de aquel momento.
Desde las escaleras, dos pequeñas cabezas aparecieron discretamente.