La mañana siguiente comenzó con una tranquilidad poco habitual.
Adrián estaba preparando el desayuno cuando escuchó risas en las escaleras.
Mateo y Sofía bajaron corriendo.
—¡Papá!
—Buenos días.
—¿Valentina va a venir hoy?
Adrián sonrió.
—Sí.
Los dos se miraron satisfechos.
—Entonces tenemos que preparar algo.
Adrián dejó la taza sobre la mesa.
—¿Qué están planeando ahora?
—Nada.
—Esa palabra ya no me engaña.
Los mellizos rieron.
Valentina llegó cerca del mediodía.
Los niños salieron corriendo a recibirla.
Adrián observó desde la cocina.
Cuando ella levantó la mirada y sus ojos se encontraron, ambos sonrieron.
Había una cercanía diferente entre ellos después de la cena de la noche anterior.
Una especie de complicidad que ninguno necesitaba explicar.
—Buenos días —dijo Valentina.
—Buenos días.
—¿Dormiste bien?
—Sí. ¿Tú?
—También.
Mateo apareció entre ambos.
—¿Ya se van a casar?
Adrián se llevó una mano al rostro.
—Mateo...
Valentina comenzó a reír.
—Todavía no.
El niño sonrió.
—Entonces todavía tenemos tiempo.
—¿Tiempo para qué?
—Para preparar la boda.
Adrián negó con la cabeza.
—Ve a jugar.
Los mellizos salieron corriendo.
Valentina seguía riendo.
—Tus hijos tienen mucha imaginación.
—Demasiada.
—Aunque debo admitir que son adorables.
Adrián la miró.
—Sí.
Pero no estaba mirando a los niños.
Estaba mirando a Valentina.
Ella lo notó.
Y su sonrisa desapareció lentamente.
No por incomodidad.
Sino porque podía sentir la intensidad de aquella mirada.
Por la tarde, los niños quisieron jugar en el jardín.
Adrián y Valentina se sentaron en la terraza mientras los observaban.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Adrián.
—Claro.
—¿Por qué nunca me has hablado del hombre que te hizo daño?
Valentina guardó silencio.
—Porque ya pasó.
—Pero todavía te duele.
Ella lo miró.
—Algunas cosas dejan cicatrices.
—Lo entiendo.
—¿De verdad?
Adrián asintió.
—Sí.
Valentina bajó la mirada.
—Cuando murió Elena, ¿dejaste de vivir?
La pregunta lo sorprendió.
—Durante mucho tiempo, sí.
—¿Y ahora?
Adrián la miró directamente.
—Ahora estoy intentando aprender nuevamente.
Valentina sonrió suavemente.
—Yo también.
Se quedaron en silencio.
A lo lejos, los mellizos jugaban.
—Valentina.
—¿Sí?
—Tengo miedo de hacerte daño.
Ella frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque todavía estoy aprendiendo a dejar atrás el pasado.
Valentina negó con la cabeza.
—No tienes que dejarlo atrás. Solo tienes que aprender a vivir con él.
Adrián sonrió.
—Siempre sabes qué decir.
—No siempre.
—Conmigo sí.
Ella soltó una pequeña risa.
—Tal vez porque te estoy conociendo.
Adrián se acercó un poco.
—¿Y qué has descubierto?
Valentina pensó unos segundos.
—Que eres diferente a como pensé.
—¿Eso es bueno?
—Muy bueno.
—¿Y qué más?
—Que eres un buen padre.
Adrián sonrió.
—¿Nada más?
Valentina sostuvo su mirada.
—Que eres un hombre que todavía tiene mucho amor para dar.
El corazón de Adrián comenzó a latir con fuerza.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Tienes amor para dar?
Valentina bajó la mirada.
—Tal vez.
—¿A mí?
Ella levantó los ojos.
No respondió.
Pero tampoco se alejó.
Adrián tomó lentamente su mano.
—Valentina...
Ella entrelazó sus dedos con los de él.
—Adrián...
Ambos se quedaron en silencio.
La distancia entre ellos era cada vez menor.
Adrián levantó una mano y acarició suavemente su rostro.
Valentina cerró los ojos por un instante.
Él se acercó.
Y finalmente sus labios se encontraron.
Fue un beso breve.
Suave.
Lleno de miedo y de esperanza.
Cuando se separaron, ambos permanecieron en silencio.
Valentina tenía los ojos brillantes.
Adrián respiró profundamente.
—Lo siento.
Ella negó con la cabeza.
—No te disculpes.
—No quería apresurar las cosas.
—No las apresuraste.
—Entonces...
Valentina sonrió.
—Fue un beso.
Adrián sonrió también.
—Un beso importante.
—Sí.
De pronto, escucharon una voz.
—¡PAPÁ!
Los dos se separaron.
Mateo corría hacia ellos.
—¡Sofía se cayó!
Adrián se levantó inmediatamente.
—¿Dónde está?
—Allá.
Los tres corrieron hacia el jardín.
Sofía estaba sentada en el césped.
No parecía lastimada, pero tenía lágrimas en los ojos.
Valentina se arrodilló frente a ella.
—¿Qué pasó?
—Me caí.
Adrián la tomó en brazos.
—No pasa nada.
Sofía miró a su padre y después a Valentina.
De repente sonrió.
—¿Se besaron?
Adrián se quedó congelado.
Valentina abrió los ojos.
—¿Cómo sabes eso?
Mateo respondió:
—Los vimos.
Adrián miró hacia la terraza.
—¿Ustedes estaban espiando?
Los mellizos comenzaron a reír.
—¡Sí!
Valentina se llevó una mano al rostro.
Adrián terminó riéndose también.
—Son imposibles.
Sofía abrazó a Valentina.
—Ahora sí.
—¿Ahora sí qué?
—Ahora sí puedes ser nuestra mamá.
Valentina sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Miró a Adrián.
Él la observó con ternura.
No dijo nada.
Pero su mirada parecía responder por él.
Aquella noche, cuando Valentina regresó a su casa, no pudo dejar de tocar sus labios.
Había dado un paso que no esperaba dar.
Y Adrián, por su parte, permaneció despierto durante horas.