La mamá que el destino les debía

Capítulo 14. Una visita inesperada

El beso había cambiado algo entre Adrián y Valentina.

Ninguno de los dos hablaba demasiado sobre lo ocurrido, pero ahora existía una cercanía imposible de ignorar.

Cuando se miraban, ambos recordaban aquel momento.

Y los mellizos, por supuesto, parecían decididos a recordárselo cada cinco minutos.

—Papá —preguntó Mateo durante el desayuno—, ¿cuándo vas a volver a besar a Valentina?

Adrián casi se atragantó con el café.

—Mateo.

Sofía comenzó a reír.

—No le preguntes eso.

—¿Por qué?

—Porque se pone rojo.

Adrián los miró con seriedad.

—Terminen de desayunar.

—Estás rojo —insistió Mateo.

—Come.

Los dos comenzaron a reír.

Adrián negó con la cabeza.

A pesar de todo, sonreía.

Valentina llegó poco después del mediodía.

Cuando Adrián abrió la puerta, ambos se quedaron mirándose.

—Hola.

—Hola.

Ninguno sabía muy bien qué decir.

Finalmente, Valentina sonrió.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—¿Seguro?

—Sí.

—Yo también.

Adrián asintió.

Entonces apareció Sofía.

—¡Valentina!

La niña corrió hacia ella.

—Hola, princesa.

—Te estábamos esperando.

—¿A mí?

—Sí.

Mateo apareció detrás.

—Papá dijo que hoy no tiene trabajo.

Valentina miró a Adrián.

—¿Es verdad?

—Sí.

—Entonces podemos hacer algo juntos.

Los mellizos celebraron.

Decidieron salir a un pequeño parque cercano.

Adrián caminaba llevando a Mateo de la mano.

Valentina iba junto a Sofía.

Los niños corrían de un lado a otro.

Por un momento, parecían una familia.

Una familia que todavía no sabía que lo era.

Adrián observó a Valentina mientras ella reía con Sofía.

Sintió una felicidad tranquila.

Pero entonces una voz lo sacó de sus pensamientos.

—¿Adrián?

Él se detuvo.

Una mujer se acercaba hacia ellos.

Era elegante, de aproximadamente treinta y tantos años.

Adrián tardó unos segundos en reconocerla.

—Claudia.

La mujer sonrió.

—No puedo creer que seas tú.

Valentina observó en silencio.

—Ha pasado mucho tiempo —dijo Claudia.

—Sí.

Claudia miró a los mellizos.

—¿Ellos son tus hijos?

—Sí. Mateo y Sofía.

Los niños se escondieron un poco detrás de Adrián.

Claudia sonrió.

—Son preciosos.

Después miró a Valentina.

—¿Y ella?

Adrián dudó.

Solo unos segundos.

Pero Valentina lo notó.

—Soy Valentina —respondió ella.

—Mucho gusto.

—Igualmente.

Claudia volvió a mirar a Adrián.

—No sabía que estabas con alguien.

Valentina sintió una extraña incomodidad.

Adrián respondió con calma.

—Estamos conociéndonos.

Claudia pareció sorprendida.

—Vaya.

—¿Tú qué haces por aquí? —preguntó Adrián.

—Vivo cerca.

Hubo un silencio incómodo.

Claudia sonrió.

—Deberíamos tomar un café algún día.

Adrián negó suavemente.

—No creo que sea buena idea.

La mujer pareció sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque mi vida está en otro lugar ahora.

Valentina levantó la mirada.

Claudia comprendió.

—Entiendo.

Se despidió y se marchó.

Los niños volvieron a jugar.

Valentina permaneció callada.

Adrián lo notó.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Sí pasa algo.

—No.

—Valentina.

Ella suspiró.

—¿Quién era?

—Una amiga de hace años.

—¿Solo eso?

—Sí.

Valentina lo miró.

—Parecía conocer una parte de ti que yo no conozco.

Adrián sonrió.

—Eso es normal. Hay muchas cosas de mi pasado que todavía no conoces.

—Lo sé.

—Y también hay cosas de tu pasado que yo no conozco.

Valentina bajó la mirada.

—Sí.

Adrián se acercó.

—Pero eso no cambia lo que está pasando ahora.

Valentina lo miró.

—¿Qué está pasando ahora?

Adrián tomó su mano.

—Tú y yo.

Ella sonrió.

—Todavía no sé qué somos.

—Yo tampoco.

—¿Y eso no te preocupa?

—Un poco.

—¿Por qué?

Adrián se acercó.

—Porque me importas demasiado.

Valentina sintió un nudo en la garganta.

—Adrián...

—No quiero esconderlo.

Ella apretó suavemente su mano.

—Yo tampoco.

Al regresar a casa, los niños se quedaron dormidos en el automóvil.

Adrián cargó a Mateo.

Valentina llevó a Sofía.

Los acostaron en sus habitaciones.

Cuando bajaron nuevamente, encontraron una sorpresa.

Sobre la mesa había una pequeña caja.

—¿Qué es eso? —preguntó Valentina.

Adrián se acercó.

—No lo sé.

Abrió la caja.

Dentro había varias fotografías antiguas.

Entre ellas había una imagen de Elena sosteniendo a los mellizos cuando eran bebés.

Adrián se quedó inmóvil.

Valentina observó su rostro.

—¿Estás bien?

—Sí.

Pero no lo estaba.

Había algo extraño.

En el reverso de una fotografía había una frase escrita.

«Adrián, si algún día lees esto, necesitas saber la verdad sobre aquella noche.»

Adrián sintió que el corazón se le detenía.

Valentina tomó aire.

—¿Qué verdad?

Él negó con la cabeza.

—No lo sé.

Volvió a mirar la fotografía.

Durante cuatro años había creído conocer perfectamente la historia de la muerte de Elena.

Pero aquella frase acababa de abrir una puerta que había permanecido cerrada demasiado tiempo.

Y, por primera vez, Adrián comprendió que quizá la muerte de su esposa escondía un secreto.

Un secreto que podía cambiarlo todo.




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