La mamá que el destino les debía

Capítulo 19. El precio de la verdad

Adrián miraba la fotografía de sus hijos sin poder respirar.

Mateo y Sofía aparecían tomados de la mano frente a la escuela.

La imagen había sido tomada hacía pocos minutos.

Eso significaba que alguien los estaba vigilando.

—Tenemos que ir por ellos —dijo Adrián.

Gabriel negó con la cabeza.

—Si vas directamente, estarás haciendo exactamente lo que ellos quieren.

—¡Son mis hijos!

—Lo sé.

—Entonces no me pidas que me quede aquí sentado.

Valentina tomó el brazo de Adrián.

—Vamos a recuperarlos, pero tenemos que pensar antes de actuar.

Adrián la miró.

Sabía que tenía razón.

Pero el miedo era más fuerte que cualquier razonamiento.

—¿Dónde está tu madre? —preguntó Gabriel.

—En su casa.

—Tenemos que llamarla.

Adrián sacó el teléfono.

Marcó.

Nadie respondió.

Volvió a llamar.

Esta vez escuchó la voz de su madre.

—¿Adrián?

—Mamá, ¿dónde están los niños?

Hubo un silencio.

—Están aquí conmigo.

Adrián cerró los ojos con alivio.

—¿Segura?

—Sí. Están jugando en el jardín.

Gabriel hizo una señal para que activara el altavoz.

—Mamá, no salgas de la casa. Cierra todas las puertas y ventanas.

—¿Qué sucede?

—Después te explico.

—Adrián, me estás asustando.

—Confía en mí.

—Está bien.

La llamada terminó.

Adrián respiró profundamente.

—La fotografía fue tomada antes de que mi madre los recogiera.

Gabriel asintió.

—Entonces todavía tenemos tiempo.

Regresaron a la ciudad por una ruta diferente.

Durante el trayecto, nadie habló demasiado.

Adrián miraba constantemente su teléfono.

Esperaba otro mensaje.

Finalmente llegó.

«Sabemos dónde están.»

Adrián sintió que el corazón le daba un vuelco.

—Ya saben que los niños están con mi madre.

Gabriel miró por el espejo retrovisor.

—Entonces debemos llegar antes que ellos.

Valentina tomó la mano de Adrián.

—No estás solo.

Él la miró.

—No sé qué haría sin ti.

—No tendrás que averiguarlo.

Cuando llegaron a la casa de la madre de Adrián, encontraron la puerta abierta.

Adrián salió corriendo.

—¡Mamá!

No hubo respuesta.

Entró desesperado.

—¡Mateo! ¡Sofía!

Gabriel revisó las habitaciones.

Valentina corrió hacia el jardín.

Entonces escucharon una voz.

—¡Papá!

Adrián se giró.

Mateo y Sofía aparecieron detrás de una puerta.

Corrieron hacia él.

Adrián cayó de rodillas y los abrazó con fuerza.

—¿Están bien?

—Sí —respondió Sofía.

—¿Dónde está la abuela?

Los niños se miraron.

—Está arriba.

Adrián se levantó inmediatamente.

Subió las escaleras.

Encontró a su madre sentada en una habitación.

Estaba asustada, pero no parecía herida.

—¿Qué pasó?

—Un hombre vino preguntando por ustedes.

Adrián sintió que la sangre se le helaba.

—¿Cómo era?

—No pude verle bien el rostro.

Gabriel entró.

—¿Dijo algo?

La madre de Adrián lo miró.

Su rostro palideció.

—Gabriel.

Él asintió.

—Hola, mamá.

Ella comenzó a llorar.

Adrián observó a ambos.

—¿Tú sabías que estaba vivo?

Su madre bajó la mirada.

—Sí.

Adrián se quedó completamente inmóvil.

—¿Desde cuándo?

—Desde el día en que murió Elena.

El silencio fue absoluto.

—¿Por qué nunca me dijiste?

Su madre comenzó a llorar.

—Porque Gabriel me pidió que guardara silencio.

Adrián miró a su hermano.

—¿Por qué?

Gabriel respondió:

—Porque si tú sabías que estaba vivo, ellos te habrían utilizado para encontrarme.

—¿Quiénes?

Gabriel guardó silencio.

Adrián perdió la paciencia.

—¡¿Quiénes?!

Su madre intervino.

—Tu padre.

Adrián cerró los ojos.

—No.

—Tu padre estaba involucrado —continuó ella—. Gabriel descubrió lo que estaba haciendo y quiso denunciarlo.

Adrián la miró.

—Pero papá murió.

—Sí.

—Entonces ¿cómo pudo seguir haciendo algo?

Su madre respiró profundamente.

—Porque antes de morir dejó todo preparado.

Más tarde, mientras los niños dormían, los adultos se reunieron en la sala.

Gabriel colocó varios documentos sobre la mesa.

—Nuestro padre tenía una red de empresas que utilizaba para ocultar dinero.

Adrián miró los documentos.

—¿Y Elena lo descubrió?

—Sí.

—¿Por qué no me dijo nada?

—Porque te amaba.

Adrián bajó la mirada.

—Y quiso protegerme.

Gabriel asintió.

—También descubrió que yo seguía vivo.

Valentina preguntó:

—¿Por qué fingiste tu muerte?

—Porque nuestro padre quería eliminarme.

Adrián lo miró.

—¿Y quién está detrás de todo esto ahora?

Gabriel tomó un documento.

—Alguien que heredó su organización.

—¿Quién?

Gabriel colocó una fotografía sobre la mesa.

Adrián la tomó.

Su rostro cambió.

—No puede ser.

Valentina se acercó.

—¿Quién es?

Adrián tardó unos segundos en responder.

—Mi tío Esteban.

En ese momento, se escuchó un ruido afuera.

Gabriel se levantó.

—Todos atrás.

Adrián tomó a los niños en brazos.

Valentina cerró las cortinas.

Un automóvil se detuvo frente a la casa.

Las luces iluminaron las ventanas.

Después, alguien bajó.

Gabriel observó desde una pequeña abertura.

—Es él.

—¿Esteban?

Gabriel asintió.

—Vino personalmente.

Adrián apretó a sus hijos contra el pecho.

—¿Qué quiere?

Gabriel miró hacia la puerta.

—La memoria USB.

Adrián recordó el dispositivo.

Todavía lo tenía.

Valentina lo miró.

—No se la daremos.

Gabriel negó.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.