La mamá que el destino les debía

Capítulo 21. La firma imposible

La mañana llegó lentamente a la casa de Adrián.

Después de todo lo ocurrido, necesitaban unos días de tranquilidad.

Los mellizos parecían haber olvidado por completo el peligro de la noche anterior.

Para ellos, lo importante era que papá estaba en casa.

Y que Valentina también.

—Papá —dijo Mateo mientras desayunaba—, ¿Valentina se va a quedar hoy?

Adrián miró a Valentina.

Ella sonrió.

—Si tu papá me invita.

—Te invito —respondió Adrián.

Sofía levantó la mano.

—Entonces puedes quedarte para siempre.

Valentina soltó una carcajada.

—Eso es mucho tiempo.

—No —respondió la niña—. Es el tiempo correcto.

Adrián miró a Valentina.

Ella bajó la mirada, emocionada.

Después del desayuno, Adrián recibió una llamada de las autoridades.

—Señor Montenegro, necesitamos que se presente para revisar el contenido de la memoria USB.

Adrián miró a Valentina.

—Voy para allá.

—¿Quieres que te acompañe?

—Sí.

Antes de salir, Adrián abrazó a los niños.

—Regresamos pronto.

—¿Van juntos? —preguntó Sofía.

—Sí.

La niña sonrió.

—Entonces regresarán juntos.

En las oficinas, un investigador los esperaba.

Sobre una mesa había varias fotografías y documentos.

—Analizamos la memoria —explicó—. Hay información sobre las empresas de su padre, movimientos financieros y varias grabaciones.

Adrián permaneció atento.

—¿Y encontraron algo sobre Elena?

El investigador tomó una carpeta.

—Sí.

Abrió un documento.

—Esto es lo extraño.

Adrián lo tomó.

Sus ojos se abrieron.

—No puede ser.

Valentina se acercó.

—¿Qué sucede?

Adrián señaló la parte inferior.

Había una firma.

La firma de Elena.

Y una fecha.

Tres meses después de su muerte.

—Esto demuestra que alguien utilizó su identidad —dijo el investigador.

Adrián negó.

—Pero la firma es auténtica.

—¿Está seguro?

—Conozco perfectamente su firma.

Valentina observó el documento.

—Entonces Elena pudo haber dejado instrucciones antes de morir.

El investigador asintió.

—Es posible.

Adrián revisó el documento.

Era un contrato.

Pero no era un contrato común.

Era un documento relacionado con una cuenta bancaria.

Una cuenta que nadie de la familia conocía.

—¿Dónde está esa cuenta? —preguntó Adrián.

El investigador respondió:

—En otro país.

Adrián frunció el ceño.

—¿Cuánto dinero hay?

—Una cantidad considerable.

Valentina lo miró.

—¿Crees que Elena dejó ese dinero para los niños?

Adrián negó lentamente.

—No lo sé.

El investigador cerró la carpeta.

—Hay algo más.

—¿Qué?

—La cuenta recibió un depósito hace apenas dos semanas.

Adrián se quedó inmóvil.

—¿De quién?

—No lo sabemos.

Al salir del edificio, Adrián permaneció pensativo.

Valentina tomó su brazo.

—¿Qué estás pensando?

—Que Elena sabía que algo podía pasar.

—Y preparó todo.

—Sí.

—Tal vez quería proteger a los niños.

Adrián suspiró.

—O quizá quería que algún día descubriéramos quién estaba detrás de todo.

Valentina lo miró.

—¿Todavía crees que Esteban es el responsable?

—Sí.

—Pero está detenido.

—Eso no significa que haya actuado solo.

Valentina permaneció en silencio.

Entonces Adrián recibió un mensaje.

Era de un número desconocido.

«La cuenta no es para tus hijos.»

Adrián sintió un escalofrío.

Llegó otro mensaje.

«Es para ti.»

Valentina lo miró.

—¿Qué dice?

Adrián le mostró el teléfono.

—No entiendo.

Entonces llegó un tercer mensaje.

«Elena nunca murió por accidente.»

Adrián apretó el teléfono.

—¿Quién eres?

Escribió rápidamente.

La respuesta llegó casi inmediatamente.

«Alguien que ella dejó encargado de protegerte.»

Esa noche, Adrián y Valentina regresaron a casa.

Los niños dormían.

La tranquilidad parecía haber regresado.

Pero Adrián no podía relajarse.

Se sentó en el despacho y volvió a mirar las fotografías.

Entonces recordó algo.

La última fotografía que Elena le había enviado antes del accidente.

Siempre había pensado que era una simple imagen de los mellizos.

La buscó en su teléfono.

La amplió.

Y descubrió algo.

Al fondo aparecía una ventana.

En el reflejo se veía un automóvil negro.

Adrián sintió un escalofrío.

—Valentina.

Ella entró.

—¿Qué pasa?

Adrián le mostró la fotografía.

—Mira el reflejo.

Valentina acercó el teléfono.

—Ese automóvil...

—Es el mismo que vimos frente a mi casa.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Adrián comenzó a revisar las fotografías una por una.

En varias aparecía el mismo automóvil.

Siempre a distancia.

Siempre detrás de Elena.

—La estaban siguiendo durante semanas —dijo Valentina.

—Sí.

—Entonces quizá podamos identificar al conductor.

Adrián observó la última fotografía.

Había algo escrito en la esquina.

Una fecha.

Y debajo, unas letras.

G.M.

Adrián palideció.

—Gabriel.

Valentina lo miró.

—¿Crees que él la seguía?

—No lo sé.

En ese instante, Gabriel apareció en la puerta del despacho.

—No era yo.

Adrián se giró.

—Entonces explícame esas iniciales.

Gabriel miró la fotografía.

Su expresión cambió.

—No son mis iniciales.

—¿Entonces de quién?

Gabriel respiró profundamente.

—De la persona que estuvo vigilando a Elena.

—¿Quién?

Gabriel levantó la mirada.

—Nuestro padre.




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