La mamá que el destino les debía

Capítulo 22. El hombre que no murió

Adrián permaneció de pie frente a Gabriel.

Las últimas palabras de su hermano habían dejado un silencio pesado en la habitación.

—¿Qué quieres decir con que nuestro padre podría no haber sido él? —preguntó finalmente.

Gabriel dejó el documento sobre la mesa.

—Quiero decir que durante años vivimos creyendo una mentira.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

—Yo estuve en su funeral.

—También yo.

—Vi su cuerpo.

Gabriel negó lentamente.

—Viste un cuerpo. No viste una prueba que demostrara quién era realmente.

Adrián se quedó callado.

Valentina se acercó a la mesa.

—¿Cómo descubriste esto?

Gabriel respiró profundamente.

—Porque Elena también lo descubrió.

Adrián sintió un escalofrío.

—¿Qué sabía?

—Que el hombre que nos crió tenía una identidad falsa.

—¿Nuestro padre tenía una identidad falsa?

—Sí.

Adrián negó con la cabeza.

—No puede ser.

Gabriel abrió una carpeta.

—Mira.

Había documentos antiguos, fotografías y registros.

—Este es el nombre que todos conocíamos.

Después colocó otro documento.

—Y este es el verdadero.

Adrián observó ambos.

Las fechas no coincidían.

—Entonces, ¿quién era realmente?

Gabriel bajó la voz.

—Todavía no lo sabemos.

Valentina miró a Adrián.

Podía ver el dolor en sus ojos.

No era solamente la confusión.

Era la sensación de haber perdido nuevamente a su familia.

—Adrián —dijo suavemente—, no tienes que resolver todo esta noche.

Él la miró.

—Toda mi vida está llena de secretos.

—Pero ahora ya no estás solo.

Adrián tomó su mano.

—Eso es lo único que me mantiene de pie.

Gabriel observó a ambos.

—Hay algo más que necesitan saber.

Adrián levantó la mirada.

—¿Qué?

Gabriel sacó una fotografía.

Era Elena.

Pero esta vez estaba acompañada de un hombre.

Adrián reconoció inmediatamente el rostro.

—Él.

—¿Lo conoces? —preguntó Valentina.

—Sí.

Adrián señaló la fotografía.

—Era el abogado de mi padre.

Gabriel asintió.

—Y también fue la última persona que vio a Elena con vida.

Adrián sintió que la rabia volvía a apoderarse de él.

—¿Dónde está?

—Desapareció hace cuatro años.

—¿Cómo que desapareció?

—Después de la muerte de Elena abandonó la ciudad.

—¿Y nunca lo encontraron?

—No.

Adrián golpeó la mesa.

—¡Todo el mundo desaparece!

Valentina se acercó.

—Tenemos que pensar.

Adrián respiró profundamente.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte.

—Estoy cansado de descubrir que las personas en las que confiaba me mintieron.

Valentina lo abrazó.

—Yo no voy a mentirte.

Adrián cerró los ojos.

—Lo sé.

En ese momento, se escucharon risas en el pasillo.

Los mellizos aparecieron corriendo.

—¡Papá!

Adrián se separó de Valentina.

—¿Qué hacen despiertos?

Mateo sonrió.

—Queríamos verte.

Sofía corrió hacia Valentina.

—Y a ella.

Adrián se arrodilló.

Los dos niños lo abrazaron.

—¿Estás triste? —preguntó Sofía.

Adrián acarició su cabello.

—Un poquito.

—No estés triste.

—¿Por qué?

Sofía miró a Valentina.

—Porque ella está aquí.

Adrián sonrió.

—Sí.

Mateo se acercó.

—Y nosotros también.

Adrián los abrazó con fuerza.

En medio de tantos secretos, ellos eran lo único que no necesitaba explicación.

Más tarde, cuando los niños volvieron a dormir, Gabriel recibió una llamada.

Contestó.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Qué sucede? —preguntó Adrián.

Gabriel colgó.

—Encontraron al abogado.

Adrián se levantó.

—¿Dónde?

—En una pequeña ciudad al norte.

—Tenemos que ir.

Valentina lo miró.

—¿Ahora?

—Sí.

Gabriel negó.

—No podemos aparecer de repente. Si él está escondido, alguien podría estar protegiéndolo.

Adrián respiró profundamente.

—Entonces ¿qué hacemos?

Gabriel tomó una hoja.

—Primero averiguamos por qué desapareció.

Durante las siguientes horas revisaron documentos.

Descubrieron que el abogado había recibido una transferencia bancaria pocos días antes de la muerte de Elena.

La cantidad era considerable.

Adrián frunció el ceño.

—¿Quién hizo el depósito?

Gabriel señaló el documento.

—Una empresa.

—¿Cuál?

Gabriel lo miró.

—Una empresa que pertenece a Esteban.

Adrián sintió un escalofrío.

—Entonces Esteban estaba involucrado.

—Probablemente.

Valentina observó el documento.

—Pero hay algo que no entiendo.

—¿Qué?

—Si Esteban quería ocultar la verdad, ¿por qué dejó un rastro de dinero?

Gabriel se quedó pensando.

—Porque quizá alguien más estaba manejando las operaciones.

Adrián levantó la mirada.

—¿Quién?

Gabriel negó.

—Todavía no lo sé.

A la mañana siguiente, Adrián recibió un mensaje.

No era una amenaza.

Era una dirección.

Y debajo había una frase:

«Si quieres conocer la verdad sobre Elena, ven solo.»

Adrián sintió un escalofrío.

Valentina leyó el mensaje.

—No vas a ir solo.

—Dice claramente que vaya solo.

—Precisamente por eso no debes hacerlo.

Gabriel asintió.

—Valentina tiene razón.

Adrián guardó el teléfono.

—Entonces iremos los tres.

Horas después llegaron a la dirección.

Era un pequeño restaurante casi vacío.

Un hombre estaba sentado en una mesa del fondo.

Tenía aproximadamente sesenta años.

Cuando Adrián entró, el hombre levantó la mirada.

—Adrián Montenegro.

—¿Usted es el abogado de mi padre?

El hombre asintió.

—Mi nombre es Ricardo Salvatierra.




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