La mamá que el destino les debía

Capítulo 23. Los ojos de la verdad

Adrián se quedó inmóvil.

El hombre que acababa de entrar al restaurante avanzó lentamente hacia ellos. No parecía tener prisa. Su mirada estaba fija en Adrián, como si hubiera esperado muchos años para volver a verlo.

Ricardo Salvatierra palideció.

—No puede ser… —murmuró.

Adrián sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Aquellos ojos.

La misma mirada que recordaba de su infancia. La misma forma de observarlo cuando era niño, cuando hacía alguna travesura o cuando necesitaba escuchar un consejo.

Pero aquel hombre parecía más joven de lo que debería.

—¿Quién es usted? —preguntó Adrián, intentando mantener la calma.

El hombre se detuvo frente a la mesa.

—Sabes perfectamente quién soy.

Adrián negó con la cabeza.

—Mi padre murió hace tres años.

El hombre respiró profundamente.

—El hombre que murió no era tu padre.

Ricardo se levantó de inmediato.

—Tenemos que salir de aquí.

Pero el hombre levantó una mano.

—No vengo a hacerles daño.

—Entonces diga quién es —exigió Adrián.

El hombre sostuvo su mirada.

—Soy Gabriel Montenegro.

Adrián sintió que el mundo se detenía.

Miró a su hermano, que permanecía a unos metros de distancia, y después volvió la mirada hacia aquel desconocido.

—Eso es imposible.

Gabriel sonrió con tristeza.

—No. Lo imposible fue hacerte creer durante tantos años que yo era otra persona.

Ricardo cerró los ojos.

—Adrián… él es tu padre.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Adrián sintió una mezcla de rabia, miedo y confusión.

—¿Por qué ahora?

Gabriel bajó la mirada.

—Porque Elena descubrió la verdad.

El nombre de su esposa hizo que Adrián se estremeciera.

—¿Qué descubrió?

Gabriel se acercó un poco más.

—Descubrió que tu padre nunca murió. Descubrió que el hombre que ocupó mi lugar en ciertos negocios y que después fingió ser tu padre estaba relacionado con Esteban. También descubrió algo mucho más peligroso.

—¿Qué cosa?

Gabriel miró hacia la puerta del restaurante.

—Que alguien de nuestra propia familia ordenó su muerte.

Adrián sintió que la respiración se le cortaba.

—¿Esteban?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Entonces, ¿quién?

Gabriel volvió a mirarlo.

—Alguien que todavía no ha sido detenido.

En ese momento, el teléfono de Adrián vibró.

Era Valentina.

Contestó inmediatamente.

—¿Valentina?

Su voz sonaba preocupada.

—Adrián, los niños están conmigo. Acaba de pasar algo extraño.

Adrián se puso de pie.

—¿Qué ocurrió?

—Mateo encontró una fotografía debajo de la puerta de la casa.

Adrián sintió un escalofrío.

—¿Qué fotografía?

Hubo unos segundos de silencio.

—Es una fotografía de Elena.

—¿De cuándo?

Valentina respiró profundamente.

—De hace apenas unas semanas.

Adrián miró a Gabriel.

Por primera vez, la expresión del hombre cambió.

—No puede ser —susurró.

—¿Qué pasa? —preguntó Adrián.

Gabriel tomó el teléfono de la mano de Adrián y observó la pantalla.

—Esa fotografía significa que Elena pudo haber estado viva mucho después de la fecha que nos hicieron creer.

Adrián sintió que las piernas le temblaban.

Su esposa.

La mujer que había llorado, enterrado y aprendido a extrañar durante años.

¿Podía estar viva?

Valentina volvió a hablar.

—Adrián, hay algo más.

—Dime.

—En la parte de atrás de la fotografía hay una frase escrita.

—¿Cuál?

Valentina leyó lentamente:

—“Si Adrián descubre quién soy realmente, estará en peligro. No confíes en Gabriel.”

Adrián levantó la mirada.

Gabriel había escuchado perfectamente.

Su rostro se endureció.

—Ahora entiendo —dijo.

—¿Qué entiendes? —preguntó Adrián.

Gabriel respondió con una voz baja:

—Elena no estaba huyendo de ellos.

Hizo una pausa.

—Estaba huyendo de mí.

Y, por primera vez, Adrián vio miedo verdadero en los ojos de su hermano.




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