Adrián permaneció inmóvil frente a la fotografía.
No podía apartar los ojos de aquella imagen.
Elena sostenía a un bebé entre sus brazos. A su lado aparecía un hombre que Adrián jamás había visto.
Y en la parte posterior de la fotografía estaba escrita la fecha de nacimiento de Mateo y Sofía.
—No entiendo —dijo finalmente—. Mateo y Sofía nacieron ese día.
Gabriel asintió.
—Precisamente por eso esta fotografía es tan importante.
—¿Estás insinuando que ellos no son mis hijos?
—No estoy insinuando nada. Te estoy diciendo que Elena descubrió algo relacionado con su nacimiento.
Adrián sintió que la rabia comenzaba a apoderarse de él.
—¡Son mis hijos! Yo estuve con Elena durante todo el embarazo. Estuve cuando nacieron. Los tuve en mis brazos desde el primer momento.
—Lo sé.
—Entonces no vuelvas a poner eso en duda.
Gabriel bajó la mirada.
—Nunca quise hacerlo.
Ricardo tomó la fotografía y la examinó cuidadosamente.
—Hay algo extraño.
—¿Qué?
—El hospital que aparece en la esquina de la fotografía.
Adrián se acercó.
Debajo de la imagen podía distinguirse parcialmente el nombre de una clínica.
—Esa no es la clínica donde nacieron los niños.
—Exactamente —respondió Ricardo.
Adrián sintió un vacío en el estómago.
—¿Entonces qué es este lugar?
Gabriel respondió:
—Una clínica privada que pertenecía a uno de los socios de nuestro padre.
Adrián lo miró con incredulidad.
—¿Qué hacía Elena ahí?
Gabriel guardó silencio.
—Dímelo.
—No lo sé con certeza.
—¡Gabriel!
—Sé que Elena acudió allí varias veces antes y después del nacimiento de los niños.
Adrián sintió que la cabeza le daba vueltas.
—¿Por qué?
Gabriel sacó otro sobre de su bolsillo.
—Porque ella estaba investigando los registros de nacimiento.
Adrián abrió el sobre.
Dentro había varias copias de documentos médicos.
Los nombres de Mateo y Sofía aparecían en ellos.
Pero había algo que llamó inmediatamente su atención.
En uno de los documentos aparecía una anotación manuscrita:
“Expediente modificado por orden del doctor.”
Adrián levantó la mirada.
—¿Quién era el doctor?
Gabriel respondió:
—El mismo médico que atendió a Elena aquella noche.
El silencio se volvió insoportable.
Adrián recordó entonces algo que Elena le había dicho meses antes de su supuesta muerte.
"Pase lo que pase, nunca dudes de que nuestros hijos son lo más importante para mí."
En aquel momento había pensado que hablaba de su preocupación como madre.
Ahora aquellas palabras adquirían otro significado.
Su teléfono volvió a sonar.
Era Valentina.
—Adrián, tienes que venir.
—¿Qué ocurre?
—Los niños encontraron algo más.
Adrián sintió que el corazón se le aceleraba.
—¿Qué encontraron?
—Una caja escondida en el cuarto de Elena.
—¿Qué contiene?
Valentina guardó silencio unos segundos.
—Una pulsera de hospital.
Adrián cerró los ojos.
—¿Tiene algún nombre?
—Sí.
La voz de Valentina tembló.
—Elena.
Adrián miró a Gabriel.
—Vamos para allá.
Cuando llegaron a la casa, Valentina los esperaba en la sala.
Mateo y Sofía estaban sentados en el sofá, abrazados.
Al ver a Adrián, Sofía corrió hacia él.
—Papá.
Adrián la levantó inmediatamente.
Mateo se acercó después y tomó su mano.
Valentina observó a los tres con preocupación.
—La encontré dentro de la caja.
Le entregó la pulsera.
Adrián la examinó.
Tenía una fecha.
La misma fecha del nacimiento de los gemelos.
Pero debajo aparecía otro nombre.
No era Elena.
No era Adrián.
Era el nombre de una mujer desconocida.
Mariana Montenegro.
Gabriel palideció.
—No puede ser.
Adrián lo miró.
—¿Quién es Mariana?
Gabriel tardó varios segundos en responder.
—Nuestra hermana.
Adrián frunció el ceño.
—Nosotros no tenemos una hermana.
Gabriel lo miró directamente.
—Eso es lo que nos hicieron creer.
En ese instante, alguien llamó a la puerta.
Todos quedaron en silencio.
Adrián colocó a Sofía detrás de él y tomó a Mateo de la mano.
Gabriel se acercó lentamente a la entrada.
La puerta volvió a sonar.
Tres golpes.
Pausados.
Después, una voz femenina se escuchó desde el otro lado.
—Adrián…
Él se quedó completamente inmóvil.
Valentina lo miró.
—¿La conoces?
Adrián negó lentamente con la cabeza.
Pero Gabriel sí.
Su rostro había perdido todo el color.
—Yo conozco esa voz.
Adrián abrió los ojos.
—¿Quién es?
Gabriel respondió en un susurro:
—Mariana.
La puerta volvió a sonar.
Y esta vez la voz dijo:
—Soy la hermana que ustedes creyeron muerta.
Adrián miró a sus hijos.
Después a Valentina.
Y comprendió que la historia de su familia acababa de abrir una puerta que quizá nunca debieron haber encontrado.