La mamá que el destino les debía

Capítulo 26. La hermana que nunca existió

Adrián permaneció frente a la puerta sin saber qué hacer.

Detrás de él, Valentina mantenía a Mateo y Sofía cerca de ella. Gabriel observaba fijamente la entrada, como si intentara prepararse para algo que había esperado durante años.

Volvieron a llamar.

Tres golpes.

—¿La dejamos entrar? —preguntó Valentina en voz baja.

Gabriel asintió.

—Sí.

Adrián abrió lentamente la puerta.

Una mujer estaba de pie frente a ellos.

Tenía aproximadamente la misma edad que Gabriel, el cabello oscuro y una expresión seria. Sus ojos recorrieron la habitación hasta detenerse en Adrián.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Entonces ella susurró:

—Adrián.

Él sintió un extraño escalofrío.

—¿Mariana?

La mujer asintió.

—Sí.

Gabriel dio un paso hacia ella.

—Pensé que estabas muerta.

Mariana lo miró con tristeza.

—Yo también pensé que ustedes lo estaban.

Adrián cerró la puerta detrás de ella.

—Necesito respuestas.

—Lo sé.

—¿Eres realmente nuestra hermana?

Mariana sostuvo su mirada.

—Sí. Soy hija de nuestros padres.

Gabriel apretó los puños.

—¿Por qué nunca supimos de ti?

Mariana respiró profundamente.

—Porque nuestro padre decidió que era más seguro que ustedes creyeran que yo había muerto.

Adrián frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque yo descubrí la verdad sobre él.

El silencio volvió a llenar la habitación.

—¿Qué verdad? —preguntó Adrián.

Mariana miró hacia la fotografía que él tenía en las manos.

—La misma que Elena estaba intentando descubrir.

Adrián sintió que el corazón se le aceleraba.

—¿Conociste a Elena?

—Sí.

—¿Cuándo?

—Antes de que nacieran Mateo y Sofía.

Adrián la observó con atención.

—Entonces sabes quién es el bebé de la fotografía.

Mariana bajó la mirada.

—Sí.

—¿Quién es?

Mariana tardó en responder.

—Ese bebé no es Mateo ni Sofía.

Adrián respiró aliviado, aunque la respuesta no resolvía el misterio.

—Entonces, ¿quién es?

Mariana levantó los ojos.

—Es el hijo de una mujer que desapareció hace muchos años.

Gabriel intervino:

—¿Qué tiene que ver ese niño con nosotros?

Mariana miró a los gemelos.

—Todo.

Adrián sintió que su cuerpo se tensaba.

—Explícate.

Mariana se acercó a la mesa y tomó la fotografía.

—Nuestro padre tenía una red de personas que utilizaba identidades falsas, documentos alterados y registros médicos manipulados. Elena descubrió que algunas familias habían sido separadas para ocultar negocios y herencias.

—¿Y ese bebé?

—Era una de esas personas.

Adrián miró nuevamente la fotografía.

—¿Qué hizo Elena?

—Intentó descubrir dónde estaba ese niño y quiénes eran sus verdaderos padres.

Valentina preguntó:

—¿Y lo encontró?

Mariana negó con la cabeza.

—No. Pero encontró algo mucho más importante.

Sacó un pequeño sobre de su bolso.

—Esto me lo entregó Elena.

Adrián lo tomó.

En el frente solamente aparecía escrito su nombre.

ADRIÁN.

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Cuándo te lo dio?

—Dos días antes del accidente.

Adrián levantó la mirada.

—Entonces sabías que Elena estaba en peligro.

Mariana asintió.

—Sí.

—¿Y nunca me buscaste?

Una lágrima recorrió lentamente su rostro.

—Si te hubiera buscado, habrían sabido que yo seguía viva.

Adrián guardó silencio.

Por primera vez comprendió que todos habían estado huyendo de la misma persona.

Abrió el sobre.

Dentro había una hoja doblada.

Reconoció inmediatamente la letra de Elena.

“Adrián: si estás leyendo esto, significa que ya descubriste que nuestra familia está llena de mentiras. Pero hay una verdad que necesito que conozcas antes que cualquier otra. Tus hijos están a salvo. Nunca permitas que nadie te haga dudar de ellos. Son tuyos y tú eres su padre.”

Adrián cerró los ojos.

Una lágrima cayó sobre la carta.

Valentina se acercó y tomó su mano.

Él la apretó con fuerza.

Continuó leyendo.

“El hombre de la fotografía es quien realmente puede explicar todo. Él conoce la razón por la que Mariana tuvo que desaparecer y también sabe por qué intentaron borrar determinados registros. No confíes en quienes quieran convencerte de que los niños no son tus hijos.”

Adrián levantó lentamente la cabeza.

—¿Nuestro padre sabe todo esto?

Mariana respondió:

—Sí.

—Entonces tenemos que encontrarlo.

Gabriel negó con la cabeza.

—No.

Adrián lo miró sorprendido.

—¿Por qué?

Gabriel señaló la ventana.

—Porque alguien nos está observando.

Todos guardaron silencio.

Adrián se acercó cuidadosamente a la cortina.

Afuera, al otro lado de la calle, había un automóvil negro estacionado.

Las luces estaban apagadas.

Pero había alguien dentro.

De pronto, el motor arrancó.

El vehículo comenzó a alejarse.

Adrián tomó su teléfono.

—Voy a llamar a la policía.

Mariana lo detuvo.

—Espera.

—¿Qué?

Ella miró nuevamente la carta de Elena.

—Antes de llamar a nadie, tienes que saber una cosa.

—¿Cuál?

Mariana bajó la voz.

—El hombre que te dio la vida no está huyendo de nosotros.

Hizo una pausa.

—Está huyendo de alguien mucho más peligroso.

Adrián sintió un escalofrío.

—¿De quién?

Mariana miró hacia Gabriel.

Después hacia Valentina.

Finalmente, respondió:

—De la persona que ordenó la muerte de Elena.

En ese momento, el teléfono de Adrián recibió un mensaje.

Solo contenía una fotografía.

Era una imagen reciente de Elena.

Y debajo aparecía una frase:




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