Adrián permaneció inmóvil mirando la fotografía que acababa de recibir.
Elena.
No había duda.
Era ella.
La fotografía parecía reciente. Su cabello estaba un poco más corto, pero aquellos ojos eran inconfundibles.
Después de tantos años, después de haber llorado su muerte y haber aprendido a vivir con su ausencia, la estaba viendo nuevamente.
—Es ella —susurró.
Valentina se acercó.
—¿Estás seguro?
Adrián le mostró el teléfono.
—La reconocería aunque estuviera entre miles de personas.
Gabriel tomó el teléfono y observó la imagen.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué? —preguntó Adrián.
Gabriel señaló un detalle en el fondo de la fotografía.
—Mira eso.
Detrás de Elena podía verse una pared con una pequeña placa metálica.
Ricardo se acercó.
—Es una clínica.
Mariana negó con la cabeza.
—No es cualquier clínica.
Todos la miraron.
—Es la misma donde Elena estuvo antes de desaparecer.
Adrián sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—Entonces ella está ahí.
—No necesariamente —respondió Gabriel—. La fotografía puede haber sido tomada en otro momento.
Adrián lo miró con dureza.
—Pero alguien quiere que yo vaya.
—Precisamente por eso no debes hacerlo solo.
Adrián volvió a leer el mensaje.
“Si quieres volver a verla, ven solo.”
—Voy a ir.
Valentina lo tomó del brazo.
—No.
Adrián la miró.
—Valentina...
—No voy a permitir que hagas esto solo.
—Puede ser una trampa.
—Por eso mismo.
Gabriel intervino:
—Tiene razón.
Adrián lo miró sorprendido.
—¿Tú también?
—Si quien está detrás de esto conoce nuestros movimientos, estará esperando que vayas solo.
Mariana tomó la fotografía.
—El mensaje no dice dónde tienes que ir.
Adrián revisó nuevamente el teléfono.
Entonces recibió otro mensaje.
Esta vez solo decía:
“23:30. Clínica Santa Lucía. Entrada posterior.”
Mariana palideció.
—Conozco ese lugar.
—¿Qué sabes? —preguntó Adrián.
—Ahí fue donde Elena estuvo internada después del accidente.
Adrián sintió que el pecho se le cerraba.
—¿Y por qué nadie me dijo que había estado ahí?
Mariana bajó la mirada.
—Porque en los registros oficiales nunca apareció su nombre.
Gabriel se acercó a ella.
—¿Estás diciendo que alguien borró su ingreso?
—Sí.
Ricardo respiró profundamente.
—Entonces sabemos que la persona que envió el mensaje tiene acceso a información que solamente unos cuantos conocían.
Adrián guardó el teléfono.
—Voy a ir.
Valentina se colocó frente a él.
—No solo.
Adrián la miró.
—Te amo.
Ella tomó su rostro entre sus manos.
—Y precisamente por eso no pienso dejarte entrar en una trampa sin estar contigo.
Adrián la abrazó.
Durante unos segundos ninguno dijo nada.
Mateo y Sofía observaban desde el sofá.
—¿Papá va a buscar a mamá Elena? —preguntó Sofía.
Adrián se separó lentamente de Valentina.
Se arrodilló frente a los niños.
—Voy a descubrir la verdad sobre ella.
Mateo lo abrazó.
—Tráela a casa.
Adrián sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
—Haré todo lo posible.
A las once y veinte de la noche, Adrián, Valentina, Gabriel, Mariana y Ricardo llegaron cerca de la clínica.
Los niños se habían quedado con una persona de confianza, lejos de cualquier peligro.
La entrada posterior estaba completamente oscura.
—Quédate aquí —le dijo Adrián a Valentina.
Ella negó con la cabeza.
—No.
—Valentina...
—Vamos juntos.
Gabriel los observó.
—Yo entraré primero.
—No —respondió Adrián—. Esta vez iremos juntos.
Los tres avanzaron lentamente.
La puerta estaba entreabierta.
Dentro no había nadie.
Solo un pasillo oscuro y silencioso.
De pronto, las luces se encendieron.
Adrián se detuvo.
Al fondo del pasillo había una puerta.
Sobre ella aparecía una placa:
Habitación 17.
Mariana comenzó a llorar.
—Ahí estuvo Elena.
Adrián avanzó.
Abrió la puerta.
La habitación estaba vacía.
Pero sobre la cama había una fotografía.
Adrián la tomó.
Era una imagen de Elena sentada en esa misma habitación.
En la parte posterior había una frase escrita:
“Llegaste demasiado tarde.”
Adrián cerró los ojos.
—No.
Entonces escuchó una voz detrás de él.
Una voz que conocía.
Una voz que había esperado escuchar durante años.
—No llegaste tarde, Adrián.
Se giró lentamente.
Al final del pasillo había una mujer.
Estaba de pie bajo la luz.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Adrián dejó caer la fotografía.
—Elena...
La mujer dio un paso hacia él.
—Perdóname.
Adrián no pudo moverse.
Gabriel y Valentina quedaron completamente paralizados.
Elena levantó la mirada.
—No podía volver antes.
Adrián sintió que todo su mundo se detenía.
Su esposa estaba viva.
Pero antes de que pudiera acercarse, Elena miró hacia atrás, aterrada.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
Elena respondió con lágrimas en los ojos:
—Porque él ya sabe que me encontraste.
En ese instante, todas las luces de la clínica se apagaron.
Y una puerta se cerró violentamente detrás de ellos.