La mamá que el destino les debía

Capítulo 28. El regreso de Elena

La oscuridad los envolvió por completo.

Adrián escuchó el golpe de una puerta y después unos pasos que se acercaban por el pasillo.

—¡Valentina! —gritó.

—¡Estoy aquí!

Adrián buscó su mano y la sostuvo con fuerza.

—¿Dónde está Elena?

—Aquí —respondió una voz.

Una luz tenue apareció al fondo.

Elena seguía ahí.

Gabriel avanzó hacia ella.

—Tenemos que salir.

—No podemos —respondió Elena—. Todas las salidas están vigiladas.

Mariana se acercó.

—¿Quién está detrás de esto?

Elena la miró con tristeza.

—La misma persona que destruyó nuestra familia.

Adrián dio un paso hacia ella.

—¿Por qué me hiciste creer que estabas muerta?

Los ojos de Elena se llenaron de lágrimas.

—Porque si sabías que estaba viva, te habrían matado.

—¡Pero me dejaste solo!

Elena bajó la mirada.

—Lo sé.

—Nuestros hijos crecieron preguntando por ti.

Aquellas palabras hicieron que Elena comenzara a llorar.

—Pensaba en ellos todos los días.

Adrián se acercó.

—Entonces ¿por qué nunca regresaste?

Elena levantó los ojos.

—Porque me obligaron a elegir.

—¿Elegir qué?

—Tu vida o la mía.

Adrián quedó en silencio.

Elena continuó:

—Después del accidente me llevaron a otra clínica. Estaba gravemente herida. Cuando desperté, me dijeron que si intentaba regresar contigo, Mateo y Sofía estarían en peligro.

Valentina tomó la mano de Adrián.

—¿Quién te amenazó?

Elena miró hacia Gabriel.

—Tu padre.

Gabriel dio un paso atrás.

—Eso no puede ser.

—Sí puede.

Elena respiró profundamente.

—Él sabía que ustedes habían descubierto la red de corrupción. Sabía que Mariana seguía viva. Y sabía que yo tenía pruebas.

Adrián negó con la cabeza.

—Pero él apareció frente a nosotros.

—Porque quería que lo encontraras.

Gabriel comprendió entonces.

—La fotografía...

Elena asintió.

—Fue él quien la dejó.

De repente se escucharon pasos.

Esta vez eran varios.

Elena palideció.

—Ya vienen.

Gabriel señaló una puerta lateral.

—Por aquí.

Todos comenzaron a avanzar.

Pero antes de que Adrián pudiera seguirlos, Elena lo tomó del brazo.

—Espera.

Él se volvió.

—¿Qué?

Elena lo miró directamente.

—Hay algo que nunca pude decirte.

—Dímelo ahora.

—Los niños...

Adrián sintió un nudo en el estómago.

—¿Qué pasa con ellos?

Elena respiró profundamente.

—Cuando nacieron, alguien intentó cambiar sus registros.

Adrián recordó los documentos encontrados.

—Lo sé.

—Pero no consiguió separarlos de ti.

—¿Por qué?

Elena sonrió entre lágrimas.

—Porque tú eres su padre. No solamente por la sangre. Lo eres porque los has amado, protegido y criado desde el primer día.

Adrián la abrazó.

Después de tantos años, volvió a sentir el cuerpo de Elena entre sus brazos.

Pero el momento duró apenas unos segundos.

Un fuerte golpe hizo temblar la puerta.

—¡Tenemos que irnos! —gritó Gabriel.

Elena tomó la mano de Adrián.

—Hay una salida detrás de la habitación diecisiete.

Corrieron por un pasillo estrecho.

Finalmente llegaron a una pequeña puerta que daba al estacionamiento.

El aire de la noche golpeó sus rostros.

Habían conseguido salir.

Pero Elena se detuvo.

Miró hacia el edificio.

—No ha terminado.

Adrián se acercó.

—¿Qué falta?

Elena señaló el edificio.

—La prueba que puede destruirlo todo.

—¿Dónde está?

—En manos de la única persona que él nunca pudo encontrar.

Mariana frunció el ceño.

—¿Quién?

Elena la miró.

—Tú.

Mariana quedó paralizada.

—¿Yo?

Elena asintió.

—Cuando desapareciste, nuestro padre creyó que habías muerto. Pero antes de irte, copiaste todos los documentos.

Gabriel comprendió.

—Por eso nunca pudieron encontrarlos.

—Exactamente.

Mariana llevó una mano a su bolso.

—Todavía los tengo.

Adrián respiró profundamente.

Por primera vez, sentía que tenían una oportunidad real de terminar con aquella pesadilla.

Pero Elena miró hacia la calle.

Un automóvil negro acababa de detenerse frente a ellos.

Las puertas se abrieron.

Un hombre descendió lentamente.

Adrián reconoció inmediatamente aquellos ojos.

Era el hombre que había descubierto que era su verdadero padre.

Pero esta vez no estaba solo.

A su lado apareció Esteban.

Adrián sintió que la sangre se le helaba.

—Eso no puede ser —murmuró Gabriel.

Esteban sonrió.

—Pensaron que una cárcel podía detenerme.

Elena tomó la mano de Adrián.

—Ahora sí estamos en peligro.

Esteban levantó la mirada hacia ellos.

—Entréguenme los documentos y nadie tendrá que morir esta noche.

Adrián dio un paso al frente.

—Se acabó.

Esteban sonrió.

—No, Adrián.

Miró a Elena.

—Esto apenas comienza.




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