“la Mano Derecha del Diablo”

La hermana del diablo

El problema de nacer siendo la hermana de un capo no era la sangre.
Era el silencio.

Valeria Moretti lo había aprendido desde niña: en su mundo, nadie gritaba cuando tenía miedo. Nadie lloraba cuando alguien no volvía. Nadie hacía preguntas cuando el olor a pólvora se mezclaba con el del café de la mañana.

Su hermano, Alessandro Moretti, gobernaba la ciudad desde las sombras. Para el mundo era un empresario respetable. Para el infierno, era su rey.

Y Valeria… era su punto débil.

—No salgas sola —ordenó Alessandro sin mirarla, mientras ajustaba el gemelo de su camisa—. Nunca.

Valeria apretó los labios.
—Tengo veinticuatro años, Alessandro. No soy una niña.

Él alzó por fin la mirada. Fría. Calculadora. Peligrosa.
—En esta familia, nadie lo es.

Ella conocía ese tono. No admitía réplica. Nunca la había admitido.

Así que tomó su bolso, giró sobre sus tacones y caminó hacia la salida de la mansión, con la sensación habitual de ser una prisionera con joyas.

Y entonces lo vio.

Apoyado junto a la puerta, inmóvil como una sombra, estaba Ezequil

La mano derecha de su hermano.
Su guardaespaldas.
Su verdugo personal.

Alto, traje negro, rostro inexpresivo. Ojos oscuros que nunca parecían perder detalle. Era el hombre que ejecutaba órdenes sin preguntar y que había sobrevivido a guerras internas que nadie mencionaba.

Y el único que jamás la miraba como si fuera de cristal.

—Te llevo —dijo él, con voz grave.

No fue una pregunta.

Valeria sintió ese nudo familiar en el estómago.
—Puedo ir sola.

—No —respondió Ezequiel

Alessandro sonrió apenas.
—Ves, Valeria. Hasta Ezequiel está de acuerdo conmigo.

Ella fulminó a su hermano con la mirada y salió sin decir nada más. Ezequiel la siguió, silencioso, como siempre.

Dentro del auto, el ambiente era espeso. Valeria miraba por la ventana, fingiendo indiferencia, pero sentía su presencia como una llama demasiado cerca de la piel.

—No tienes que escoltarme hasta la universidad —murmuró.

—Sí, tengo —respondió él—. Es mi trabajo.

Valeria rió sin humor.
—¿Y si te digo que no quiero?

Ezequiel giró apenas el volante, sus nudillos blancos por la presión.
—Entonces mentirías.

Ella lo miró por primera vez.
Sus ojos se encontraron.

Y algo se quebró.

No fue una explosión.
Fue peor.

Fue lento.

Ezequiel apartó la mirada primero, como si hubiera cometido un error imperdonable. Valeria sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Ese hombre no debía mirarla así.
Ella no debía sentir nada.

Pero el deseo no pedía permiso. Y en el mundo de los Moretti, todo lo prohibido terminaba manchado de sangre.

Cuando Valeria bajó del auto, Ezequiel la tomó del brazo para detenerla.

Fue un gesto breve. Profesional.
Pero su mano estaba caliente.

—Ten cuidado —dijo, en voz baja.

Valeria lo miró, desafiante.
—Siempre la tengo. Aunque nadie confíe en mí.

Por un segundo, Ezequiel pareció querer decir algo más. Algo peligroso. Algo que no debía existir.

Pero solo asintió.
—Te espero a las seis.

Ella se alejó sin mirar atrás, con el corazón golpeándole las costillas.

Desde la distancia, Ezequiel la observó desaparecer entre la gente.
Y supo, con una certeza aterradora, que estaba perdido.

Porque desear a la hermana del capo no era un error.
Era una sentencia de muerte.




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