“la Mano Derecha del Diablo”

El hombre que no debía mirarla

Ezequiel tenía reglas.
Pocas, pero inquebrantables.

No desear lo que no podía tener.
No tocar lo que pertenecía a otro.
Y, sobre todo, no traicionar a Alessandro Moretti.

Había vivido diez años bajo esas normas. Diez años sobreviviendo en un mundo donde un error se pagaba con balas o con fuego. Había matado sin temblar, obedecido sin dudar, enterrado amigos sin llorar.

Pero ninguna de esas cosas lo había preparado para Valeria.

La imagen de ella alejándose lo perseguía incluso horas después, mientras revisaba informes en la oficina privada de Alessandro. El humo del cigarro flotaba en el aire cuando su jefe habló sin levantar la vista.

—Has estado distraído últimamente.

Ezequiel se irguió.
—No.

Alessandro sonrió apenas.
—No me mientas. Eres malo en eso.

Ezequiel apretó la mandíbula. No respondió.

—Mi hermana —continuó Alessandro, dejando el cigarro en el cenicero—. ¿Ha pasado algo?

El corazón de Ezequiel dio un golpe seco.
—No.

Alessandro alzó la mirada, clavándola en él como un cuchillo.
—Recuerda quién eres y cuál es tu lugar.

Ezequiel asintió lentamente.
—Siempre.

Pero la palabra le supo a sangre.

Valeria, en cambio, no tenía reglas.
Solo impulsos.

Esa noche salió con amigas a un bar del centro, un lugar donde la música era fuerte y la oscuridad protegía secretos. Sabía que su hermano lo sabría. Sabía que ezequiel estaría cerca, aunque no lo viera.

Y eso la hacía sentirse… viva.

Bailaba cuando lo sintió.

No lo vio primero.
Lo sintió.

Esa presencia firme, peligrosa, inconfundible.Ezequiel estaba apoyado cerca de la barra, vestido de civil, observándolo todo con esos ojos que parecían leer pecados.

Valeria dejó de bailar.

Sus miradas chocaron.

Y el mundo se estrechó.

Ezequiel no debía estar allí.
Ella no debía querer que lo estuviera.

Pero el alivio la golpeó igual.

—¿Me sigues ahora? —preguntó cuando se acercó a él, elevando la voz para hacerse oír sobre la música.

—Te protejo —respondió Ezequiel —. Hay una diferencia.

—No la siento.

Ezequiel se inclinó apenas hacia ella. El perfume de Valeria lo envolvió.
—No me obligues a elegir —murmuró.

Valeria se quedó quieta.
—¿Elegir qué?

Él cerró los ojos un segundo.
—Nada.

Se apartó antes de perder el control.

Y fue entonces cuando Marco Bianchi apareció.

Alto, elegante, sonrisa encantadora. Hijo de un aliado importante de los Moretti. El tipo de hombre que Alessandro aprobaría sin pensarlo.

—Valeria —dijo Marco—. Qué sorpresa verte aquí.

Ella forzó una sonrisa.
—Marco.

Ezequiel observó la escena desde la distancia. Algo oscuro se removió en su pecho cuando Marco apoyó la mano en la cintura de Valeria con demasiada familiaridad.

—¿Bailamos? —preguntó Marco.

Valeria miró a Ezequiel
No sabía por qué.
Pero lo hizo.

Y Ezequiel negó apenas con la cabeza.

Ese gesto la hirió más de lo que esperaba.

—Claro —respondió ella, girándose hacia Marco—. Bailemos.

ezequiel apretó los puños.

La vio reír. La vio moverse cerca de otro hombre. La vio inclinarse para escucharle al oído. Cada segundo era una tortura.

No era celos.
Era algo peor.

Era posesión sin derecho.

Cuando Valeria volvió a mirarlo, sus ojos brillaban con algo afilado.

Desafío.

Venganza.

Dante supo, en ese instante, que había cometido un error al apartarse. Porque Valeria Moretti no era una mujer que aceptara ser ignorada.

Y ella acababa de decidir hacerlo pagar.

Esa noche, al llegar a casa, Alessandro los esperaba.

—Marco me ha dicho que se encontraron —comentó, sirviéndose una copa—. Parece interesado en ti, hermana.

Valeria sostuvo la mirada de su hermano.
—Tal vez lo esté yo también.

El silencio fue letal.

Ezequiel bajó la cabeza.

Alessandro sonrió satisfecho.
—Bien. Un matrimonio conveniente nunca está de más.

Valeria sintió el golpe como una bala directa al pecho.

Ezequiel cerró los ojos.

Porque entendió que aquello recién empezaba.

Y que el infierno… siempre comenzaba con celos.




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