“la Mano Derecha del Diablo”

Celos silenciosos

Aprendí muy pronto que, en mi familia, los silencios pesan más que las palabras.
Y el silencio de Ezequiel… era insoportable.

Desde la noche del bar no volvió a mirarme igual. Seguía ahí —siempre cerca, siempre atento—, pero era como si hubiera levantado un muro invisible entre nosotros. Uno que yo no había pedido. Uno que me dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Marco, en cambio, no dejaba de llamar.

—Tu hermano quiere que cenemos mañana —me dijo por teléfono—. Algo formal.

Formal.
Esa palabra me heló la sangre.

Colgué sin dar respuesta inmediata y caminé por la mansión como una fiera encerrada. Fue entonces cuando lo vi: Ezequiel, de pie al final del pasillo, revisando su arma con esa calma letal que siempre me desarmaba.

—¿Vas a seguir ignorándome? —le solté.

Alzó la vista lentamente.
Dios.
Ojalá no lo hubiera hecho.

—No te ignoro —respondió—. Cumplo mi trabajo.

—Mentiroso.

Su mandíbula se tensó.
—Valeria…

—¿Qué? —di un paso hacia él—. ¿Ahora también vas a fingir que no sientes nada?

Ese fue el error.

Porque Ezequiel se acercó.
Demasiado.

—No sabes de qué hablas —dijo en voz baja.

Podía sentir su respiración. Su autocontrol forzado. Ese temblor mínimo en su mano que lo delataba.

Sonreí.
Una sonrisa peligrosa.

—Entonces no te molestará que salga con Marco —susurré—. Que acepte casarme con él si eso quiere mi hermano.

Vi algo romperse en sus ojos.

Solo un segundo.
Pero fue suficiente.

—No juegues con fuego —murmuró.

—¿Por qué? —alcé la barbilla—. ¿Te quemas?

Ezequiel dio un paso atrás, como si mis palabras lo hubieran herido físicamente.
—Porque el fuego no distingue a quién destruye.

Lo vi irse.
Y supe que había ganado… aunque me sentí más vacía que nunca.

La cena con Marco fue un espectáculo perfectamente ensayado.

Alessandro sonreía satisfecho. Marco hablaba de alianzas, de futuro, de seguridad. Yo asentía, bebía vino y fingía no notar la mirada de Ezequiel lavada en mí desde la esquina del salón.

Cuando Marco tomó mi mano, no la retiré.

Lo hice a propósito.

—Creo que podríamos ser felices —dijo Marco.

Miré a Ezequiel
Directamente.

—Creo que sí —respondí.

Esa noche, cuando todos se retiraron, Ezequiel me interceptó en las escaleras.

—No te cases con él.

Fue una orden.
Fue una súplica.

Mi corazón latía tan fuerte que dolía.

—¿Y tú qué me ofreces? —pregunté—. ¿Silencio? ¿Espaldas vueltas? ¿Obediencia a mi hermano?

—Te ofrezco nada —dijo con amargura—. Porque no tengo derecho a ofrecerte nada.

Sentí rabia.
Deseo.
Tristeza.

Todo junto.

—Entonces no me pidas nada —susurré.

Pasé junto a él sin mirarlo.

Y mientras subía las escaleras, supe que acababa de cruzar una línea sin retorno.

Porque no quería casarme con Marco.
Quería que Ezequiel sangrara por dentro como yo.

Y en el mundo de mi familia…
los juegos de celos siempre terminaban con muertos.




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