“la Mano Derecha del Diablo”

La promesa con otro

El compromiso se anunció como se anuncian las sentencias de muerte:
con sonrisas falsas y copas levantadas.

—Es lo mejor para todos —dijo Alessandro, apoyando su mano en mi hombro—. Marco es un buen hombre. Y es familia.

Familia.
Esa palabra siempre era una excusa para destruir algo.

Asentí. No porque estuviera de acuerdo, sino porque sabía que negarme en público sería peor. Marco besó el dorso de mi mano con delicadeza, orgulloso, como si ya me poseyera.

Busqué a Ezequiel entre la gente.

Lo encontré de inmediato.

Estaba inmóvil, rígido, con el rostro inexpresivo… pero yo lo conocía. Lo conocía demasiado bien. Sus ojos no estaban en Marco ni en mi hermano.

Estaban en mí.

Y ardían.

Esa noche, cuando todos se fueron y la mansión volvió a llenarse de ecos, no pude dormir. El anillo pesaba como plomo en mi dedo desnudo.

Salí al jardín. El aire frío me golpeó la piel.

—No deberías estar sola —dijo una voz detrás de mí.

No me giré.
—Siempre lo estoy.

Sentí sus pasos acercarse. Ezequiel se detuvo a una distancia prudente. Demasiado prudente para todo lo que existía entre nosotros.

—Aún puedes decir que no —murmuró.

Solté una risa amarga.
—¿A quién? ¿A mi hermano? ¿A tu jefe?

Silencio.

—Dime —continué, girándome por fin—, ¿te duele?

Ezequiel apretó los dientes.
—No hagas esto.

—Respóndeme.

Sus ojos se clavaron en los míos.
—Sí.

La confesión fue un disparo directo al pecho.

Mi respiración se volvió errática.
—Entonces mírame bien —dije—. Porque pronto seré de otro.

Ezequiel dio un paso adelante sin pensar.
—No.

—No decides eso.

—No —repitió, más bajo—. No puedo permitirlo.

El aire se volvió eléctrico. Peligroso.

—¿Y qué vas a hacer? —lo desafié—. ¿Matarlo?

Su silencio fue la respuesta más aterradora de todas.

—Vete —susurré—. Antes de que hagas algo que nos condene a los dos.

Ezequiel retrocedió como si le hubiera dado una orden directa al corazón.
—Esto no termina aquí, Valeria.

—Nunca termina —respondí.

Los días siguientes fueron una pesadilla cuidadosamente decorada.

Pruebas de vestidos. Reuniones. Sonrisas. Planes. Marco era atento, correcto… y completamente ajeno a la tormenta que crecía dentro de mí.

Pero Ezequiel estaba en todas partes.

Demasiado cerca.
Demasiado silencioso.

Hasta que ocurrió.

La noche que Marco vino a cenar a solas conmigo, escuché un golpe seco en el pasillo. Luego gritos. Luego sangre.

Salí corriendo.

Marco estaba contra la pared, el labio roto, la camisa manchada de rojo. Y frente a él… Ezequiel .

—¿Estás loco? —grité.

Ezequiel respiraba agitado.
—Aléjate de ella —le dijo a Marco—. O la próxima vez no me detendré.

Alessandro apareció segundos después.

Y cuando vio la escena, su rostro se oscureció.

—Ezequiel —dijo con voz glacial—. A mi oficina. Ahora.

Supe, en ese instante, que todo había cambiado.

Que Ezequiel había cruzado la línea definitiva.

Y que mi amor por él acababa de firmar su sentencia.




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