“la Mano Derecha del Diablo”

Sangre en el mármol

Su nombre resonaba en mi cabeza como un disparo.

Ezequiel.

Así se llamaba el hombre al que acababan de condenar por mi culpa.

La puerta de la oficina de mi hermano se cerró con un golpe seco. El sonido atravesó la mansión como una advertencia. Nadie hablaba. Nadie respiraba demasiado fuerte cuando Alessandro estaba furioso.

Yo sí.

Caminé directo hacia la puerta.

—Valeria —me advirtió uno de los hombres—. No—

Abrí de golpe.

El olor metálico de la sangre me golpeó primero. Luego lo vi.

Ezequiel estaba de rodillas sobre el mármol blanco, las manos atadas detrás de la espalda. Su labio sangraba. Un hilo rojo descendía por su mandíbula hasta caer al suelo, manchando el piso pulido.

Alessandro estaba frente a él, impecable, como si no acabara de ordenar su castigo.

—Sal de aquí —me dijo sin mirarme.

—No.

Mi voz sonó firme, aunque por dentro me estaba desmoronando.

—¿Sabes lo que hizo? —preguntó mi hermano, girándose por fin hacia mí—. Atacó a mi futuro cuñado. Delante de todos.

—Me defendía.

Ezequiel alzó la cabeza de golpe.
—No —dijo—. No mientas por mí.

Quise gritarle que se callara. Que no fuera noble. Que no lo empeorara.

Alessandro lo miró con una sonrisa peligrosa.
—Siempre tan leal. Es una lástima.

—Suéltalo —dije—. Fue un error. Nada más.

Mi hermano se acercó a mí. Su voz bajó hasta convertirse en un susurro venenoso.
—¿Un error? No. Fue una declaración.

Volvió a mirar a Ezequiel.
—¿La deseas?

El silencio fue absoluto.

Ezequiel me miró.
No a Alessandro.
A mí.

Y supe que todo estaba perdido.

—Sí —respondió.

El golpe que Alessandro le dio con la culata del arma resonó en la habitación. Sentí el impacto como si hubiera sido en mi propio cuerpo.

—¡Basta! —grité.

—Esto es lo que pasa —dijo mi hermano, indiferente— cuando alguien olvida su lugar.

Me acerqué a Ezequiel sin pensar. Me arrodillé frente a él. Su sangre manchó mis manos. No me importó.

—Mírame —le susurré—. Por favor.

Lo hizo.

Sus ojos seguían ardiendo, incluso rotos.

—Lo siento —murmuró—. No supe detenerme.

Alessandro dio la vuelta a su escritorio.
—Hay reglas, Valeria. Y él las rompió.

—Entonces castígame a mí —respondí—. Yo fui quien provocó esto.

Mi hermano me observó largo rato. Demasiado.

—Tal vez lo haga.

Ordenó a los hombres que se llevaran a Ezequiel.

—No —grité—. ¡No te lo lleves!

Ezequiel se resistió apenas.
—No hagas esto más difícil —me dijo—. Mírame bien. Recuerda esto.

La puerta se cerró.

Y algo murió dentro de mí.

Esa misma noche, la muerte visitó la casa.

Uno de los hombres de Marco apareció en el garaje. Muerto. Dos disparos en el pecho. Ejecución limpia.

El mensaje era claro.

Alessandro me llamó a su despacho de nuevo.

—El compromiso sigue en pie —dijo—. Y Ezequiel… será trasladado. Lejos.

—Eso es una condena —susurré.

—No —corrigió—. Es misericordia.

Lo miré con odio por primera vez en mi vida.

—Si algo le pasa…

Alessandro sonrió.
—Entonces aprenderás lo que cuesta amar lo que no te pertenece.

Salí temblando.

Esa noche lloré en silencio, abrazando la almohada como si fuera él. Y comprendí la verdad más cruel de todas:

No me estaba separando de un hombre.
Me estaban arrancando el alma.

Y aún no sabían lo que yo estaba dispuesta a hacer para recuperarla.




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