La lluvia caía con fuerza sobre la carretera cuando Cristina vio por primera vez la mansión Blackwood.
Era enorme. Antigua. Oscura.
Las ventanas parecían ojos vacíos observándola desde la colina. Los árboles secos se movían con el viento como si intentaran advertirle algo.
Cristina apretó la carta entre sus manos temblorosas.
“Si deseas conocer la verdad sobre tu familia, ven sola a la Mansión Blackwood.”
No tenía firma.
Solo un sello rojo con una rosa negra.
Ella tragó saliva.
Habían pasado diez años desde la desaparición de su madre… y aquella carta era la primera pista real que recibía.
El taxi se detuvo frente a la enorme reja oxidada.
—¿Segura que quiere quedarse aquí? —preguntó el conductor nervioso—. Dicen que nadie sale igual de esa casa.
Cristina miró la mansión iluminada apenas por los relámpagos.
—Necesito respuestas.
El conductor arrancó inmediatamente, dejándola sola bajo la tormenta.
La reja se abrió lentamente con un chirrido espantoso… aunque nadie la había tocado.
Cristina sintió un escalofrío.
Entró.
El jardín estaba lleno de rosas rojas marchitas. Algunas parecían frescas… como si alguien las hubiera colocado esa misma noche.
Cuando llegó a la puerta principal, esta se abrió sola.
El interior olía a madera vieja y humedad.
Entonces escuchó una voz.
Suave. Lejana.
—Te estábamos esperando…
Cristina giró rápidamente.
No había nadie.
Solo un largo pasillo cubierto de retratos antiguos.
Y en uno de ellos…
vio a una mujer idéntica a ella.
Pero el cuadro tenía una fecha escrita abajo:
1893.
Y la mujer del retrato… sostenía la misma rosa roja.
Entonces, detrás de Cristina, la puerta principal se cerró de golpe.
Y alguien susurró cerca de su oído:
—Ahora ya eres parte de la mansión.
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Editado: 29.05.2026