La mansión del diablo

LEYENDAS

Existen historias en todo el mundo que permanecerán ocultas para toda la vida. Dichas historias pasarán de generación en generación.

Pertenecerán solamente al árbol genealógico de cada familia. En cada reunión evocarán dichas anécdotas para sorprender y generar terror, temor o entusiasmo.

Cuando era pequeño me encantaba ir de visita al campo para escuchar historias de ese tipo, ya que me generaban mucha intriga y fascinación. La gente del campo suele tener anécdotas muy peculiares, y no es de extrañarse ya que esos lugares llenos de árboles y oscuridad tenebrosa generan terror. Es un lugar perfecto para que lo espiritual se manifieste. Tengo muchas historias guardadas en mi mente. Cientos. La mayoría quedarán guardadas en el cofre de los recuerdos para que solo pertenezcan a la familia. No obstante, puedo hacer una mención corta de una historia que me generó mucha curiosidad.

Mi padre me llevaba al campo dos o tres veces al mes, los fines de semana. La familia vivía en un recinto llamado: "El Papayo" .

Todavía iba a la escuela y debía tener entre ocho y once años de edad.

Un primo llamado Franklin, mayor que yo, fue el promotor de una historia que me impactó. Lo consideraba honesto en sus palabras, ya que no disfrutaba mucho llamar la atención. Su seriedad hizo que su historia tuviera un peso diferente en mi memoria. Hablaba con una seguridad tan verosímil que resultaba imposible no creerle. Quizás solo se trató de un ingenioso invento o quizás todo fue real. Nunca lo sabré, a esa edad es imposible desmitificar lo que te cuentan.

La alta casa de campo, era enorme y antigua, se levantaba sobre pilotes. En la parte de arriba era de caña, con piso de madera que crujían bajo los pies en ciertos tramos, era el único piso habitable. Debajo de las escaleras y toda la parte de abajo de la casa lo ocupaban dos hamacas, un gallinero. Y una bodega para almacenar arroz en cáscara o descascarado.

Mi primo se acercó a una de las ventanas laterales y, con total seguridad, me dijo que quería mostrarme algo, señaló hacia afuera. A la distancia podía verse un gigantesco árbol de tallo grueso e inmenso follaje.

Era de tarde, y estaba pronto a oscurecer. Franklin me dijo que si veía una luz por la noche, una luz quieta, fija, en ese arbol no dude en avisarle.

Le pregunté que quién iba a estar ahí en medio de la nada en plena oscuridad.

Este me respondió.

Cuando una luz aparece en ese árbol. Un indio ya tiene un candil puesto a sus pies, se queda allí esperando pacientemente cerca de una hora hasta que se aproxime una víctima a hacerle preguntas a cambio de obtener una fortuna.

Yo exclamé. ¡Es en serio!

Franklin asintió y me dijo. Te lo juro. Según dice la gente que lo ha visto y han salido corriendo. Tiene un penacho de plumas en la cabeza. Una falda tapa rabo. Y tiene la imagen de un indio con edad próxima a los cincuenta o sesenta años de edad. También tiene un arco de flechas cruzado en su pecho. Sostiene en sus manos una olla de barro repleta de monedas de oro. Monedas antiguas con un valor incalculable.

Franklin me dijo que según le han contado, que hace mucho tiempo dos primos se acercaron a curiosear, el indio miró fijamente al que se puso frente a él y le dijo, no temas. No voy a hacerte daño. Su voz, aunque hablaba español, tenía un acento extraño y demoníaco. Ambos pudieron entenderle con claridad, pero el miedo del que estaba frente al indio era mucho mayor. Intento ser valiente y logró mantenerse firme.

El otro primo, también estaba muy aterrado, solo quería salir huyendo del lugar.

Sin decir una palabra al indio, sujetó a su primo de la mano y tiró de él para obligarlo a irse. Sin embargo, este se zafó de un tirón, rechazando con firmeza su intento de escapar.

¿Quieres ganarte esta olla de oro? Preguntó el indio hablando con voz espesa formando ecos cuando decía palabra alguna.

¿Qué tengo que hacer para que me des esa olla, preguntó el codicioso frente al indio?

Solo tienes que responder a una pregunta. Te daré tres oportunidades para que respondas bien. Si respondes bien te daré esta olla de oro para que cumplas todos tus deseos.

Aquel hombre respondió. Cómo sé que no leerás mi mente para así saber lo que sé, para poder preguntarme lo que no sé.

No, no tengo la capacidad para leer mentes. Si pudiera leer mentes no jugaría a este juego de preguntas. No tendría ningún sentido.

Está bien. Dijo el hombre y la pregunta que le hizo fue: en qué año empezó la primer guerra mundial.

El joven sonrió, volteó a ver a su primo y dijo con total seguridad que empezó en 1914.

El indio a modo de resignación le dijo que había respondido bien y le entregó en sus manos esa olla repleta de oro. Al instante, como por arte de magia el indio desapareció dejando una estela de humo que se devolvió al instante. La luz del indio también desapareció y las únicas luces que quedaron, fueron la de los candiles de ambos primos.

Aquel hombre que respondió bien la pregunta llevó la olla de oro a casa, con el pasar de los meses,
dejó el campo y se volvió millonario. Lo que valían esas monedas eran millones, de millones de sucres. Como para comprar todo lo que un hombre había deseado toda su vida.

El primo millonario luego de enemistarse con el primo cobarde por querer exigir la mitad de la fortuna. No volvieron a verse más las caras.

Tres años después. El primo cobarde que quiso jalar a su primo para salir huyendo, desapareció de la faz de la tierra. Según cuentan las personas que un domingo de junio la luz nuevamente apareció en aquel mismo árbol. Pero no duró mucho, se disipó a los pocos minutos, al día siguiente, el primo cobarde pareció haber sido tragado por el suelo, como si la tierra hubiese abierto sus fauces para tragarlo entero. Se desvaneció de este mundo como el humo de un cigarro, sin dejar rastro alguno, no se encontró ni una sola prenda, ni siquiera un solo cabello se pudo hallar en algún sitio como evidencia de su presencia.



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En el texto hay: leyendas historicas, leyenda urbana

Editado: 27.07.2026

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