Voy a empezar por el principio. Desde que era estudiante colegial, cuando tenía quince años, trabajaba con mi hermano como ayudante de la empresa Geyoca Tony. Una empresa famosa por la venta de yogurt, entre otros productos.
Mi hermano trabajaba como distribuidor, le pagaban el diez por ciento de la venta total que hacía en el mes. Le dieron rutas para trabajar y de ese diez por ciento de ganancias tenía que pagar ayudantes, vendedores, guardias ya que las rutas que le dieron para trabajar eran zonas muy peligrosas. incluso, hasta los ayudantes de entrega tenían armas. Menos yo. Yo solo me dedicaba a despachar los pedidos dentro del camión y entregaba pedidos en la zona menos peligrosa.
Durante las vacaciones trabajaba para hacer algo de dinero pero el año siguiente. En mi mayoría de edad, después de graduarme, primero empecé como ayudante de entrega. Mi hermano Robert, después, me dio trabajo como vendedor ya que conocía el oficio. Cuando cumplí los diecinueve años. Por una reunión de trabajo tuvimos que viajar cerca de cien personas para alojarnos en un hotel de lujo por cinco días en la provincia de Esmeraldas. Viajamos todos desde la ciudad de Guayaquil, no repartimos en tres autobuses gigantes.
En el trayecto del viaje. Éramos un grupo muy unido. Pero así también la confianza muchas veces sobrepasaba los límites. Llevé comida en una tarrina y tras escuchar las palabras: "matanga dijo la changa". Ya mi tarrina había pasado a muchas manos hacia la parte de atrás del autobús, la presa se iba achicando mientras iba llegando a la parte final de los asientos. Ya en ese punto llegaba en los puros huesos ya que habia sido mordida por entre tres a cinco personas. Al igual que el contenido de la tarrina que ya no pasaba ni de un cuarto de contenido.
Los que no querían formar parte de aquel acto delictivo, cuando le ofrecían la comida de mi tarrina, solo reían fervientemente a carcajadas, y negaban con la cabeza o con el dedo. Así la tarrina seguía pasando de mano en mano hasta llegar a la parte de atrás. Luego regresaba hasta mí del mismo modo en que salió, de mano en mano hasta llegar a mis manos.
En aquel entonces no existía la famosa era de cristal. Aquello se hacía por simple y llana diversión. En ese entonces no era una broma conocida por ser pesada en lo absoluto, si te hacían ese tipo de bromas. Tenías dos opciones. Hacer rabietas y lograr que te molesten mucho más durante todo el trayecto del viaje, o olvidar todo y sonreír para hacerle creer a los demás que aquel acto fue muy divertido. Elegí la segunda opción y todo volvió a la normalidad en segundos. Claro está que las risas no faltaron y tuve que morder mis labios para aguantar mi verdadera ira. No obstante, luego de varios minutos más ya casi lo había olvidado.
En Esmeraldas, después de haber llegado al hotel casa blanca, íbamos a recibir allí un curso de ventas de ocho horas, repartido en cuatro horas por la mañana y cuatro horas por la tarde. El curso empezaba a las siete de la mañana hasta las once, de ahí daban un descanso de tres horas hasta las dos de la tarde. En esas tres horas podías descansar o pasear si así lo requerías. A las dos de la tarde empezaban las otras cuatro horas. A partir de las seis tenías tu tiempo disponible hasta la hora que quisieras quedarte, haciendo lo que quisieras hacer. No obstante, si te quedabas hasta muy tarde, era más difícil levantarte temprano para continuar con renovadas energías al día siguiente.
El hotel por dentro estaba lleno de habitaculos con lujos de todo tipo. El lugar era inmenso. Se encontraba allí, canchas de tenis, indor, fútbol. Mesas de billar, mesas para jugar naipes, y muchos niveles de entretenimiento, cinco o seis piscinas. Y un espacio forjado para almacenar un aire libre y fresco.
En mi espacio de tiempo después de las once de la mañana. Quise almorzar a las 11 y 30 de la mañana. Los menús estaban desde temprano e iban haciendo más comida mientras se llenaba el comedor, tenías la opción de comer más tarde o más temprano, según tu apetito.
En ese espacio de tiempo es que pude conocer a un señor adulto que vendía granizado. En Ecuador se le llama granizado a los que venden en unas carretas, copos de hielo con sabores. El vendedor le da vuelta a una rueda metálica y mientras esta gira va raspando el hielo, luego con un envase curvo el vendedor pone el hielo molido en un vaso plástico, a continuación le echa tintes de sabores encima y para complementar, en la cúspide le hechan leche condensada.
Hacía un calor infernal aquel día, lo recuerdo muy bien y la carreta color azul de metal, tenía una sombrilla como para proteger al vendedor del intenso sol que pretendía derretir lo que pasara por el camino.
Aquel señor algo encorvado por su edad, estaba en un lado de la vereda con su carretón azul de grandes llantas negras. Había muchos compradores y esperé pacientemente hasta que haya menos gente. ¿Fue suerte o destino? Creo en lo segundo.
Recuerdo muy bien que en aquel trayecto, desde que salí del hotel mis ojos no se despegaron de una mansión blanca con paredes sucias y derruidas. Las rejas estaban oxidadas. Tenía un enrejado de metal alrededor de la mansión y por dentro se hallaba un enorme y lujoso jardín delantero, alli se encontraba una fuente con cuatro garzas alrededor y un ángel cupido en el centro. Lo blanco tenía diversos colores, entre amarillento, verduzco, gris y negro. La fuente al igual que la casa tenían tanta suciedad que era imposible de describir, la mugre y la lama disfrutaban de su estancia.
La maleza seca opacaba su imagen y daba la sensación de pertenecer a una mansión embrujada.
Mis ojos no se despegaron de aquellas enormes paredes y entonces, animado por mi curiosidad me acerqué hacia las rejas de aquel lugar e intenté trepar para disfrutar el panorama más de cerca y el señor que vendía granizados me dijo. ¡Aléjese de ahí, joven! Venga acá que tengo que contarle algo. Ahí fue donde mencionó por primera vez que ese lugar estaba endiablado. Recuerdo muy bien que formé una sonrisa en el rostro y tras ver la seriedad del rostro del señor, al que nunca supe su nombre, pero que lo voy a bautizar como Felipe, este me dijo lo siguiente: ¡Aún don Eusebio grita su error dentro de esas paredes!