Otis miraba aquel planeta desde la órbita a través del cristal de visualización de la nave. Devanaba sus sesos, daba vueltas a la cabeza. Él era un exobiólogo y delante tenía algo que no había visto en su vida. Algo inédito que a buen seguro le procuraría un buen nombre entre los entendidos de su profesión.
Sin embargo, no era esto lo que lo movía a utilizar su cerebro al máximo rendimiento. La razón para ello no era ese globo rosáceo que tenían ahí debajo. Era la mujer que tenía a la izquierda, mirando por el cristal igual que él.
—¿Tan raro es? He visto otros planetas con hierbas de colores —dijo ella.
—Muy raro. El problema no es el color, aunque resulta curioso. El problema es que es omnipresente. Está en todos lados. No parece haber un centímetro de este planeta donde no crezca esa hierba —contestó Otis, tratando de resultar muy profesional.
—A mí me parece una tontería, no sé por qué le das tanta importancia —ella le contestó con desidia.
Aquella mujer era un sueño para Otis. Un sueño inalcanzable, desde luego. Una Descubridora de planetas® estaba fuera de la liga de un simple exobiólogo como él, de los que en la Tierra había a pares.
Además, él era muy normalito, estaba un poco pasado de peso y nunca había sabido cuidarse ni se había preocupado por su aspecto. Sabía de sobra que era algo platónico y esto lo hacía sentirse algo desgraciado, pero, al mismo tiempo, agradecía que le hubiera tocado ella y no otro descubridor como compañero de viaje. Al menos podía admirarla y, si de vez en cuando recibía algún comentario despectivo fruto del gran carácter que ella tenía, esto no hacía más que excitarlo todavía más.
Ahora, con aquel planeta extraño esperándolos ahí abajo, sabía que tenía por delante unos días ajetreados. A simple vista y basándose en los primeros datos que los sensores de la nave habían podido recabar, aquel globo era un jodido paraíso. Y los jodidos paraísos se venden por mucho dinero. Si aquel planeta podía significar algo para él por su extraña flora y fauna, aún lo significaba más para ella, que se forraría si es que podía venderlo.
El problema era sólo ese pasto fucsia…
—
Con la nave ya posada en el suelo del planeta, Shaina miraba cómo aquel chaval hacía su trabajo. Le exasperaba. Había viajado sola por el espacio por más de dos años y ahora les habían impuesto esto: tenían que llevar un exobiólogo enviado por la Tierra en la nave para que hiciera las valoraciones previas con respecto a la posibilidad de colonización de cada planeta nuevo descubierto, antes de poder ser vendido.
Un coñazo.
Antes podía ir en pelotas por la nave si le daba la gana, podía eructar sonoramente después de comer, podía pasarse el día entero durmiendo si le apetecía. Ahora tenía que mantener la compostura y dar una imagen decente.
Además, el tipo parecía gafe. No era mal chico, pero desde que lo llevaba en la nave no habían hecho más que visitar piedras sin aire, y aquello no daba dinero. Y ahora que por fin habían llegado a un sitio bueno, encontraban esa hierba rara que le iba a fastidiar el negocio.
Habían dado varias vueltas al planeta, habían pasado un par de días estudiando los animales y dejando que la nave recogiera muestras de aire, agua… Habían analizado todo y el planeta era completamente habitable. Estaba prácticamente “para entrar a vivir”, el aire era respirable, el agua limpia, la vegetación agradable y extrañamente colorida, sin virus, sin microorganismos peligrosos y sin un solo animal carnívoro.
Eso, que no era un problema en sí, no era normal. De hecho, era único. Otis se lo había dicho, pero ella ya lo sabía de sobra, había descubierto suficientes planetas con vida por su cuenta para saberlo.
Y al parecer, esa característica única era consecuencia de otra característica única: esa omnipresente manta de hierba de color rosa que envolvía todo el planeta. Todos los animales se alimentaban completa o parcialmente de ella. Habían visto animales comer ramas de árboles, hojas de arbustos, bayas de plantas, algas marinas… pero, además, todos comían también de aquella hierba.
Ahora tenía un ejemplo bien curioso delante de su cara. A través del cristal de visualización podía ver unos enormes animales a unos cincuenta metros de la nave, pastando mansamente. De lejos, eran parecidos a elefantes, aunque sus patas eran mucho más finas y largas, casi como las de una jirafa. Se fijó mejor en la escena: había dos que habían encontrado algo más divertido que pastar.
—¡Otis! Ven aquí, creo que querrás ver esto.
Él sólo tardó unos segundos en aparecer por la puerta, se quedó mirando a la pareja de animales que ella le señalaba y emitió una media sonrisa.
—Muy interesante. Gracias por avisarme, Shaina.
Aquellos dos jirafofantes parecían estar copulando. Uno estaba montando sobre el otro, con las patas delanteras levantadas y realizando movimientos rítmicos y algo espasmódicos con la cadera.
—Me he imaginado que te interesaría esta mierda. ¿Cómo vas con tu investigación? Termina pronto, quiero saber si vamos a poder vender este planeta —ella le apremió.
—Pues, lo cierto es que la investigación no va mal, esa hierba es muy… curiosa. Pero no creo que vayas a poder sacar un duro por este lugar. Es demasiado especial. Cuando informe, prohibirán su colonización.
—Pues no informes.
—Si no informo y ese césped al final resulta peligroso, me puede caer un buen paquete.
—¡Bah! Siempre con monsergas. Pues venga, vuelve a tu laboratorio y termina tu investigación. Si esto no vale para nada, quiero largarme de aquí cuanto antes. No estoy para pérdidas de tiempo y me estoy desesperando aquí parada. De hecho, mira, creo que voy a ponerme un traje y salir a dar un paseo.
—Haré lo que pueda. Ten cuidado si sales.
—Otis, he pisado doce planetas con vida antes de este, no me jodas, creo que ya sé el cuidado que tengo que tener.
Shaina lo vio salir de la cabina con la cabeza gacha. Menudo palurdo. Ya que les obligaban a tener que llevarlos encima, por lo menos le podían haber puesto a alguien competente. Porque además tenía que aguantar que estuviera cerca de ella cada dos por tres.