Capítulo 1: Luto y logística
El luto oficial por el rey Arturo había durado exactamente seis meses, tres semanas y cuatro días. Para la reina Elizabeth, ese era el tiempo preciso y calculado que el protocolo dictaba para que el pegamento de las coronas fúnebres se secara sobre las efigies y los acreedores, siempre al acecho, comenzaran a golpear el pesado roble de las puertas palaciegas con un poco menos de timidez. Aquel periodo de sombras y velos negros no había sido para ella un tiempo de llanto, sino una tregua administrativa que llegaba a su fin.
Aunque su matrimonio no había gozado de la longevidad suficiente para engendrar un heredero que cimentara su posición con la irrevocabilidad de la sangre, el enlace le había granjeado una reputación de hierro. Aquel prestigio, forjado a la sombra de un hombre temido, actuaba como un escudo temporal que detenía, por el momento, las garras de cualquier usurpador que codiciara el trono. Sin embargo, Elizabeth era una mujer de realismo descarnado; sabía perfectamente que el respeto por los muertos es una moneda que se devalúa rápido y que la sombra de Arturo no cubriría su corona eternamente si no encontraba pronto un nuevo pilar sobre el cual sostenerse.
Elizabeth no permitía que el llanto empañara su visión ni humedeciera los mapas. Las lágrimas, además de representar una pérdida ineficiente de electrolitos y una debilidad biológica innecesaria, poseían la molesta tendencia de arrugar el pergamino de alta calidad, alterando la escala de las rutas comerciales. En su lugar, prefería sostener un compás de latón con la firmeza y la precisión quirúrgica de quien disecciona un cuerpo. Frente a sus ojos se extendía la compleja geografía de los Cinco Reinos: una maraña de fronteras que, tras la partida de su esposo, se sentían bajo sus dedos más como cicatrices mal cerradas que como simples límites territoriales.
—El verdadero problema de la viudez, Jhon —sentenció Elizabeth sin dignarse a levantar la mirada del compás—, no reside en la ausencia de compañía en el lecho real, sino en la presencia asfixiante de buitres en el consejo. Son una horda de hipócritas envueltos en sedas y brocados; se esfuerzan por parecer estadistas, pero es absolutamente imposible ocultar el hedor de su ambición y la podredumbre de sus intenciones.
Jhon, el jefe de su guardia personal y sombra constante de su soberana, permanecía inmóvil en la penumbra de la biblioteca, allí donde el olor a cuero viejo y cera se volvía más denso. Su presencia era comparable a la de un mueble familiar de madera robusta: necesario, silencioso y profundamente reconfortante en tiempos de caos. Poseía un atractivo rudo que competía a la par con sus comentarios mordaces; Jhon dominaba el arte de la ironía, rozando a menudo la insolencia cuando el protocolo se relajaba y la confianza permitía que las máscaras cayeran.
—Los otros cuatro reinos están apostados en sus fronteras, esperando simplemente que usted cometa el más mínimo error de cálculo, majestad —respondió Jhon con una voz grave que pareció vibrar en los estantes de libros. Caminó un par de pasos, emergiendo de la oscuridad para observar el mapa con detenimiento, aunque Elizabeth era consciente de que aquel hombre conocía palmo a palmo aquellas tierras mejor que las líneas que surcaban sus propias manos—. El Reino del Norte tiene madera para construir flotas enteras, pero su rey es un déspota absoluto que no dudaría en pedir su mano solo para devorar sus puertos y anexarlos a su dominio. Y en cuanto al Reino de Erick...
—Erick no es más que un niño caprichoso jugando a ser conquistador con el oro acumulado por sus antepasados —lo interrumpió ella, desplazando la punta del compás hacia el sur con un gesto cargado de frustración—. Sus fronteras pueden ser estéticas sobre el papel, pero su tesorería es un cascarón vacío, un espejismo de opulencia. No, Jhon. Lo que necesitamos no es un aliado que parezca una amenaza externa, sino uno que sea, literalmente, una mina de oro. O de hierro, para el caso.
La punta metálica de su herramienta se posó con firmeza sobre una región marcada con el escudo heráldico de un roble robusto entrelazado con un pico de minería: el Reino de Felipe.
Jhon arqueó una ceja, pero mantuvo el silencio. Había reconocido de inmediato esa mirada intensa en los ojos de Elizabeth; era la mirada de la cazadora que evalúa el terreno, analizando cada posible conflicto, cada beneficio oculto y cada debilidad estructural que podría derivar de un acercamiento a dicho territorio.
La reina se puso de pie en un movimiento fluido. Su larga cabellera negra, densa como el azabache, se mecía a su espalda a pesar de estar recogida en una trenza de una complejidad estética que parecía adelantada a su tiempo. Se dirigió hacia el gran ventanal, una estructura imponente que dominaba la vista sobre los astilleros reales. Desde aquella posición privilegiada, Elizabeth contemplaba la extensión de su dominio: desde los valles fértiles que se perdían en la bruma hasta las colinas que resguardaban la capital. Su nación era una joya de la técnica y la mano de obra; poseían los ingenieros más brillantes y una disciplina militar que era la envidia del continente. Sin embargo, la realidad económica era sombría: sus recursos naturales se agotaban a un ritmo alarmante. Por mucho que intentaran imponer controles, la naturaleza dictaba su propio ritmo de decadencia. Su reino era un motor potente, una maquinaria perfecta, pero que comenzaba a toser al quedarse sin combustible. Una alianza, o una expansión, no era un capricho, sino una necesidad vital para la supervivencia.
Felipe, en el extremo opuesto, era un hombre que gobernaba un cofre de riquezas incalculables cuya llave se le había oxidado en la mano por pura desidia. Su reino custodiaba las vetas de hierro y los yacimientos de cristales más puros de la región, pero la gestión administrativa era un desastre absoluto. En los círculos de poder, se decía que Felipe era "demasiado bueno", lo cual en el lenguaje crudo de la política no era más que un eufemismo para definirlo como "peligrosamente incompetente". Nadie se atrevía a tacharlo de mal soberano en su cara, pues se le consideraba mejor padre que monarca. Mientras su difunta esposa estuvo a su lado para guiar sus manos erráticas, el reino prosperó, pero tras su muerte, el equilibrio se había roto irremediablemente.