Capítulo 2: El código del cristal
La mayoría de los monarcas de los Cinco Reinos decoraban los muros de sus palacios con trofeos de caza que acumulaban polvo o con tapices monumentales que narraban glorias bélicas inexistentes, meras ficciones tejidas en seda para ocultar las inseguridades de sus presentes mediocres. Arturo, en cambio, había tomado una decisión estética mucho más inquietante: había decorado su palacio con espejos. Elizabeth recordaba con una nitidez casi dolorosa la tarde en que, a sus catorce años —apenas una semana después de una boda que se sintió más como la firma de un contrato comercial que como un rito sagrado—, su esposo la llevó a solas ante el gran cristal del salón este.
En aquel entonces, ella todavía sentía el peso abrumador del vestido de novia, una armadura de seda, encajes y pedrería que resultaba demasiado pesada para su estructura adolescente. Mantenía la mirada perdida y los hombros ligeramente hundidos, con la postura de quien espera una palabra de afecto que, según ya sospechaba por el frío trato recibido, nunca llegaría a ser pronunciada.
—Mírate, Elizabeth —le había ordenado Arturo con una severidad cortante. Su voz no poseía el timbre cálido de un amante, sino la aridez de un general pasando revista a una tropa antes de la batalla—. Dime, ¿qué ves exactamente en ese reflejo?
—Veo a una reina, señor —respondió ella, con la voz reducida a un hilo tenue que vibraba con timidez en el aire viciado y frío de la gran sala.
—Es un buen inicio, supongo, pero te equivocas en lo fundamental. Ves a una mujer hermosa y eso es exactamente lo que quiero que el mundo vea; es más, es la imagen en la que quiero que tú misma insistas con terquedad absoluta.
El hombre se colocó tras ella, rodeándola con su sombra imponente y sujetando sus hombros con una firmeza que lindaba con la advertencia. En aquel momento, dada su juventud, Elizabeth con suerte alcanzaba el pecho del rey, lo que le permitía a él observar el mundo por encima de su cabeza, como si ella fuera poco más que un pedestal.
—Escúchame bien, porque esta es la primera y más vital lección de supervivencia en este mundo de lobos: deja que los ministros piensen que pasas horas infinitas frente al vidrio admirando la curva de tu cuello y la pureza de tu piel. Permite que los embajadores murmuren sobre tu vanidad insoportable en sus despachos secretos, y que el pueblo llano crea que tu única y obsesiva preocupación es el tono exacto de carmín para tus labios. La vanidad de una mujer es un defecto que los hombres perdonan con una condescendencia casi paternal; la inteligencia, en cambio, los aterroriza, les hiere el orgullo y los vuelve peligrosamente impredecibles.
—Pero… ¿no debo ser adecuada para ser su esposa? —Elizabeth se volvió hacia él con un gesto casi lastimado. Todas aquellas interminables clases de música, idiomas extranjeros y artes cortesanas que había tomado desde la infancia parecían ahora burlarse de ella desde el pasado.
—Ser adecuada no es, ni de lejos, lo mismo que ser inteligente —Arturo la miró con una expresión que oscilaba entre la lástima y una extraña forma de gratitud que ella no supo interpretar en ese momento—. Puedes ser adecuada como un perrito faldero; puedes aprender trucos que te hagan divertida de ver y escuchar en los banquetes. Pero la inteligencia es un rasgo reservado para los lobos y los cazadores, un don maldito que solo genera desgracias y sospechas en círculos como el nuestro.
Con el transcurrir de los años, Elizabeth comprendió que Arturo la había elegido por una razón que nada tenía que ver con el romance o la atracción física. Ella provenía de una familia aristocrática venida a menos, una rama de la nobleza que aún conservaba los títulos y el linaje, pero cuyos cofres resonaban con el eco de la vacuidad. Eran lo suficientemente nobles para no manchar la pureza de la sangre real de Arturo, pero lo suficientemente desesperados económicamente como para entregar a su hija sin hacer demasiadas preguntas ni exigir dotes desproporcionadas.
Sin embargo, el rey vio en ella un valor añadido que otros habían pasado por alto: el padre de Elizabeth, a pesar de sus deudas crónicas, había sido un hombre de mundo, un comerciante astuto que la llevaba de niña a las lonjas y los puertos bulliciosos. Gracias a ello, Elizabeth conocía el lenguaje rudo de los mercaderes, sabía distinguir la calidad de una seda solo con el roce de sus dedos y, lo más importante, entendía la verdad fundamental de su nueva vida: que todo, incluso una corona o un juramento, tiene un precio de mercado.
—Tu padre te enseñó el arte de vender; yo te enseñaré el arte de gobernar a quienes compran —le dijo Arturo aquel día, mientras presionaba un relieve casi invisible en el intrincado marco de bronce del espejo.
El cristal se inclinó apenas un centímetro con un crujido metálico seco, revelando un receptáculo de cobre oculto con maestría en la mampostería de la pared.
—Este será tu verdadero confesor —sentenció él con solemnidad—. Si preguntas quién es la más bella, estarás activando la clave secreta para que mis agentes informen qué reino está maduro para una intervención o un golpe de mano. Si preguntas por el brillo de tu cutis, estarás pidiendo, en realidad, el estado crítico de las reservas de grano. Nunca hables con la verdad si puedes disfrazarla de narcisismo. Es mucho más fácil que te crean una bruja obsesionada con su propio rostro que una estratega obsesionada con el Tesoro Real.
—¿Y si no quisiera que me vean como una bruja? —preguntó ella, con un resto de inocencia que se extinguía.
Arturo volvió a hacer esa mueca ambigua, una mezcla de sonrisa cínica y compasión distante.
—Para una mujer inteligente y con poder solo existen dos salidas que mantendrán a los carroñeros a una distancia prudencial: ser la burla del reino o ser la bruja narcisista. Y tú, Elizabeth, eres demasiado lista como para permitirte ser la primera.