La manzana envenenada

Capítulo 3

Capítulo 3: La llegada al Reino de Felipe

—Dicen que su belleza hace palidecer a cualquier flor y que la propia primavera le guarda envidia —había escuchado comentar a Elizabeth a uno de sus guardias reales antes de partir. El hombre hablaba con la fascinación de quien repite un mito sobre la primogénita del reino vecino.

Ahora, frente a la realidad, la escena que recibía a la reina era de una tristeza abrumadora. Las flores en los jardines de Felipe luchaban por alzarse con un orgullo marchito; sus colores eran tan mortecinos y lánguidos que apenas hacía falta un poco de seda vibrante para opacarlas por completo. Elizabeth comprendió de inmediato que, si los rumores eran ciertos, tendría una montaña de trabajo por delante para pulir aquel diamante en bruto. Sin embargo, aquel desorden estructural tenía una ventaja: haría que el camino hacia la voluntad de Felipe fuera mucho más sencillo de transitar.

El castillo del Reino Blanco se alzaba sobre los imponentes acantilados de piedra caliza como una muela cariada: imponente y majestuoso desde la distancia, pero revelando profundos agujeros y podredumbre al observarse de cerca. A medida que el pequeño y austero séquito de Elizabeth cruzaba el puente levadizo, el sonido de los cascos de los caballos no devolvía el eco sólido y vibrante de un reino en su apogeo, sino un retumbar hueco y sordo. Aquel sonido hablaba, sin necesidad de palabras, de vigas de madera que no habían conocido el aceite en años y de fosos descuidados donde el agua estancada era el único habitante.

Elizabeth mantenía la espalda tan rígida que parecía una extensión natural de la silla de montar. Bajo el ala de su capa gris, sus ojos de analista —fríos y precisos como diamantes— no perdían ni el más mínimo detalle de la decadencia ambiental. Notó con un deje de desprecio que los guardias apostados en las almenas lucían armaduras sin pulir, manchadas por el salitre y el tiempo, y que dos de ellos conversaban con una laxitud disciplinaria que, en su propio reino, les habría costado una semana de calabozo y pan duro.

—Observa los estandartes, Jhon —susurró Elizabeth, apenas moviendo los labios para que el sonido no viajara más allá de su hombro—. El tinte carmesí se ha desvaído bajo el sol hasta convertirse en un rosa enfermizo, y nadie se ha molestado en reemplazarlos. Un reino que deja de cuidar su imagen exterior es un reino que, en su fuero interno, ha dejado de creer en su propia soberanía.

—O quizás, simplemente, han dejado de tener oro para pagar a los tintoreros, majestad —respondió Jhon en el mismo tono bajo, manteniendo su mano derecha libre y cerca de su costado, alerta ante cualquier imprevisto en aquel entorno tan ajeno.

—No es una cuestión de opulencia, es la disonancia insoportable entre lo que se dice del reino y lo que uno encuentra al poner un pie en él —añadió Elizabeth, observando con detenimiento las grietas en las murallas—. Si el mundo te ofrece un reino supuestamente lleno de piedras preciosas y lo único que brilla al llegar es la túnica de una niña, la enfermedad no solo reside en los pulmones del rey, sino en los cimientos mismos de la nación.

En ese instante comprendió por qué Arturo se había mantenido a una distancia prudencial de los negocios de Felipe. Aunque los recursos del sur eran atractivos, el reino era demasiado débil y requería un nivel de reconstrucción que no encajaba con las campañas expansivas y rápidas que su difunto esposo solía liderar. Para Elizabeth, no obstante, esta debilidad era la oportunidad perfecta: el Reino Blanco era la alternativa adecuada para asegurar su propio dominio sin necesidad de vender su soberanía al mejor postor de los otros cuatro reinos.

Al entrar en el patio principal, el choque cultural fue inmediato y casi violento para sus sentidos. El reino de Elizabeth era un lugar de ruidos industriales, de martilleos constantes, impregnado del olor a brea, metal caliente y carbón; un lugar donde el tiempo se medía con la regla implacable de la productividad. El castillo de Felipe, en cambio, olía a humedad estancada y a un perfume floral empalagoso, una fragancia artificial que intentaba, sin éxito, ocultar la falta de limpieza y la desidia administrativa.

Felipe no los esperaba sentado en el trono, rodeado de la pompa que su rango exigía, sino en el patio, expuesto al aire libre. Era un gesto que pretendía ser amable y cercano, pero que Elizabeth registró en su mente como una debilidad estratégica imperdonable. Recordó, sin embargo, las advertencias de Arturo: le había contado cómo Felipe era capaz de extraer una estrategia militar brillante incluso de la peor de las desgracias, una cualidad que le había ganado un respeto teñido de temor. Un hombre que lo ha perdido todo y aún así se niega a rendirse es un animal peligroso; no tiene nido al que volver y solo le queda avanzar, cueste lo que cueste.

El rey estaba sentado en una silla de madera tallada, envuelto en pesadas mantas de lana a pesar de que la brisa primaveral era suave y cálida. A su lado, una niña de doce años correteaba con una energía caótica alrededor de una fuente seca, lanzando piedras pequeñas contra los querubines de mármol que adornaban el centro.

—¡Elizabeth! Querida niña... —la voz de Felipe era apenas un susurro quebrado, interrumpido por una tos seca que parecía nacer desde lo más profundo de su pecho. Intentó ponerse en pie para recibirla, pero sus manos temblaron de forma visible y tuvo que aceptar el apoyo de un sirviente que lucía tan agotado y gris como el propio castillo.

Elizabeth desmontó con una gracia calculada, cada movimiento estudiado para transmitir una mezcla de respeto y fragilidad. Jhon le ofreció la mano para ayudarla a bajar, pero ella solo rozó sus dedos con los suyos, manteniendo con maestría su papel de viuda digna, apesadumbrada pero aún firme.

—Rey Felipe. Es un consuelo inmenso para mi corazón ver que, a pesar de las noticias que volaban con el viento, mantiene usted ese espíritu generoso que mi difunto esposo tanto admiraba —saludó ella. Su tono de voz era bajo, teñido de un quebranto que resultó de una naturalidad aterradora. Se acercó con paso lento para tomar entre las suyas las manos gélidas del monarca.



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En el texto hay: fantasiaoscura, grimdark, fanasia

Editado: 08.07.2026

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