La manzana envenenada

Capítulo 4

Capítulo 4: El contrato de sangre y mineral

La noche en el Castillo Blanco no traía consigo el descanso para Elizabeth, sino una visibilidad diferente, una claridad que solo se obtenía cuando las máscaras sociales se retiraban junto con el sol. Mientras las antorchas de resina barata terminaban de consumirse en los pasillos exteriores, dejando tras de sí un rastro de humo acre y pegajoso que se adhería a los tapices y a las gargantas, la reina se despojó finalmente de la pesada seda gris y de la asfixiante máscara de viuda compasiva. En la soledad de sus aposentos —asignados estratégicamente cerca de las cocinas y los pasajes de servicio para facilitar el flujo discreto de sus informantes—, se vistió con una túnica de lana oscura, una prenda sencilla y funcional que le permitía fundirse con las sombras del mobiliario.

Jhon entró en la estancia sin necesidad de llamar, moviéndose con el sigilo de un depredador nocturno. Lo seguían de cerca los dos hombres que el resto del castillo, en su ignorancia, creía simples jardineros interesados en la flora local. En realidad, eran los dos mejores tasadores de infraestructura y geólogos que Elizabeth había heredado de las empresas estatales de Arturo; hombres cuya lealtad hacia ella era absoluta, forjada no solo por el respeto a su difunto esposo, sino por el apoyo constante que ella les brindó para expandir sus propios gremios dentro del Reino.

—Entonces, ¿qué me tienen, caballeros? —solicitó Elizabeth sin preámbulos, desplegando un plano detallado del territorio sobre una mesa cuya superficie parecía bailar e inquietarse bajo la luz vacilante de una vela de sebo.

—Es mucho peor de lo que aparenta la superficie, majestad —sentenció el ingeniero jefe, apoyando un dedo calloso sobre las colinas marcadas al sur con un gesto de evidente malestar técnico—. Las minas de hierro y los yacimientos de cristal poseen vetas de una pureza que haría llorar de envidia y codicia a cualquier banquero del Norte; es un tesoro geológico sin precedentes. Sin embargo, el sistema de extracción es una reliquia arqueológica, un insulto a la ingeniería moderna. Las poleas están podridas hasta la médula, el sistema de drenaje de los niveles inferiores colapsó hace dos inviernos y los túneles se están inundando con una lentitud desesperante.

El hombre hizo una pausa, mirando a Elizabeth con una gravedad sombría antes de continuar.

—Pero lo más grave no es el metal, sino la moral. La mano de obra ha dejado de cavar porque Felipe, en su bondad infinita y su nula visión comercial, perdonó los impuestos para aliviar al pueblo, pero se quedó sin un solo gramo de oro para pagar los salarios de quienes extraen su riqueza. En los asentamientos mineros solo quedan aquellos que esperan que sus plegarias sean escuchadas por algún milagro divino, pero incluso los más devotos están perdiendo la fe ante el rugido del hambre.

Elizabeth apretó los labios en una línea fina y gélida. Era el diagnóstico clásico del error del gobernante que busca ser amado a toda costa en lugar de ser respetado por su firmeza: Felipe había priorizado una paz social inmediata y ficticia a cambio del colapso estructural irreversible a largo plazo. En su condición de moribundo, quizá se le podría perdonar el romanticismo de querer morir como un "rey bueno", pero era una traición inaceptable hacia su pueblo, quienes tras su entierro seguirían sumidos en la miseria, bajo el mando de una heredera caprichosa que solo entendía que los diamantes brillaban en las tiaras.

—Tienen un capital incalculable bajo los pies y, sin embargo, están muriendo de hambre por pura negligencia administrativa —murmuró ella, antes de alzar la cabeza con una chispa de suspicacia en los ojos—. Jhon, ¿qué hay de la seguridad del perímetro?

—La situación es patética, majestad. Dos de cada tres guardias son hombres que superan los cincuenta años y que solo conservan el puesto por caridad o por viejas deudas de honor; su estado de salud es tan precario que no evitarían que alguien con un mínimo de ingenio hiciera estragos en el castillo. Si el reino de Erick decidiera cruzar la frontera mañana mismo, sus tropas llegarían a la habitación de Felipe antes de que alguien lograra encontrar la llave de la armería, la cual, por cierto, probablemente esté oxidada.

Elizabeth asintió lentamente, procesando cada dato con la frialdad de una contadora de imperios. Agradeció a los tres hombres con una delicadeza que no ocultaba su autoridad y los despidió para que buscaran el descanso necesario antes de la siguiente fase.

Tenía los datos precisos.

Tenía el diagnóstico forense del reino.

Ahora necesitaba ejecutar la estrategia de venta correcta. Necesitaba que Felipe depositara en ella una confianza ciega, pero, sobre todo, requería encontrar la forma de que sus ojos no delataran la mezcla de desprecio profesional y ambición que sentía hacia aquel monarca que estaba dejando morir una mina de oro por falta de voluntad.

**
A la mañana siguiente, Elizabeth solicitó una audiencia privada con Felipe. Lo encontró en una terraza orientada al sur, donde el monarca intentaba capturar un calor solar que su cuerpo, consumido por la enfermedad, ya no era capaz de retener. El rey parecía haber encogido desde el día anterior; se veía pequeño, casi devorado por las capas de mantas de lana que lo cubrían. Cerca de él, Blanca intentaba bordar sobre un bastidor, pero el hilo estaba enredado en nudos imposibles y su expresión era de un aburrimiento letal, casi agresivo.

—Blanca, querida —dijo Elizabeth con una dulzura tan perfectamente modulada que Jhon, firme junto a la puerta, tuvo que realizar un esfuerzo sobrehumano para no reaccionar con una carcajada estridente—, ¿no te gustaría ir a ver las herramientas que mis jardineros han traído? Son de un metal brillante y extraño, mucho más interesantes que ese hilo rebelde, te lo aseguro.

La niña, ansiosa por cualquier distracción que la sacara de su letargo, se puso en pie y salió corriendo sin pedir permiso ni esperar la venia de su padre. Elizabeth esperó a que el eco de sus pasos desapareciera, cerró la pesada puerta de roble con un clic definitivo y se sentó frente a Felipe. La máscara de "viuda desamparada" volvió a su lugar, pero esta vez con un matiz nuevo y calculado: la angustia de una mujer que ve el abismo.



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En el texto hay: fantasiaoscura, grimdark, fanasia

Editado: 08.07.2026

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