Capítulo 6: El sonido de la ambición
El amanecer en el Castillo Blanco ya no pertenecía al canto de los pájaros, sino al rugido del hierro. El estruendo rítmico de las calderas de vapor que Elizabeth había hecho transportar en piezas desde su reino, ensambladas ahora en la penumbra de los sótanos, se filtraba por las rendijas de las ventanas como el pulso de una fiera mecánica despertando. Para Elizabeth, aquello era la música de la civilización, el metrónomo del progreso; para el resto de la corte, era el sonido fúnebre de un mundo que se acababa bajo el peso del acero.
Sabía que no sería un cambio fácil; las transiciones nunca lo son. Pero era la medicina amarga que el pueblo necesitaba para no sucumbir. La gente de la corte, acostumbrada a la inacción, aún podía huir como ratas si así lo deseaban, pero Elizabeth sabía que no lo harían: nadie abandona el barco cuando el cargamento empieza a oler a riqueza, por mucho que se quejen durante el proceso de estiba.
Elizabeth terminó de ajustar los botones de su levita de montar. Hoy no había lugar para la seda; vestía cuero curtido y lana tratada para ser resistente al ácido y al hollín. Su mirada frente al espejo no era la de una reina, sino la de una tasadora forense a punto de entrar en un almacén en quiebra técnica.
—¿Está lista la princesa? —preguntó sin volverse, mientras ajustaba sus guantes de trabajo.
Jhon, que aguardaba junto a la puerta sosteniendo un casco de minero de cuero reforzado con bandas de bronce, asintió con una mueca que rozaba la admiración silenciosa.
—Está en la biblioteca, tal como ordenó. Pero no espere una bienvenida con flores, majestad. Ha adoptado una postura que yo definiría como "fortaleza sitiada". No ha pronunciado una sola palabra desde ayer, pero su silencio es más ruidoso y pesado que los martillos de las minas.
—El silencio es el primer paso hacia la observación consciente —respondió Elizabeth con una calma gélida—. Si ha decidido usar el odio como escudo, al menos ha dejado de usar el lodo como distracción. Eso, en mi libro de contabilidad, es un avance significativo.
Cuando Elizabeth entró en la biblioteca, el contraste visual fue inmediato y satisfactorio. Blanca ya no era la criatura desaliñada que escarbaba en los rosales. Llevaba un vestido de lana gris ceniza, carente de encajes o adornos innecesarios, con el cuello cerrado hasta la barbilla. Su cabello negro estaba recogido en una trenza tan tensa que acentuaba la palidez casi espectral de su rostro. Sus ojos azules, sin embargo, ardían con una fijeza que Elizabeth reconoció de inmediato: era la mirada de quien ha decidido que, si va a ser destruida, será bajo sus propios términos y con la espalda recta.
—Siéntate, Blanca —ordenó Elizabeth, desplegando un pesado libro de contabilidad sobre la mesa de roble—. Hoy no aprenderás a bordar flores que se marchitan. Aprenderás a leer el lenguaje que realmente rige el mundo y decide la suerte de los reyes: la deuda.
Blanca se sentó. No hubo protesta. No hubo llanto. Solo un silencio cortante que Elizabeth aceptó con una leve inclinación de cabeza, como quien saluda a un adversario digno.
—Tu padre perdonó los impuestos a los mineros para que lo amaran. Aquí tienes el resultado matemático de esa "bondad" —Elizabeth señaló una columna de números rojos que sangraban sobre el papel—. Al no cobrar, no hubo tesorería para pagar el mantenimiento de las bombas de drenaje. Al fallar las bombas, los niveles inferiores de las minas se inundaron. Al inundarse las minas, la extracción de hierro se detuvo. Sin hierro, no hay moneda propia para pagar a los ejércitos ni para comprar grano. Tu "esencia" de princesa bondadosa, Blanca, ha dejado a tu pueblo sin zapatos y sin protección para el invierno.
Blanca apretó las manos bajo la mesa, con los nudillos blancos por la fuerza de su rabia contenida.
—Mi padre solo quería que fueran felices —dijo por fin, con una voz que vibraba de resentimiento.
—La felicidad es un lujo exclusivo de los reinos prósperos y de los regentes con ejércitos listos para la batalla —replicó Elizabeth sin elevar el tono, pero con una seguridad que cortaba el aire—. La seguridad es la única obligación real de los reinos en crisis. Si quieres ser feliz, vuelve al jardín y espera a que el enemigo decida tu destino. Si quieres que tu pueblo sobreviva a la próxima década, aprende a sumar lo que debes.
La lección teórica fue interrumpida por la cruda necesidad de la práctica. Elizabeth, seguida por una Blanca que se movía con la rigidez de un soldado marchando hacia su ejecución, se dirigió a las minas en un carruaje pequeño, desprovisto de lujos y escoltado por Jhon. El capitán parecía disfrutar con un placer perverso de ser el testigo de primera línea de la obra que Elizabeth llevaba a cuestas.
El descenso fue un choque sensorial violento para la princesa. A medida que la jaula de madera reforzada bajaba por el pozo principal, el aire se volvía denso, cargado de azufre, aceite quemado y una humedad opresiva. Blanca se tapaba la nariz con un pañuelo de seda, pero Elizabeth respiraba profundamente, analizando los vapores como un alquimista analizando una poción.
Al llegar al nivel cuatro, el agua estancada ya les llegaba a los tobillos. Los ingenieros de Elizabeth, vestidos con uniformes oscuros que los hacían parecer sombras mecánicas entre la niebla de vapor, trabajaban febrilmente alrededor de una enorme tubería de bronce que escupía un líquido negruzco y fétido.
—¿Cuál es el diagnóstico final? —preguntó Elizabeth al jefe de ingenieros, ignorando el frío del agua en sus botas.
—El drenaje no falló por viejo, majestad —el hombre le tendió una pieza de metal retorcida y ennegrecida—. Alguien introdujo intencionadamente limaduras de hierro y resina de pino en las válvulas de presión. Se atascaron desde adentro, provocando una reacción en cadena. No fue un accidente por falta de mantenimiento; fue un sabotaje quirúrgico.