La manzana envenenada

Capítulo 7

Capítulo 7: El peso del hierro

El sol de la mañana en el Reino Blanco se filtraba a través de la neblina generada por las nuevas calderas de vapor, creando un aura espectral y cobriza sobre los jardines. Dentro del castillo, el silencio de la madrugada había sido sustituido por una actividad frenética. Elizabeth no había dormido más de tres horas; su mente, entrenada en los fríos cálculos de Arturo, no dejaba de procesar las variables de la visita de Erick y cómo cada movimiento de esa jornada podría fortalecer o condenar su relación con Felipe y su delicada tutoría sobre Blanca.

Antes de bajar al desayuno, Elizabeth se desvió hacia los aposentos de la princesa. Sabía exactamente lo que encontraría: el rastro de un huracán emocional. Al entrar, la habitación era un campo de batalla de seda y plumas; las almohadas habían sido desgarradas y el suelo estaba cubierto de un rastro blanco que parecía nieve. Blanca estaba sentada frente al tocador, mirando su reflejo con una mezcla de horror y agotamiento absoluto. Sus ojos estaban rojos e hinchados, y su piel mostraba esa transparencia enfermiza de quien ha agotado todas sus reservas de fuerza en una sola noche de llanto.

—No puedes bajar así —dijo Elizabeth, cerrando la puerta con una suavidad que subrayaba la firmeza de su orden.

Blanca no se movió. Su mirada seguía anclada en el espejo. —No me importa. Que vean lo que has hecho conmigo. Que vean que estoy rota por dentro.

—Estar rota es una condición privada, Blanca. Verse derrotada es una decisión política —replicó la Reina, acercándose con una pequeña caja de madera de sándalo—. Si bajas con ese rostro, le entregarás a Erick la única arma que realmente necesita: la certeza de que puede quebrarte. Y una vez que un hombre como él localiza la grieta, no dejará de golpear hasta que el cristal estalle en mil pedazos.

Elizabeth tomó un cuenco con agua gélida y sumergió unos paños de lino fino. —En las destilerías de mi hogar aprendí que la naturaleza siempre ofrece camuflaje para las heridas del alma.

Con una delicadeza que contrastaba con la severidad de sus palabras, Elizabeth empezó a aplicar compresas de té verde y manzanilla sobre los párpados de la niña. El frío hizo que Blanca se tensara, pero no se apartó. Los dedos de la Reina se movían con una precisión técnica, casi quirúrgica.

—Aplica esto diez minutos. Luego, usa este extracto de bayas y polvo de arroz. El lirio ocultará las sombras y el tinte de las bayas devolverá el color a tus mejillas sin que parezca que llevas una máscara —instruyó Elizabeth—. No se trata de vanidad, Blanca. Se trata de control. El maquillaje es el uniforme de la mujer en la corte; es el blindaje que evita que los depredadores huelan la sangre en la herida.

—¿Tú lo haces siempre? —preguntó Blanca en un susurro—. ¿Incluso cuando murió Arturo ocultaste tus lágrimas?

—Especialmente cuando murió Arturo —respondió Elizabeth, encontrando la mirada de la niña en el espejo—. El día de su funeral, mis mejillas estaban tan rosadas que los embajadores pensaron que estaba radiante de salud, a pesar de que bajo la superficie mis ojos no dejaban de llorar. Nadie se atrevió a cuestionar mi mando ni mi dolor por su pérdida porque no vieron a una viuda deshecha; vieron a una soberana lista para la auditoría. Aprende esto: el mundo te perdonará que seas una mujer vanidosa, hasta orgullosa, pero nunca te perdonará que seas una mujer débil sin querer arrancarte un trozo de piel.

Una hora más tarde, el grupo se reunía en la boca de la mina principal. Blanca caminaba al lado de Elizabeth con el rostro impecable y la barbilla en alto, tal como se le había indicado, aunque sus manos temblaban de forma imperceptible bajo sus mangas. Erick, vestido con una armadura de gala que brillaba con una arrogancia cegadora bajo el sol, las esperaba con una sonrisa de suficiencia.

—Espero que la princesa esté preparada para la oscuridad —dijo Erick, ofreciéndole el brazo con galantería rancia—. Las minas no son lugar para las joyas de la corona.

—La oscuridad no me asusta, príncipe —respondió Blanca, ignorando el brazo y siguiendo el paso de Elizabeth hacia la jaula de descenso—. Lo que realmente me asusta es quienes se esconden en ella buscando su propio beneficio a costa de los demás.

Aunque no señaló a nadie, Elizabeth sintió la mirada penetrante de la niña en su nuca, y Erick sintió un sudor frío recorrer su espalda.

El descenso fue un estruendo de metal contra metal. Al llegar al nivel cuatro, el calor era sofocante y el rugido de las bombas de vapor de Elizabeth llenaba el espacio, haciendo vibrar las paredes de piedra viva. Erick, acostumbrado al aire perfumado de sus salones, empezó a transpirar bajo su pesado peto metálico. El aire cargado de hollín y azufre empezó a arruinar su peinado perfecto.

Elizabeth se detuvo frente a la maquinaria principal, un coloso de hierro y bronce que escupía agua turbia a una velocidad asombrosa.

—He aquí nuestro "milagro" —dijo Elizabeth, alzando la voz sobre el estruendo mecánico—. Como verá, príncipe, el drenaje ya no es un problema. Hemos recuperado el acceso a las vetas de cristal más ricas en menos de cuarenta y ocho horas, para que no tenga usted la necesidad de mover sus tropas en nuestro "rescate".

Erick miraba las máquinas con una mezcla de envidia y desprecio. —Es ingenioso, supongo. Aunque algo... ruidoso y falto de elegancia. ¿Es seguro confiar el futuro del reino a una caldera que podría explotar en cualquier momento?

—La seguridad, príncipe, se mide en resultados, no en estética —respondió Elizabeth. Jhon sacó de su bolsillo la pieza de metal retorcida y se la tendió a la Reina, quien sonrió con una gélida complacencia—. Por cierto, ya que es un hombre tan versado en la "protección" de recursos, me gustaría su opinión técnica. Encontramos esto obstruyendo las válvulas principales. Resina de pino y limaduras de hierro de alta pureza.



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En el texto hay: fantasiaoscura, grimdark, fanasia

Editado: 05.08.2026

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