La manzana envenenada

Capítulo 8

Capítulo 8: La Red de los Espejitos

El sonido de la pluma de ganso rascando el pergamino era el único ritmo en los aposentos de la princesa Blanca. A la luz de una vela que agonizaba, lanzando sombras largas y vacilantes contra los tapices, la joven escribía con una urgencia febril. Volcaba en el papel una mezcla de resentimiento y esperanza que no se atrevía a pronunciar en voz alta delante de su tutora. Sus palabras no hablaban de metalurgia, ni de las nuevas rutas de suministro, ni de la salud declinante de su padre; hablaban de la soledad de una torre de marfil que, bajo la administración de Elizabeth, empezaba a oler a azufre, aceite de máquina y vapor.

Al terminar, Blanca sopló sobre la tinta fresca con el corazón latiéndole con fuerza. Selló la carta con una gota de cera roja —que había sustraído de la biblioteca para evitar usar el sello oficial que alertaría a los secretarios— y la escondió con destreza bajo la suela de su zapato. Esperaba el momento de entregársela al mozo de cuadras que, según la última nota recibida en la mina, era un aliado silencioso del príncipe Erick. Necesitaba creer que existía algo más que el control y el tratamiento quirúrgico que Elizabeth insistía en imponerle; no todo podía ser etiquetas, intrigas y balances comerciales. Quería creer que su corazón no latía en vano por un hombre que le ofrecía todo sin pedirle nada a cambio, por mucho que Elizabeth insistiera en que la gratuidad era la máscara preferida de la ambición.

Lo que Blanca no sabía es que, dos pisos más abajo, en la cámara oculta que albergaba el sistema de los "Espejitos", Jhon observaba una placa de latón pulido donde las vibraciones sutiles de la torre se traducían en un informe sónico mediante una red de tubos acústicos.

—Ha terminado la tercera carta en tres días —informó Jhon, sin apartar la vista de la penumbra de la sala—. Cree que el mozo de cuadras es leal a su linaje por pura nostalgia, pero ese hombre come de mi mano desde mucho antes de que ella supiera trenzarse el cabello por sí misma. ¿Debo interceptarla antes de que el mensaje cruce el patio?

Elizabeth, sentada en una silla de respaldo alto que parecía un trono de sombras, mantenía un mapa de las rutas comerciales del Norte extendido ante ella. Su rostro, libre del maquillaje táctico que le había enseñado a usar a Blanca esa mañana, mostraba unas ojeras que hablaban de una vigilia eterna. La luz de las lámparas de aceite acentuaba la severidad de sus rasgos, haciéndola parecer una estatua de mármol dedicada exclusivamente al deber.

Soltando un suspiro pesado, alzó la mano, agitándola levemente como si quisiera apartar un pensamiento intrusivo de su cabeza.

—No la interceptes. Déjala volar —respondió Elizabeth con una calma que rozaba la frialdad—. Está cumpliendo con sus deberes y sus clases; además, si cortamos el hilo de seda ahora, ella buscará formas más creativas y peligrosas de comunicarse que no podremos monitorizar. Quiero que Erick se confíe. Quiero que crea que tiene una espía emocional dentro de mis muros. No hay mejor forma de alimentar a un narcisista que dándole la ilusión de que está ganando terreno por su propio encanto personal.

—Es un juego arriesgado, Majestad —murmuró Jhon, acercándose a ella con una familiaridad que solo se permitía en la intimidad de aquellas sombras. Su presencia era la de un confidente que conocía el peso exacto de la corona invisible que ella sostenía sobre sus hombros—. Si él logra convencerla de que usted es el enemigo absoluto, no habrá lógica química ni prosperidad económica que la traiga de vuelta al camino de la razón. El corazón de una niña de su edad es un reactivo inestable y altamente inflamable.

—El dolor es el mejor reactivo para la madurez, Jhon —Elizabeth levantó la vista y, por un segundo, la máscara de la Reina se quebró para mostrar el cansancio humano que la consumía—. Ella quiere que yo esté equivocada. Desea con toda su alma que el mundo sea un poema de Erick, un lugar de rosas sin espinas y bailes sin fin. Dejaré que se intoxique con esa fantasía hasta que la realidad le provoque la náusea necesaria para despertar. Si la protejo de su propia ingenuidad ahora, la condenaré a ser una víctima el resto de su vida. Prefiero que me odie hoy y sobreviva mañana.

—¿Y qué hay de usted? —insistió Jhon, alzando una mano para acariciar el rostro cansado que no perdía belleza, sino que ganaba una pasión oscura ante sus ojos.

—Yo me he dejado quemar por mis propios demonios hace mucho tiempo —Elizabeth sonrió levemente, inclinándose hacia la caricia de Jhon con una vulnerabilidad casi olvidada—. Y me quemaré como todos al final del camino.

Jhon sonrió con esa arrogancia protectora que lo caracterizaba, eliminando la distancia entre ambos con un beso casto pero cargado de promesa en su frente. Sin importar los años que pasaran a su lado, ella seguía esperando un infierno que la consumiera, y él se mantenía atento para interponerse ante cualquier demonio que intentara cruzar el umbral.

Si el infierno se desataba finalmente sobre el Reino Blanco, tendría que pasar por encima de Jhon primero.

**

Al día siguiente, Elizabeth decidió que era hora de que Blanca viera el verdadero rostro de la soberanía, despojado de los tapices de seda y los jardines podados del castillo. No la condujo a un salón de baile, sino a la plaza central del pueblo minero, un lugar donde el aire pesaba, cargado de partículas de carbón, y donde el estruendo de las nuevas fundiciones era un latido constante que hacía vibrar los dientes.

Era el día de pago, una ceremonia que Elizabeth había transformado en un acto de precisión administrativa casi militar. Los habitantes hacían fila frente a una mesa de madera maciza donde Jhon y dos escribanos distribuían bolsas de cuero. Dentro de cada bolsa no había promesas vacías de "tiempos mejores", sino monedas acuñadas con el nuevo hierro del reino, purificado mediante los procesos químicos que Elizabeth había implementado.



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En el texto hay: fantasiaoscura, grimdark, fanasia

Editado: 05.08.2026

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