La manzana envenenada

Capítulo 9

Capítulo 9: El Espejo Detecta Grietas

En los dominios del Reino Blanco, el tiempo había dejado de regirse por el ciclo ancestral de las estaciones o el caprichoso movimiento de los astros. Ahora, la vida se medía bajo la dictadura cronométrica de los pistones y la cadencia rítmica de las exportaciones que, como un torrente de metal, fluían incesantes hacia los puertos del Sur. Tres años habían transcurrido desde que el "Rugido de la Ambición" despertara a las montañas de aquel letargo feudal y bucólico en el que el rey Felipe las había mantenido cautivas. Lo que antaño fue un óleo de valles silenciosos y pastores errantes, se había transmutado en una coreografía perpetua de hierro, humo y vapor; una maquinaria viva que respiraba al unísono bajo el mando de una voluntad de acero.

Para un observador externo que solo atendiera a los informes de progreso, sería fácil imaginar un paisaje devastado, una estructura fría de engranajes desprovista de alma. Sin embargo, la realidad era una paradoja arquitectónica: Felipe y Elizabeth habían logrado destilar una armonía insólita entre el avance industrial y la pureza del entorno. Bajo su mandato, los reinos se habían convertido en una fantasía de hierro y plata, donde las chimeneas se alzaban como obeliscos modernos sin profanar la majestuosidad de las cumbres, creando un equilibrio tan perfecto como una ecuación bien resuelta.

Blanca, que ya contaba quince inviernos, observaba aquel horizonte transformado desde el alféizar de su ventana. La niña menuda de mejillas redondas y manos perpetuamente manchadas de barro se había desvanecido en el aire del pasado. En su lugar, su figura se había espigado con la elegancia flexible de una vara de abedul, y sus rasgos habían adquirido una bondad cristalina, un eco casi espectral de la belleza de su madre biológica. No obstante, sus ojos seguían siendo el refugio de un brillo obstinado, una fe en los cuentos de hadas que se resistía a morir, aunque ahora compartiera espacio con una veta de frío calculador, un sedimento de pragmatismo heredado —quizás por ósmosis— de su gélida tutora.

Para la princesa, aquel progreso no era una bendición técnica, sino una mancha de hollín indeleble sobre la pureza del mundo que ella atesoraba. El castillo, que en su memoria olía a lavanda, leña y tapices antiguos, ahora vibraba con el zumbido eléctrico y constante de las tuberías de calefacción. Elizabeth las había instalado bajo la premisa de la comodidad del Rey, pero para Blanca, aquel calor artificial resultaba tan gélido y estéril como la propia mirada de la Reina Regente. Era como si, poro a poro, la piedra del castillo hubiera dejado de pertenecer a su linaje para conformarse a los deseos de aquella mujer que diseccionaba la realidad a través de números y auditorías.

Blanca sentía, con una punzada de amargura, cómo su propio espíritu se había moldeado lentamente bajo esa mano de hierro. Aunque el pueblo y la corte parecían venerar aquella nueva era de eficiencia, ella no podía sofocar el malestar que le oprimía el pecho: el duelo silencioso por la pérdida de su propia inocencia, sacrificada en el altar del rendimiento y la lógica.

Sin embargo, en aquel vasto engranaje de perfección, nadie parecía compartir su disonancia… o eso creía ella.

Sus dedos, casi por instinto, buscaron una pequeña tabla levemente levantada en el marco de madera de su ventana. Debajo de esa imperfección se escondía su único nexo con lo prohibido. Erick era la única persona que parecía comprender el lenguaje de su corazón, aunque la voz de su razón —aquella que Elizabeth había entrenado con tanto celo— no dejara de zumbarle en los oídos con advertencias oscuras. A pesar del ruido del progreso, el pulso de Blanca le decía que lo que sentía por él era lo único real en un mundo que se había vuelto artificialmente perfecto.

**

Como cada tarde, tras concluir sus rigurosas lecciones de filología y etiqueta, Blanca se sumergía en el bullicio del mercado bajo la vigilancia, tan discreta como férrea, de los hombres de Jhon. Había descubierto que en la ciudad que florecía febrilmente a los pies del castillo, el aire no solo transportaba el hollín de las chimeneas, sino también el peso de las historias. La figura de Elizabeth se había fragmentado en dos mitos contradictorios que libraban una guerra de narrativas silenciosas por el control de la fe popular.

Por un lado, serpenteaban los rumores maliciosos, destilados en los sobres perfumados que llegaban desde las fronteras del Norte. Los mercaderes de Erick, con sus túnicas de seda y sus cargamentos de especias exóticas, esparcían entre transacción y transacción un veneno verbal finamente elaborado. Hablaban de la "Bruja de Hierro", una extranjera de sangre fría que había sometido la voluntad del Rey Felipe mediante brebajes alquímicos para usurpar un trono que no le pertenecía. Aseguraban, entre susurros, que las máquinas de Elizabeth no se alimentaban de vapor, sino de la esencia vital de los mineros que se desvanecían en las profundidades de la tierra, y que Blanca no era la heredera de un reino, sino una prisionera de oro aguardando un sacrificio ritual antes de alcanzar su mayoría de edad.

—¿Has reparado en el brillo antinatural del cobre en las tuberías de la plaza? —musitó una costurera del reino vecino, con los ojos fijos en la princesa mientras esta pasaba—. Murmuran que la Reina las unge con sustancias oscuras para burlar al óxido, pero que, a cambio, el agua que fluye por ellas tiene el poder de drenar los sueños de quien la bebe.

Aunque la gente del pueblo absorbía aquellas palabras como esponjas, Blanca notaba un silencio sepulcral en sus respuestas. No defendían a la soberana, pero tampoco daban la razón al extranjero; era como si prefirieran saciarse con un agua bajo sospecha de veneno antes que perecer de sed en el desierto del antiguo orden.

En el bolsillo de su vestido, Blanca apretaba la nota de Erick que había recibido al alba, sintiendo que el papel quemaba contra su piel. "Te están borrando de tu propio linaje, mi pequeña rosa. Tu padre ya no es el hombre que conociste; es un autómata de trapo cuya voluntad ha sido reemplazada por resortes y engranajes. Ella te profesa un odio profundo, pues tú personificas la luz que ella misma extravió en los páramos del Norte". La disonancia entre la opulencia que Blanca presenciaba en las calles y la paranoia que le dictaba su corazón estaba comenzando a erosionar los cimientos de su juicio.



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En el texto hay: fantasiaoscura, grimdark, fanasia

Editado: 26.08.2026

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