La manzana envenenada

Capítulo 10

Capítulo 10: La Forja de la Soledad

El aire en el gran salón del castillo vibraba con una electricidad estática tan densa que el vello de los brazos se erizaba al menor movimiento. No era únicamente el subidón de la tensión política lo que cargaba el ambiente; era el efecto de los cientos de lámparas de arco voltaico que Elizabeth había mandado instalar para el banquete. Aquellos artefactos habían desterrado la vacilante y cálida luz de las velas, sustituyéndola por un resplandor blanco, constante y de una nitidez casi clínica. El Reino de Hierro y Plata no pretendía recibir a la comitiva del Norte con los mitos polvorientos de antaño, sino con la evidencia irrefutable de un futuro que ya se había materializado, implacable y luminoso.

Felipe, consciente de que esta podría ser la última vez que sus pulmones le permitieran mantenerse en pie para defender su soberanía, había sido el arquitecto de aquel despliegue. Había solicitado expresamente a Elizabeth que diseñara una puesta en escena donde su fragilidad biológica quedara sepultada bajo el peso de la magnificencia técnica. Era un mensaje cifrado, una advertencia de poder: si Erick poseía la inteligencia que se le atribuía, entendería la magnitud del desafío; si su ambición era tan vasta como sospechaban, aquel despliegue de fuerza industrial lo obligaría, al menos, a calcular sus pasos antes de cometer una imprudencia.

Blanca se observó en el espejo de su tocador, buscando un rastro de sí misma en el reflejo. Su vestido, de un azul tan profundo que parecía devorar la luz para transformarla en noche, estaba bordado con hilos de plata que trazaban rosas de patrones geométricos exactos; una concesión estética al rigor analítico de su madrastra. Ya no quedaba ni el eco de la niña que vestía gasas vaporosas en tonos rosáceos y dibujos abstractos. Elizabeth la había esculpido, capa a capa, hasta convertirla en una figura de autoridad gélida, aunque su corazón, terco y palpitante, se negara a dejarse sellar por el frío.

Mientras se ajustaba un collar de zafiros que pesaba como una cadena de honor sobre su cuello, las palabras de su padre regresaron a su mente como una marea persistente, una que no había parado por semanas. ¿Es posible que todo este orden sea, en realidad, un acto de amor?, se cuestionó en un susurro mental. Sin embargo, la duda se evaporó al instante, reemplazada por el vacío crónico que sentía en el pecho. El castillo entero vibraba bajo sus plantas, y para ella, ese zumbido electromagnético no era progreso, sino el lamento de una casa que había extraviado la capacidad de reír.

Aún sentía el escozor de la desilusión en la voz de su padre; un dolor punzante por el juicio que él había dictado sobre su sensatez. En lo más profundo de su ser, Blanca albergaba el deseo desesperado de que él estuviera equivocado. Anhelaba que, cuando el humo de las chimeneas finalmente se disipara, Felipe siguiera allí para reconocer que ella tenía razón: que Erick no era el monstruo que las gráficas de Elizabeth sugerían y que el futuro aún podía parecerse a la calidez de su infancia perdida.

Inhalando una bocanada de aire viciado por el ozono de las lámparas, se enfrentó a su reflejo e intentó ensayar una sonrisa, siguiendo los vectores exactos que le habían enseñado en sus clases de etiqueta. Esta cena no era solo un banquete; era un tablero. Y Blanca, por primera vez, estaba decidida a mover sus propias piezas para demostrarle a su padre que su fe no era una debilidad, sino su mayor fortaleza.

**

La actividad en las cocinas y los salones se desarrollaba con una frenética pero absoluta ausencia de ruido; esa "precisión administrativa" que Elizabeth exigía como un dogma en cada evento de Estado. Blanca comprendía su papel: debía actuar como la anfitriona perfecta, desplegando los años de formación en los que se le enseñó a manejar a la nobleza con una cortesía que no era más que una armadura de hielo, reluciente y protectora.

Elizabeth supervisaba cada centímetro del salón junto a Jhon. La Reina Regente lucía un traje de seda color ceniza, con hombreras de estructura arquitectónica que le conferían un aire de marcialidad innegable. Sus manos, que apenas unas horas antes estaban impregnadas del aroma acre de las medicinas del Rey, permanecían ahora ocultas tras unos guantes de encaje negro, tan intrincados como su propia red de espionaje. Su rostro, aunque marcado por la fatiga de las vigilias, resplandecía bajo las lámparas voltaicas sin dejar rastro de su agotamiento.

—Blanca —sentenció Elizabeth al verla cruzar el umbral—, recuerda que esta noche no somos meros anfitriones. Somos un espejo. Nuestra función es reflejar la integridad y la fuerza del corazón de Felipe.

—Su corazón está debilitado y despojado de felicidad —protestó la joven, clavando su mirada en la de su madrastra. Elizabeth contuvo un suspiro que fue más un análisis que un gesto de cansancio.

—Si esa es la única versión que eres capaz de ver de tu padre, me temo que has extraviado mucho más que el hilo de tus lecciones —Elizabeth se acercó con paso firme y ajustó la corona de Blanca con una presión calculada. La princesa sintió la punzada de aquellas palabras como un estilete—. Si no confías en su fortaleza ni en su determinación para proteger lo que es suyo, finge que lo haces. Hoy no es el día para fracturar su espíritu por pura arrogancia.

Blanca entreabrió los labios para replicar, pero la sombra de la obediencia terminó por imponerse. Asintió, manteniendo su máscara de indiferencia a pesar de que sus labios habían palidecido por la fuerza de su propia tensión. Sin embargo, su armadura interna se agrietó cuando vio a los guardias escoltar la silla de ruedas de su padre. Felipe aparecía engalanado con sus uniformes de gala más imponentes, el pecho blindado por condecoraciones que narraban una historia de gloria pasada. Aunque su rostro estaba demacrado por la enfermedad, sus ojos ardían con una lucidez inusual, inyectada por la dosis exacta de extractos que Elizabeth y Jhon habían destilado esa tarde.



#2014 en Fantasía
#1072 en Thriller

En el texto hay: fantasiaoscura, grimdark, fanasia

Editado: 26.08.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.