La manzana envenenada

Capítulo 11

Capítulo 11: La Anatomía de la Libertad

La medianoche en el Reino Blanco no conocía el reposo; era un organismo vivo, una sinfonía de pistones y siseos de vapor que Elizabeth había afinado con la precisión de un cronómetro de alta gama. Desde lo alto del baluarte oeste, Jhon permanecía inmóvil, fundido con las gárgolas de hierro que escupían el exceso de presión de las calderas inferiores. Sus ojos, habituados a la penumbra de las minas y al brillo del metal fundido, no perdían detalle del patio de suministros. El aire allí olía a aceite de engranajes y a la promesa de una tormenta eléctrica que cargaba el ambiente de ozono.

Blanca avanzaba pegada a los muros de basalto. El roce de su capa de viaje contra la piedra producía un sonido sutil, un ritmo que para Jhon era tan evidente como un trueno en una sala vacía. La vio dudar frente a la puerta de hierro de las cocinas, el punto de extracción que ella misma había mapeado semanas atrás bajo la falsa creencia de que estaba burlando la seguridad de Elizabeth. Jhon observó cómo dos hombres con el emblema de la media luna del Norte —apenas visible bajo sus jubones de cuero— salían de entre las sombras para ayudarla. No eran soldados de élite; eran rastreadores, hombres que sabían moverse sin hacer ruido pero que, según el análisis táctico de Jhon, carecían de la disciplina técnica de su propia guardia.

El instinto del guerrero le gritó que saltara. Su mano derecha se cerró sobre el pomo de su daga de acero templado, sintiendo el peso equilibrado del arma. Pero la voz de Elizabeth, grabada en su memoria con la frialdad de un manual de procedimientos, lo detuvo: "Jhon, el aprendizaje es un proceso que cada uno debe vivir; requiere absorber energía, a veces dolorosa, para romper los enlaces de la ingenuidad. Si la detienes ahora, solo alimentarás su narrativa de mártir. Déjala que experimente el mundo exterior".

Jhon exhaló un suspiro que se mezcló con el vapor ambiental. Activó un pequeño cronómetro de latón. Diez segundos para que Blanca cruzara el umbral. Quince para que los hombres de Erick cerraran la verja. Veinte para que el Reino Blanco perdiera a su heredera, según lo planeado en las sombras de la oficina de la Reina Regente. No era una huida; era un envío de mercancía valiosa a un entorno de pruebas controlado.

Cuando el tiempo transcurrió Jhon hizo una señal para que todo volviera al orden impuesto. Confiaba en las habilidades que le había enseñado a la princesa en las tardes libres, pero temía que sus pasiones la llevaran a cometer un error del que no podrían salvarla a la distancia. A pesar de respetar su posición en la jerarquía, no había podido evitar tomarle cariño a la pequeña princesa; un cariño que ahora podría usarse como arma.

**

Unos pisos más arriba, en la alcoba real, el aire pesaba con el olor a antisépticos y aceites esenciales. El Rey Felipe estaba sentado en su sillón de roble, con una manta cubriendo sus piernas que ya no respondían con la fuerza de antaño, sobre todo considerando lo que había tenido que soportar durante la cena. A su lado, Elizabeth permanecía de pie, operando una consola de cristal y cobre que emitía un zumbido armónico. Era uno de sus "espejitos", un terminal de la red de inteligencia basada en la resonancia de cristales que su maestro Arturo le había legado.

Felipe escuchó el galope lejano. Cada pisada de los caballos sobre el pavimento de piedra era un golpe rítmico en su pecho cansado.

—Se ha ido —dijo el Rey, su voz una sombra de la potencia que una vez tuvo.

—Se ha ido —confirmó Elizabeth sin apartar la vista del ventanal—. Jhon informa que la extracción fue limpia. Erick ha mordido el anzuelo de la supuesta vulnerabilidad estructural de nuestra guardia.

Felipe miró a la Reina con una mezcla de reproche y una admiración que le dolía admitir.

—¿Es correcto esto que hacemos? ¿Es necesario este nivel de crueldad, Elizabeth? Es solo una niña que busca afecto en los lugares equivocados —murmuró ya con el alma agotada—. Tal vez… si la hubiéramos detenido ella tarde o temprano hubiera aprendido que…

—¿Cómo aprendería etiqueta y modales? —le interrumpió Elizabeth sin brusquedad pero con firmeza—. Es una futura jefa de Estado, Felipe. Y actualmente, sus decisiones están basadas en el gradiente de sus emociones, no en la realidad operativa —respondió ella, ajustando un dial con dedos enguantados—. El Norte le ofrecerá la estética que ella cree desear. Mi labor es asegurar que, cuando el barniz se agriete, ella tenga las herramientas para ver la estructura podrida debajo —su mirada se suavizó y miró a Felipe—. Si no huía hoy, huiría mañana o a los veintiuno, prefiero que lo haga ahora que estamos los dos para sostenerla cuando caía, que en unos años cuando ya sea tarde —Felipe agacho la cabeza, entendía el punto, él no estaría siempre para Blanca, pero eso no quitaba el dolor en su pecho—. He vinculado este espejo a los sensores ocultos en su broche de zafiro. La cuidaremos como se cuida un tesoro, pero ella debe creer que es la dueña de su propio destino. La libertad, para ser una lección efectiva, debe sentirse absoluta y peligrosa.

Felipe asintió lentamente. Entendía la lógica, pero su corazón, ese órgano que Elizabeth intentaba mantener latiendo con mezclas químicas precisas, se sentía como un lastre. Permitir que Blanca huyera era el experimento más arriesgado que habían realizado jamás: la forja de una soberana en el fuego del desengaño.

—¿La odias? —preguntó de pronto Felipe haciendo que Elizabeth ahogara un suspiro, pero no de fastidio, sino como si se estuviera rindiendo.

—Odiar quita energía valiosa Felipe, una que yo ya tengo ocupada —explicó quitándose los guantes mostrando sus manos manchadas—. No siento amor tampoco, porque eso me llevaría al miedo y al egoísmo, un lujo que no me puedo dar en nuestra posición —siguió explicando arrodillándose frente a Felipe—. Pero puedo admitir que admiro el fuego que arde en su interior y un día espero estar para verla tomar el trono como legítima Reina con el mismo coraje con el que hoy huyó.



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En el texto hay: fantasiaoscura, grimdark, fanasia

Editado: 26.08.2026

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