La manzana envenenada

Capítulo 12

Capítulo 12: El Teorema del Camaleón.

Erick observaba el salón de los tapices desde la galería superior, apoyando las palmas de las manos sobre una barandilla de madera noble cuya carcoma interna pretendía ocultar, de manera infructuosa, una capa reciente de barniz fresco. El olor químico del tinte flotaba en el ambiente, mezclándose con el tufo rancio de la cera quemada y el sudor de la noche anterior. Abajo, en la penumbra del amanecer, la servidumbre —un ejército de espectros demacrados con libreas raídas— procedía a la limpieza de los vestigios del banquete nocturno. Recogían con desgana copas de plata abolladas, cuyos bordes aún conservaban las huellas de labios aristocráticos, y barrían las cenizas grises del tabaco extranjero que cubrían los mosaicos desgastados.

Para cualquier observador casual que contemplara la escena desde las aspilleras exteriores, aquella estampa constituía la prueba irrefutable de una corte opulenta, desbordante de lujos y bendecida por una ociosidad perpetua. Sin embargo, para la mirada analítica de Erick, aquello no era más que un decorado de teatro mal apuntalado; una tramoya de cartón piedra cuyo costo operativo diario amenazaba con devorarlo vivo mucho antes de que las primeras e inclementes nieves del invierno septentrional bloquearan los pasos de montaña. Cada lámpara encendida, cada faisán trinchado y cada botella de vino importada representaban un clavo más en el ataúd financiero de su dinastía.

Se frotó las sienes con movimientos lentos y circulares, intentando mitigar el avance de una jaqueca que, con los meses, se había transformado en una dolencia crónica, una especie de parásito que se alimentaba de sus preocupaciones. El dolor pulsaba detrás de sus ojos al mismo ritmo que los latidos de su corazón. En medio de esa bruma física, su mente viajó, empujada por una marea de nostalgia amarga, a los días pretéritos transcurridos en las aguas del mar del Norte, a bordo del Viento del Este, bajo la tutela de su tío Kenneth.

En aquella época lejana, Erick no era más que el quinto hijo de la dinastía; un cabo suelto y prescindible en la compleja línea de sucesión, un eslabón perdido de la realeza de quien nadie esperaba una gesta memorable ni una decisión de Estado. Kenneth, en cambio, era un noble proscrito, un proscrito de sangre azul que había preferido la libertad del exilio y el olor a salitre antes que someterse a las intrigas palaciegas. Había cambiado los salones alfombrados por el balanceo de la cubierta y el arte sutil de la seducción y la estafa en las tabernas de los puertos extranjeros. Aquel hombre de piel curtida y risa estentórea le había proporcionado a Erick una educación heterodoxa, una disciplina de supervivencia que ningún preceptor real de la corte del Norte habría osado incluir en sus manuales de etiqueta.

—Entiende esto de una vez por todas, muchacho —le solía repetir Kenneth mientras compartían una botella de ron barato de caña, sentados sobre los cabos enrollados en la cubierta de un bergantín que crujía bajo el azote del viento—. El mundo no se gobierna con el acero de los ejércitos, ni con las bendiciones de los clérigos, sino con la gestión absoluta de las expectativas. Las espadas se oxidan y los hombres mueren, pero una ilusión bien construida puede perdurar durante generaciones. Si consigues que la gente de fuera crea que posees una fuerza militar devastadora, jamás se atreverán a cruzar tu frontera para comprobarlo. Si los banqueros y los mercaderes se convencen de que tus arcas rebosan de oro, te suplicarán que aceptes su dinero en préstamo. La verdad objetiva, Erick, es un lujo burgués, un consuelo para los hombres comunes que necesitan certezas para dormir por las noches; los líderes, los verdaderos arquitectos de la historia, comerciamos exclusivamente con la mentira y el espejismo.

Bajo el rigor de aquella pedagogía náutica y descarnada, Erick aprendió a mudar de piel con la facilidad de un camaleón. En los mercados de los puertos sureños, ensayaba una sonrisa cómplice con los cambistas y mercaderes para arrancarles descuentos inverosímiles bajo la promesa de futuros contratos reales; en los salones de paso, adulaba a las damas de la alta sociedad con versos improvisados y atenciones milimétricas, descubriendo a través de sus suspiros los secretos más oscuros de las finanzas y las debilidades de sus maridos. Aprendió que la apariencia de riqueza requería una inversión constante y, a menudo, desesperada: gastaba las pocas monedas que su tío lograba contrabandear en ropas extravagantes, en encajes flamencos y casacas de terciopelo que disimulaban su desnutrición, todo con el único propósito de proyectar un estatus de invulnerabilidad. En aquellos años, su única obligación real consistía en disfrutar de los lujos flotantes, perfeccionar su galantería y permitir que el peso del gobierno y las armas recayera sobre los hombros, supuestamente más robustos, de sus cuatro hermanos mayores. El destino se presentaba ante él como un camino alfombrado de seda, desapego y naves que zarpaban hacia el amanecer.

Hasta que el tablero de ajedrez en el que se asentaba su vida estalló por completo.

El recuerdo de su regreso forzado al Palacio de los Girasoles todavía le producía una acidez insoportable, un sabor a hiel y ceniza que ninguna especia lograba camuflar. En un intervalo inferior a veinticuatro meses, la robusta y supuestamente inquebrantable línea de sucesión de su familia se había evaporado como el rocío matinal ante la boca de una fundición industrial. Su hermano mayor, el primogénito y heredero natural al trono, junto con el segundo de la línea, perecieron de forma ignominiosa en el fango podrido del frente oriental. Ambos habían quedado atrapados en una guerra de desgaste absurda, una campaña de trincheras y metralla que su propio padre había desencadenado por un rapto de orgullo territorial mal entendido y una disputa por unos derechos de pastoreo insignificantes.



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En el texto hay: fantasiaoscura, grimdark, fanasia

Editado: 16.09.2026

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