La manzana envenenada

Capítulo 13

Capítulo 13: El Arte de la Invisibilidad

Blanca se observó en el espejo de su habitación en el Palacio de los Girasoles. La plata del cristal, mal pulida y afectada por la persistente humedad del Norte, devolvía una imagen ligeramente deformada, una silueta cuyas líneas se combaban de la misma manera que las vigas del techo. Sin embargo, no se quejó ni sintió la tentación de apartar la vista. Al contrario, aquella distorsión óptica le resultaba de una utilidad analítica extraordinaria; constituía el recordatorio diario, físico y palpable, de que en el reino de Erick nada, absolutamente nada, correspondía a su superficie visible.

Pasó un cepillo de cerdas de jabalí por su cabello, contando cada trazo con una monotonía quirúrgica que habría desesperado a su antigua institutriz sureña. Debía verse perfecta, pero no con la perfección gélida, geométrica y cortante de Elizabeth, esa que intimidaba a los ministros con un solo parpadeo de sus ojos grises. Su perfección actual debía ser blanda, táctil, teñida de una pátina infantil y desvalida que apaciguara los ánimos y anulara las sospechas. Se aplicó un toque sutil de polvos rosados en las mejillas para enmascarar la palidez lívida que le dejaban sus noches de insomnio, y ensayó una sonrisa frente al reflejo empañado: una curva leve, trémula, impregnada de una timidez calculada que funcionaba como una invitación directa a la condescendencia y la protección masculina.

—La debilidad aparente es un vector de fuerza, si se aprende a proyectar el ángulo correcto —susurró para sí misma, imitando el tono riguroso y didáctico de su madrastra que dos años atrás le habría explicado su cambio de personalidad en los banquete es y reuniones. Aunque ella misma había alterado de manera radical la naturaleza de la fórmula.

Elizabeth gobernaba a través de la infalibilidad lógica y el terror reverencial al error de cálculo y, aunque era buena usando su feminidad, parecía tener cierto malestar al tener que entregar el control. Blanca, por el contrario, había determinado que su herramienta de control político sería la subestimación absoluta. Si la corte del Norte la catalogaba como una muchacha asustadiza, un adorno cortesano arrastrado por sus emociones románticas, bajarían por completo los diques de su cautela. Y un oponente que opera con los diques bajos es, a efectos prácticos, un cuerpo cuya yugular permanece desprotegida ante el primer movimiento quirúrgico.

Era… Como aquella serpiente de medio oriente que una vez había visto cuando era solo una niña, el pequeño conejo se había visto intrigado y casi hipnotizado por los movimientos del ser con piel escamosa que no fue capaz de ver cuando lo atrapó. Huir era inútil y simplemente la serpiente solo tenía que ser llamativa. Muy distinto a los tigres o perros de caza que intimidaban por la fuerza y sonidos más fuertes.

Ajustó el broche de zafiro en el centro de su garganta, sintiendo el contacto frío del metal sobre la piel sensible. No era una pieza de joyería ordinaria destinada a la exhibición. Gracias a aquellas lecciones sobre la naturaleza de los materiales que Arturo le había legado a Elizabeth, y que la Reina de Hierro había dejado caer en su presencia como quien dicta un inventario aburrido, Blanca conocía las propiedades piezoeléctricas y de conducción del cristal de alta pureza. El zafiro funcionaba como un amplificador mecánico excepcional de las vibraciones estructurales. Si lo presionaba firmemente contra una superficie sólida —una columna de piedra, una moldura de madera, el contrafuerte de un salón—, la joya capturaba las ondas sonoras generadas al otro lado y las transmitía a través de su clavícula mediante conducción ósea directa. Era una tecnología de escucha que prescindía de la necesidad del espía clásico oculto tras una cortina; le permitía estar allí mismo, en el centro de la acción, integrada en el mobiliario como un objeto decorativo y mudo mientras recolectaba las variables del entorno.

Esa noche, Erick presidía una junta de urgencia con sus acreedores más hostiles y los generales de frontera en el salón de los tapices. La atmósfera del recinto resultaba asfixiante, saturada por el humo espeso de las pipas de tabaco de baja calidad y un aroma cargado a vino rancio y canela que intentaba, sin el menor éxito técnico, disimular la ausencia total de un sistema de ventilación funcional. Las paredes mostraban eflorescencias salinas que corroían los hilos de oro de las alfombras góticas, el síntoma inequívoco de un edificio que se ahogaba en sus propios desechos estructurales.

Blanca ingresó en el salón ejecutando pasos menudos, manteniendo la mirada baja y los dedos entrelazados sobre el vientre, escenificando una vulnerabilidad que encandiló de inmediato a los presentes. Erick, que requería exhibirla ante sus barones como el trofeo político que legitimaba sus futuras incursiones financieras en el Sur, le indicó con un gesto indolente que se acomodara en un cojín de terciopelo raído puesto directamente a los pies de su gran poltrona de roble.

—Estás exhausta, mi pequeña —le murmuró Erick, acariciándole los cabellos con una cadencia paternal y una condescendencia que a Blanca le provocó una contracción involuntaria en el estómago.

—Solo tengo paz si estoy cerca de ti, Erick. Este palacio es tan inmenso, tan frío... me siento desorientada sin el faro de tu dirección —respondió ella, entornando los ojos y dejando caer la cabeza, con una pesadez fingida, sobre las rodillas del príncipe.

Erick emitió una risa baja, henchida de una satisfacción autocomplaciente. En su esquema mental, Blanca era un animal de tiro que finalmente había aceptado el yugo del arnés norteño. A medida que las jarras de vino se vaciaban y el alcohol comenzaba a disolver la disciplina verbal de los generales, Blanca clausuró los párpados. Sostuvo una respiración acompasada, profunda, imitando con precisión el sueño de una niña superada por las tensiones palaciegas.



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En el texto hay: fantasiaoscura, grimdark, fanasia

Editado: 16.09.2026

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