Capítulo 14: La Alianza Forzada
Erick contemplaba el patio de carruajes desde la ventana de sillería de su despacho privado. Abajo, el traqueteo de las cadenas de hierro y el relincho de los caballos de tiro resonaban contra las altas paredes de piedra gris del Palacio de los Girasoles. El aire matutino del Norte era un bloque gélido que portaba el olor a tierra mojada y a las primeras escarchas del año. En el centro del empedrado, los sirvientes apresuraban la carga de los baúles reales; cofres de madera reforzada con tiras de latón que, para los ojos de cualquier espía apostado en las colinas, debían parecer repletos de ropajes suntuosos y presentes diplomáticos de incalculable valor. Solo Erick y su contable de cabecera sabían que la mitad de esos baúles transportaban piedras de río y sacos de arena para equilibrar el peso de los ejes, una puesta en escena diseñada para no levantar las alarmas de los acreedores antes de que el convoy cruzara la frontera sur.
La presión de la Unión Bancaria se había vuelto insoportable. Los últimos despachos, sellados con la lacra roja de los procuradores del oeste, ya no contenían recordatorios de pago corteses, sino advertencias explícitas de embargo técnico sobre las tasas aduaneras del reino. Su tiempo se había agotado. El frente militar en el valle ciego, desprovisto de raciones y calzado adecuado debido a las maniobras de zapa sumergidas que él ignoraba, era una línea de tiza lista para borrarse al menor impacto. No podía permitirse mantener a Blanca oculta en el Norte por más tiempo; prolongar su estancia allí solo alimentaría los rumores de un secuestro internacional y forzaría a la Reina de Hierro a movilizar sus divisiones pesadas antes de que el Norte pudiera asegurar los avales financieros.
Su única carta de triunfo era el retorno físico de la heredera. Debía trasladar a Blanca de vuelta al territorio de las fundiciones, presentarse no como un captor, sino como el consorte legítimo y protector que devolvía la estabilidad a una dinastía moribunda. Forzaría al Rey Felipe, en sus últimas horas de lucidez biológica, a estampar el sello real en el tratado de unificación matrimonial antes de que las auditorías de Elizabeth descubrieran el vacío absoluto de las arcas norteñas.
“Es como el ajedrez” le había dicho una vez su tío, luego de haber podido resolver un problema donde pudo haber perdido la cabeza por haber seducido a la mujer equivocada. “El Rey es la pieza más importante, pero la más inutil, todos intentan hacerlo feliz por el ejército que tiene, pero sin ejército no es nada. Siempre busca a la dama, aquella pieza que puede hacer un cambio en la partida según el lado del tablero en que se encuentre.” Erick había pensado en un principio que sería Elizabeth, una mujer calculadora, bella y astuta que había logrado ser regente de dos Reinos sin contar con la sangre que lo avalara ni herederos que pudieran justificarlo.
Sin embargo, en una de las últimas cartas su tío le había escrito “No pierdas el tiempo tallando una roca sólida, podrías pasar la vida entera y esta no se desgasta. A su lado, con suerte llegas a ser un alfil en su partida y ella no sacrificara su corona por eso, en cambio la niña está hambrienta por volverse una Reina capaz de proteger a su Rey.”
—El camaleón no sobrevive porque sea el depredador más fuerte, sino porque altera la geometría del espacio antes de que el rival entienda el peligro —murmuró Erick para sí, ajustándose los puños de encaje flamenco sobre las muñecas heridas por el frío.
Se giró hacia el interior del despacho. Sobre el escritorio, el mapa hidrográfico del Sur permanecía abierto, flanqueado por dos lámparas de aceite que parpadeaban con debilidad. Erick sabía que estaba ingresando en el territorio de Elizabeth con una espada de madera y un escudo de humo, pero confiaba ciegamente en la efectividad del teorema que su tío Kenneth le había inoculado en la juventud: los seres humanos, incluso los más analíticos, siempre prefieren creer en una mentira bien estructurada antes que enfrentarse a la incertidumbre del caos.
Quizás en otro tablero, jugando otra partida, se habría permitido sentir algo más cercano a lo que la muchacha esperaba de él. Pero Kenneth nunca le enseñó a amar a las piezas; solo a moverlas. Y Erick, a estas alturas, ya no sabía hacer ninguna otra cosa.
La puerta del despacho se abrió con un murmullo suave y Blanca entró en la estancia, flanqueada por dos doncellas norteñas cuyas libreas raídas intentaban emular la etiqueta de la corte. Vestía una capa de terciopelo azul prusia, ribeteada con una piel sintética que imitaba el armiño, y sostenía entre las manos un pequeño devocionario de plata cuyas hojas nunca pasaba. Su rostro era una superficie limpia, de una palidez de alabastro que los polvos rosados apenas lograban templar. Sus ojos, entornados hacia el suelo pulido, proyectaban la docilidad exacta de la niña que ha aceptado su destino como una hoja arrastrada por la corriente.
—Erick —dijo ella, y su voz poseía el temblor milimétrico de quien se somete al protector tras una larga noche de temores—. Las doncellas dicen que los carruajes están listos. ¿Es cierto que regresamos al Sur? ¿Mi padre... mi padre ha empeorado?
Erick avanzó hacia ella con pasos largos y gráciles, reduciendo la distancia con esa soltura felina que formaba parte de su arsenal diplomático. Le tomó las manos con una firmeza cálida, cubriendo los dedos fríos de la princesa con sus guantes de terciopelo. En su mente, Blanca continuaba siendo la variable más predecible del diseño: una criatura educada entre ruidos de biela y lógicas implacables que buscaba desesperadamente un asidero humano, un poema o una mirada de afecto en mitad de un desierto industrial.
—Tu padre resiste, mi pequeña —respondió Erick, modulando un tono barítono, cargado de una gravedad paternal que buscaba transmitir certezas—. Pero el aire del Sur está enrarecido. Elizabeth ha cerrado los accesos a la cámara real y las fundiciones operan bajo un régimen de excepción que los ministerios no alcanzan a comprender. Si no intervenimos ahora, si no nos presentamos ante el consejo general como una sola voluntad, temo que el Reino Blanco se disolverá en un inventario de piezas gobernado por la Junta de Hierro.