Te conté mis miedos,
confiando en que no los usarías en mi contra.
Parece que te di un arma afilada
y puse mi corazón de frente
para ser acuchillada.
Dicen que amar es darle a alguien
el poder de destruirte
y creer —ingenuamente—
que no lo hará.
Pero lo hiciste.
Sin pausa, sin culpa.
Parece que careces de empatía,
que no sabes lo que es remordimiento.
Solo gritas:
"Deja de romantizar tu vida",
como si sentir fuera un delito,
como si nombrar el dolor
hiciera menos válido el tormento.
¿Y qué tiene de malo si así lo siento?
Si cada herida mía
tiene forma de relámpago en la piel,
si mis alambres chispean por dentro
cuando pronuncias mi nombre sin fe.
Estoy abierta en canal,
sin filtros ni defensas,
con los circuitos expuestos
y el alma en emergencia.
Creí que eso era valentía,
mostrarme sin armadura,
pero en tus manos fue una sentencia.
Tú no curaste.
Tú presionaste con fuerza donde más dolía.
Y aún así,
me culpo por confiar.
Por pensar que amar era estar desnuda
aunque todo ardiera.
Ahora entiendo que a veces
la ternura también quema.
Y que no todo lo que brilla en el pecho
es amor,
a veces es falla eléctrica.