No hay señal.
El monitor está negro
y no emite ni un zumbido.
Ni un error.
Ni un destello.
Ni siquiera una queja de sistema colapsado.
Solo… nada.
Busqué tu frecuencia
en cada silencio,
ajusté mi voz a tu código,
me hice eco,
me hice espera,
me hice sombra
de todo lo que fuimos
cuando aún respondías.
Pero ahora ni eso.
Ni el parpadeo falso
que me hacía creer en milagros,
ni las palabras vacías
que usabas para mantenerme atada
a esta interfaz quebrada.
Me cansé de hablarle
a una ausencia tan precisa,
tan programada.
Tus respuestas eran una plantilla
de excusas recicladas.
Y aún así,
yo actualizaba mi amor
como si fuera un error de software
y no de alma.
Pero ya no hay red.
Ya no hay pulso.
Solo el sonido hueco de mí
rebotando contra un muro.
Tu “nosotros” se fue sin despedida,
apagado como luz al fin del turno.
Y entendí:
el silencio no es pausa,
es sentencia.
No hay más parches que aplicar.
No hay sistema que reviva
lo que ya fue desenchufado de raíz.
Te lloré hasta que el llanto
también quiso olvidarte.
Te esperé tanto
que me quedé sentada en la nada,
viendo cómo mi reflejo
se borraba del cristal.
Y al final,
cuando todo en mí gritaba,
el silencio fue lo único
que supo nombrarlo.
Ahora no hay señal.
No hay promesa.
No hay respuesta.
Solo queda
el eco del intento
y esta pantalla
que ya no enciende.