No disfruto lo que hago,
desde hace un tiempo ya.
Camino en modo automático,
respiro, pero no está.
Despierta.
Vístete.
Trabaja.
Vuelve a dormir.
Repito los pasos sin pausa,
como si el alma no pudiera huir.
¿Dónde quedaron las risas?
¿Se oxidan los sueños aquí?
¿Hay algo más por lo que arda
este cuerpo que aprendió a fingir?
Me pincho los dedos con agujas,
como si el dolor aún fuera señal,
pero ni el ardor me sacude,
ni el rojo me sabe a real.
Antes, esto era fuego.
Ahora, ceniza laboral.
Detesto lo que hago,
aunque un día me hizo vibrar.