No quise apagar la luz,
pero el brillo se volvió herida,
y aunque mi alma gritaba,
el silencio me pedía calma.
Dije adiós sin querer,
con el corazón a medias,
atrapada entre el deseo
y la certeza del quebranto.
Era un cierre sin aviso,
un corte abrupto en la historia,
pero era lo que urgía:
cerrar puertas, soltar memorias.
No era el final que soñé,
pero sí el que precisé,
porque aferrarme a lo muerto
solo prolongaba mi pena.
Así aprendí a dejar ir,
a soltar sin olvido,
a construir un mañana
desde este adiós dolorido.