Pensaba que amar era un conjunto
de reglas fijas, de líneas exactas,
un sistema cerrado, un código pulcro
que nunca se rompe ni se desgasta.
Me enseñaron a creer en normas inquebrantables,
en pactos silenciosos y palabras no dichas,
en amar con el molde rígido del deber,
como quien sigue instrucciones sin preguntas.
Pero ese sistema se ha fracturado,
las líneas que sostenían nuestro mapa
están rotas, desconectadas, perdidas,
como circuitos quemados sin recambio.
¿Quién diseñó este software del amor?
¿Quién instaló esos parches que nunca funcionaron?
¿Y por qué persistí en correr ese programa,
si desde el inicio daba fallos, errores y bloqueos?
Ya no creo en esos códigos viejos,
en esos algoritmos que repiten el dolor,
en el “deber ser” que aprisiona el alma,
en la rigidez que mata el verdadero sentir.
Mi corazón ya no responde a órdenes,
ni a fórmulas que pretenden encasillar,
porque amar no es un sistema perfecto,
es caos, es duda, es dejarse desarmar.
Y aquí estoy, desconectando lo corrupto,
borrando líneas que sólo traían heridas,
creando un nuevo lenguaje, sin miedo,
un código abierto donde el amor respira.
Porque ya no quiero amar con un guion ajeno,
ni con reglas que me enseñaron a obedecer,
quiero inventar mi propia forma de amar,
aunque eso signifique aprender a caer.