Ya no puedo seguir cargando
esta memoria rota,
esta pantalla llena de errores,
donde cada pixel grita tu nombre
y cada sonido es un eco de lo que perdí.
Me he quedado sin energía,
sin ganas de mantener encendida
esta máquina que me consume desde dentro.
El ruido es ensordecedor,
las luces parpadean
y todo amenaza con colapsar.
Así que cierro los ojos,
respiro profundo,
y apago todo lo que me conecta contigo.
No es cobardía,
es un acto de supervivencia.
Un apagón voluntario,
un corte de luz en la tormenta
para que la calma pueda volver.
No voy a esperar a que me destruyas,
a que cada fragmento de mí se desintegre.
Elijo decir basta,
elegir el silencio,
desconectar el circuito antes de que se queme.
Es doloroso, sí.
Como arrancarse una parte vital del alma,
pero también es necesario.
Porque en ese vacío,
en esa pausa oscura,
hay espacio para volver a ser,
para encontrar la chispa que no se apagó del todo.
Resetear para renacer,
reiniciar sin miedo,
volver a encender la luz,
pero esta vez, con mis propias manos.