Estoy aprendiendo a hablarme
con palabras que no duelen,
a nombrar mis cicatrices
sin la vergüenza que tú dejaste.
Ya no soy “demasiado”,
ni “difícil”,
ni “exagerada”.
Ahora soy “valiente”,
“profunda”,
“humana”.
Me repito despacio,
como quien enseña a un niño a decir su nombre:
merezco paz,
merezco ternura,
merezco quedarme.
Ya no quiero usar tu voz
para definir la mía.
No voy a seguir llamándome
desde tus límites,
desde tus ausencias.
Hay palabras que brotan ahora
como hojas verdes
en tierra que creí muerta.
No son ruidosas,
no buscan aprobación,
simplemente crecen.
Estoy aprendiendo a susurrarme
“estás bien”,
aunque tiemble.
A decirme “no fue tu culpa”,
aunque a veces dude.
Estoy construyendo un lenguaje nuevo
donde no quepa la vergüenza,
donde mi nombre suene
como hogar.