Creí haber avanzado,
haber borrado tu nombre de mis hábitos,
reconfigurado el sistema
para dejar de necesitarte.
Pero bastó una foto,
una frase,
una canción que olvidé bloquear,
para que todo se reiniciara
desde el dolor.
Otra vez el pecho apretado,
la garganta cerrada,
las manos temblando
sobre un teclado emocional
que no responde.
Intenté instalar la calma,
pero dio error.
“Archivo dañado”,
decía mi alma.
“Intente más tarde”.
No lo dicen en los manuales:
que sanar también duele,
que a veces el progreso retrocede,
y el corazón vuelve a hablar en tu idioma
aunque lo haya intentado desaprender.
Me frustra.
Me cansa.
Quiero romper esta máquina
que aún guarda fragmentos tuyos
como si fueras indispensable.
Pero respiro.
Vuelvo a empezar.
Le doy aceptar al nuevo intento
aunque sepa que fallará de nuevo,
porque incluso en los errores
hay aprendizaje.
Y si tengo que reinstalar la esperanza
mil veces,
lo haré.
Aunque se trabe.
Aunque se corrompa.
Aunque duela.
Porque también es valiente
el que falla
y vuelve a intentarlo.